martes, 5 de noviembre de 2013

7


         Tras un ratito más los dos juntos en su piso decidimos salir a dar una vuelta. Cogidos de la mano sin soltarnos para nada en absoluto llegamos a un parque cercano a mi casa. Sentados al pie de un árbol los dos permanecíamos en silencio, jugando con la mano del otro.
   -Creo que debería irme ya. -Dije interrumpiendo nuestra agradable paz.
   -No, ¿por qué? Quédate, por favor. No quiero ir a mi piso solitario, quiero estar contigo. -Me puso cara de cachorrillo e incluso parecía que le brillaban los ojos.
   -Mañana me ves. -Le sonreí. Pero él negó con la cabeza. Parecía que yo era su madre y que lo estaba dejando por primera vez en la escuela. Me rodeó con sus brazos impidiéndome que me fuera.
   -No te vas a poder ir nunca. ¿Me has oído? Nunca. -Reí. Como pude me giré entre sus brazos y cogí su cabeza entre mis manos para después besarlo. -Esta bien. No quiero que me provoques en medio de un parque, eres capaz de hacerlo. -Abrí la boca y me puse la mano derecha en el pecho en forma de ofensa.
   -¿Tan mala crees que soy? -Pregunté alargando la última palabra.
   -No, cariño. Eres demasiado provocativa y tienes muy poca vergüenza, eso sí lo creo. -Con la mano contraria a la de mi pecho le di un leve golpe en el hombro. -Ei, solo decía la verdad. ¿Por qué me pegas? -Reclamó mientras pasaba la mano por su hombro “herido”. Yo sin decir nada me levante de entre sus piernas donde cómodamente había pasado una de mis mejores tardes, y empecé a andar sin él. Se levantó y corrió hasta mi para abrazarme por detrás. -Venga, nena, no te enfades... Lo decía de broma. Sabes que me encanta que me provoques. -Me besó el cuello aun que esta vez no tuvo mucho efecto en mi. Siguió dando pequeños besos por todo mi cuello. Ya empezaba a disfrutar de esa sensación cuando se dio cuenta de que ya no estaba enfadada, entonces me mordió.
   -¡Ah! -Me quejé. -¿Por qué me muerdes? -Cuando giré la cabeza para verle la cara sonreía pícaro, después me besó el hombro.
   -Porque ya estabas disfrutando. -Gruñí. Marco se colocó a mi lado pero dejando una mano en mi cintura, yo de brazos cruzados con una mano tocaba la suya, en la que enredaba mi dedo índice al suyo. -Te quiero. -Susurró en mi oído. ¿Cómo podía estar enfadada con él si me decía estas cosas tan bonitas? No podía, era imposible, totalmente imposible. Desenrede mis brazos de mi cuerpo y pasé un brazo por detrás de él igual que él lo estaba haciendo conmigo. La otra mano que me quedaba libre la llevé hasta su cara para cogerla. Nos paramos y le besé. Y le besé bien, muy bien.
   -Yo también te quiero. -Sonríe y creo que es su sonrisa de enamorado, porque después no se le va. Llegamos a la esquina de mi calle.
   -No quiero que te vallas. -Puso pucheros. Sonreí, se veía tan mono.
   -Tengo que irme, cariño. Sino mi madre no me va a dejar salir otro día si llego demasiado tarde, lo sabes.
   -Pero eso era el año pasado. ¿Este no puede ser un poco mas elástica? -Me encogí de hombros sin saber. -Prueba con tu padre. Eres la niñita de papá. Él seguro que te deja salir esta noche.
   -¿Esta noche? ¿Qué vamos a hacer esta noche? -Quise saber intrigada por la duda.
   -Si sales lo verás...
   -No creo que me dejen... -Suspiró.
   -De todas forma inténtalo, por favor. -Asentí. Se acercó para besarme y recibí sus labios con el mayor gusto. -Te amo.
   -Y yo. -Nos dimos un último pico y me fui. Antes de girar para entrar le miré y le sonreí, él me devolvió la sonrisa. Entré en casa, mi padre y mi hermano estaban en el salón mientras que mi madre permanecía en la cocina preparando algo para la cena. No quise probar todavía a preguntar, preferí esperar a la cena donde estuviéramos todos juntos. Tras un pequeño saludo subí a mi cuarto. Cerré la puerta y cansada, me dejé caer en la cama. Sonreí al recordar la tarde que pasé con mi chico, fue increíble.
   -¿Recordando la tarde con tu estúpido perro faldero? -Salté de la cama al escuchar su voz inconfundible.
   -¿Qué haces aquí? ¿Cómo has entrado? -Dio un paso hacia mi. -No te acerques. -Le ordené.
   -He entrado por la ventana, como tu perro hizo hoy. ¿Y qué hago aquí? Bueno, quiero proponerte un trato.
   -¿Un trato? ¿Qué clase de trato? -Dio otro paso. -He dicho que no te acerques. -Yo di uno atrás, pero me choqué con la cama. Mierda, estaba acorralada. Otro paso. -Leo. -Advertí. Otro. -Como te acerques grito.
   -¿Crees que vas a poder gritar? Estas deseando de que te toque, de que te roce. Aunque sólo sea con la yema de los dedos. Sé que me deseas, tanto como yo a ti. -Estaba ya a casi un paso de mi. No podía controlar mi respiración, la cual, iba cada vez más deprisa. Alzó la mano y con un roce casi imperceptible por mi brazo, la piel se me erizó completamente. -Mírate, jadeando con un solo roce. -Joder, era verdad, estaba jadeando y ni siquiera me había dado cuenta. -Tu piel es tan suave... -Volvió a tocarme.
   -Para. -Dije entre un jadeo.
   -No quieres que pare. Lo sé. -Con otro paso de él, lo tenía a tan solo 20 centímetros.
   -¿A qué has venido? ¿A tocarme?
   -Oh, perdona, ya se me olvidaba para lo que vine. Sí, bueno, quería pedirte un pequeño trato. -Dijo con desden, como si no importara.
   -¿Qué tipo de trato?
   -Sexual. -La respiración se me cortó por completo. -Venga Ana, sé que ya no eres virgen.
   -¿Cómo sabes eso? -Fruncí el ceño al preguntar.
   -Por Dios, tus gemidos se escuchaban desde la calle. -Al instante me puse roja para después pasar a pálida cuando me di cuenta de lo que había hecho.
-¿Nos has espiado? -Levantó la misma mano hasta mi cara para colocar un mechón de pelo detrás de la oreja. Un escalofrío me recorrió entera, de arriba hasta abajo.
   -No he venido aquí para hablar de eso. -Cambió de tema. Estaba más que claro que nos había espiado. -Yo tengo unas ganas increíbles de hacerte mía y por lo que noto y veo, tú también de serlo. No me gustan las relaciones, así que, prefiero solo sexo. Estaríamos el uno para el otro cuando lo necesitase, dando igual la hora o el lugar donde el otro se encontrase, solo sexo. ¿Qué te parece? -No tenía palabras. ¿Me estaba pidiendo sexo? ¿Cómo una puta? ¿Pero qué se creía este tío que era yo?
   -¿Me estás llamando puta? -Levantó por un segundo una ceja sorprendido.
   -No, claro que no. Porque solo lo harías conmigo. -Dijo como si fuera algo lógico.
   -¿Y mi novio? Porque tengo novio, ¿sabes? -Dio un suspiro como de cansancio.
   -A tu “novio” lo puedes engañar como quieras, con calentarlo un poco te basta y te sobra. He visto como lo controlas, y creeme, me he puesto caliente hasta yo. No sabes lo que daría porque te estuvieras moviendo así encima de mi. -Susurró en mi oído enviando otro escalofrío por mi espalda. -¿Qué dices Ana? -¿Cómo puede pronunciar mi nombre de esa forma tan sexy? Pero, pero no puedo engañar a Marco.
   -¿Y qué pasa si digo que no? -Sonrió.
   -¿Por qué preguntas eso? Sabes que vas a decir que sí. Te mueres por besarme, he visto que no paras de mirarme los labios. Quieres tocarme, yo también te quiero tocar a ti. Pero viendo que necesitas tiempo, te dejaré hasta mañana. Y si me llamas y dices que sí, -se mordió el labio- vas a tener el mejor polvo que has tenido en tu vida.
   -¿Y si después del primero te cansas de mi?
   -Pues tú sigues con tu vida y yo sigo con la mía, solo es sexo, ya te lo he dicho. Ahora si me permites. -Me acercó a él con una mano en la cintura y otra en la nuca, mis manos se colocaron en sus bíceps. Agachó la cabeza y presionó sus labios con los mios. Cerré los ojos e increíblemente, disfruté. Sus labios se movían sobre los mios con libertad, como si hubieran nacido para estar unidos. Con suavidad se separó sin ganas, sólo por la falta de aire. -Besas muy bien. ¿Besas así desde siempre?
   -Este ha sido mejor. -Susurré. Me sonrió.

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