The surmises of feelings.
domingo, 13 de diciembre de 2015
domingo, 26 de enero de 2014
22
-Narra
Ana-
Mientras
nos secábamos mutuamente el cuerpo del otro, Leo me preguntó algo
que, la verdad, nunca pensé que preguntaría.
-¿Cómo fue tu
primera vez, Ana? -¿Por qué quería saber algo así? Tengo un buen
recuerdo porque estaba enamorada y Marco fue muy dulce conmigo. Nos
preparó una cenita romántica para los dos en su piso y sobre la
cama había colocado un montón de pétalos de rosa roja. Fue
maravilloso. Pero no me siento a gusto diciéndoselo a Leo.
-¿Por qué
quieres saberlo? -Se encoge de hombros sin saber muy bien que decir.
-Curiosidad,
supongo... -Suspiré y decidí que no sería mala idea darle un poco
de información.
-Fue en casa de
Marco. Preparó algo romántico e íntimo para los dos solos. -Sonreí
al recordar. -Tengo un buen recuerdo de aquella noche. Supongo que no
querrás detalles... Así que así fue como sucedió, una cosa llevó
a la otra y me desperté en sus brazos.
-¿Te hizo daño?
-¿Estaba preguntando esto en serio? Parece mi padre...
-La primera vez
siempre duele, ¿no? -Se encogió de hombros. -Sí Leo, me dolió.
-Ahora me había entrado a mi la curiosidad... -¿Y tú cómo la
perdiste?
-Fue hace mucho
tiempo. Estaba en el instituto, en la fiesta de fin de curso. Mi
acompañante era mi novia y al final de la noche nos metimos en los
baños del instituto. Tenía quince años. -¡¿QUINCE AÑOS?! ¡Pero
si era un crío! Dios mio... Yo no dije nada. No sabía que decir.
-¿Con cuántas
chicas has tenido sexo? -Pregunté con un poco de inseguridad. No
estaba segura de querer saber algo así. Leo se sorprendió por mi
pregunta y tras pensarla unos segundo, contestó.
-No lo sé...
-¿Tantas han
sido? -Se encogió de hombros. -¿Cuántas? ¿Cuarenta? ¿Cincuenta?
-Vamos a dejarlo
en veinte. -¡¿PERO QUÉ COÑO?! ¡¿EN SERIO?! ¿Cómo voy a
competir con veinte mujeres? Es imposible que gane. Y ahora mucho
menos con esa tal Rebeca aquí.
-¿Rebeca es una
de ellas? -Asintió.
-Ana, no estoy muy
cómodo hablando de esto contigo. Eres mi primera novia formal y te
aseguro que no quiero a otra que no seas tú.
-¿Cómo eres
capaz de decirme eso estando una ex tulla aquí? -Lo miré de brazos
cruzados.
-Porque sé lo que
estas pensando. No quiero a otra que no seas tú. Entiéndelo. -Negué
con la cabeza. No me lo podía creer. Esa chica era mucho más guapa
que yo. Lo poco que vi en la foto me lo decía. Rubia, alta, figura
perfecta... ¿Me dejaría por ella? Oh... Cielos, ¡claro que sí! Lo
iba a perder... No, no, no... Las lágrimas se empezaban a amontonar
en mis ojos. -Ana. -Me llamó. -Ana, mírame. -Alzó con delicadeza
mi cara y una lágrima se resbaló. -No cariño, no llores.
-Atrayéndome a él y rodeándome con sus brazos lloré aún más.
-Te amo, te amo, te amo. Sólo eres tú y nadie más. Te lo juro.
-Apreté mi abrazo. -Mi niña... Mi pequeña. No me voy a ir, lo
prometo. No podría vivir sin ti.
-No quiero volver
a pasar por lo de antes, no quiero sentirme así. -Sollocé.
-No volverás a
estar así. Yo no soy como él, princesa. Vamos al salón. -Asentí
mientras me secaba las lágrimas. Cogió mi mano y la entrelazó con
la suya para después darle un suave beso mirándome a los ojos. Nos
tumbamos en el salón mirando a la televisión abrazados y estuvimos
así durante una media hora hasta que tocaron a la puerta.
-¿Esperas a
alguien?
-No. Voy a abrir.
-Me dio un pequeño beso y se fue. Cogí una mantan que él tenía
por el sofá para taparme con ella. Había notado el frío al irse
él. -¿Qué haces aquí? -Escuché a Leo decir, pero no la
respuesta. -Ni se te ocurra pasar. No me toques. Vete. -Confundida me
levanté rodeada en la mantita y me acerqué a la puerta.
-¿Qué pasa Leo?
¿Quién... es? -Dije, pero lo vi con mis propios ojos. ¿Qué hacía
ella aquí? ¿Por qué seguía aquí?
-Es muy poca cosa
para ti, ¿no, Leo? -¡¿CÓMO SE ATREVE?! Tiré la manta al suelo
porque ya no me hacía falta. La rabia me había calentado.
-¿Poca cosa? Mira
quien habla, la guarra desesperada. -Me enfrenté a ella.
-Uf cariño,
controla a tu gatita. -¡¡¡¿CARIÑO?!!! La cogí del pelo y la
tiré al suelo.
-¡Él no es nada
tuyo puta! Vete de aquí si no quieres acabar calva. -Sentí las
manos de Leo rodeárme la cintura y besarme el hombro.
-Mas te vale
hacerle caso Rebeca, porque yo no pienso pararla. Y te aseguro que
puede contigo. -Ella se miró las uñas y vio que una estaba rota y
casi le da algo
-Mi uña...
-Susurró. Por Dios... que patético. Se levantó, nos fulminó con
la mirada y se fue.
-Puta estúpida.
-Susurré esta vez yo. Leo volvió a besarme el hombro.
-Te ves tan sexy
de celosa.
-Nadie toca lo que
es mio.
-Por su puesto que
no. Vamos a dentro. -Volvimos a entrar.
-¿Quieres algo
de picar?
-Pipas si tienes.
-Desapareció en la cocina y yo me volví a tumbar en el sofá liada
en la caliente manta. Poco después Leo regresó con una bolsa de
patatas fritas, pipas y Coca-Cola.
-No sabía que
ibas a querer.
-Te he dicho que
pipas. -Se encogió de hombros. Reí. Pasamos lo que nos quedaba de
tarde haciendo tonterías y riéndonos del otro, además de darnos
besos. -Me tengo que ir Leo, ya es tarde.
-Vale princesa,
te llevo. -Dice con una pequeña sonrisa. Aparcó el espectacular
Audi en mi puerta. -¿Mañana te recojo del instituto?
-Lo que quieras.
-Sonreí. Me acerqué a él para darle un beso suave en sus perfectos
labios. -Te amo.
-Y yo princesa.
-Sonreímos.
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¡SE ACABÓ! No subo ni un solo capítulo más.
¡¡2 AVISO!!
AVISO, SOLO ME QUEDA POR TERMINAR EL 22 Y SINO OBTENGO COMENTARIOS Y VISITAS, NO SIGO ESCRIBIENDO.
A la novela le queda mucho todavía, lo tengo en mente, y me encantaría poder terminarla. Pero si esto sigue así todo se quedará como está. Yo lo más probable sea que lo escriba y lo deje en privado sin subirlo aquí.
Lo digo enserio, comentad y ponedme vuestra opinión, POR FAVOR. Odio dejar novelas a medias, pero no tengo otra opción.
A la novela le queda mucho todavía, lo tengo en mente, y me encantaría poder terminarla. Pero si esto sigue así todo se quedará como está. Yo lo más probable sea que lo escriba y lo deje en privado sin subirlo aquí.
Lo digo enserio, comentad y ponedme vuestra opinión, POR FAVOR. Odio dejar novelas a medias, pero no tengo otra opción.
21
Megan me
colapsó a preguntas de lo que había hecho, yo, con tranquilidad, le
respondía a todas. Después de las tres últimas horas de clase,
volví a la taquilla para dejar los libros que no necesitaba y no
llevar demasiado peso. La fotografía me deslumbró en un rincón de
la taquilla. La cogí y le di la vuelta. En ella se podía ver a Leo
con una chica. Él le sostenía las manos en medio de los dos, ella
le sonreía con sensualidad. ¿De qué cojones va esto? ¿Quién es
esa? ¿Qué hace con él? ¿Por qué le está cogiendo las manos?
Cerré la taquilla con fuerza y la foto en mis manos y salí a fuera
entre la multitud. Vi a Leo esperándome apoyado en el Mustang.
Parecía tranquilo. Sonrió cuando me vio acercarme a él. Fue a
besarme pero le paré con la foto en su pecho. Yo me mantenía sería.
-¿Qué pasa?
-Preguntó preocupado. Vio la foto y la cogió. Vi como tragaba
saliva al verla.
-¿Quién es y qué
hacía contigo, Leo?
-Es... Es Rebeca.
-¿Y qué hace
contigo? -Crucé los brazos.
-Ana, no es el
mejor sitio para hablar de esto. Sube al coche por favor. -Miró a su
alrededor incómodo por la presencia de tantos adolescentes.
-A mi me parece un
lugar perfecto. -Dije con todo el sarcasmo que pude reunir.
-Ana...
-¡¿Qué?! -Alcé
la voz. -¿Estabas esperando a salir conmigo para engañarme?
-No, no es lo que
tú piensas, de verdad. -Intentó tranquilizarme, no funcionó.
-¿Y qué es lo
que pienso, Leo?
-Te juro que no te
he engañado. Te amo. Ella es una ex que piensa que aún soy el de
antes. Pero no es verdad. -Decía a la vez que me miraba a los ojos
con desesperación.
-¿Y por qué le
sostienes las manos?
-Para que no me
tocara. -Miré para otro lado. Él con suavidad me giró la cabeza.
-Ha venido desde L.A. y hacía mucho tiempo que no la veía, nuestra
relación acabó hace un par de años. No tengo nada con ella. Te lo
prometo.
-¿Dónde está
ahora?
-En un hotel.
Vamos, te llevo a tu casa. -Le di la vuelta al coche y me subí por
el lado del copiloto. Todo el trayecto fuimos en silencio. Aparcó
frente a mi puerta y sin decir nada me bajé del coche. A paso rápido
intenté llegar a la puerta, pero no fue así. Leo me llamó y me
acercó a él.
-¿Qué quieres?
-Dije con brusquedad. Incluso un poco más de la que pretendía.
-Un beso de mi
novia. -Ah, Dios. Como sonaban esas palabras en su boca. Rodeó mi
nuca con su mano para alzarme hasta sus labios carnosos. Rodeé su
cuello para también acercarlo y fundir nuestros labios en uno. Su
lengua encontró lugar por el que colarse a mi boca y luchar con la
mía a fuerza de deseo. -¿Tienes planes para esta tarde? -Dijo un
poco jadeante por la falta de aire del beso. Negué. -Te recojo a las
cinco, tengo algo preparando para ti.
-Vale. -Con ese
beso se me olvidó por competo el enfado que tenía. Me quería a mi
y a ninguna otra, solo a mi. Volvió a besarme, pero esta vez fue un
beso dulce, de despedida.
-Te amo. -Dijo a
la vez que dejaba caer las manos desde mi cuerpo a sus costados.
-Yo también te
amo, Leo. -Nos dimos un pico y entré en casa. Sus labios era como la
miel para las abejas para mi. Cuando los probaba no quería separarme
después de ellos. Mi droga, mi dulce y deliciosa droga. Tras comer
y estudiar un poco, mi madre me avisó de que Leo me estaba
esperando. Sonriendo dejé los libros a parte y bajé las escaleras
rápidamente. Lo encontré hablando con mi padre en el salón, no
sabía de qué, pero cuando yo entré, pararon de hablar...
¿Sospechoso? Puede ser...
-Narra
Leo-
Como ya me
había presentado a la familia de Ana, decidí que no sería mala
idea ir allí a recogerla. Toqué a la puerta con un poco de nervios.
No sabía si les iba a caer mal que fuera a por ella allí. Su madre
fue la que me abrió.
-¡Hola, Leo! ¿Qué
te trae por aquí? -Me saludó alegremente.
-He quedado con
Ana. ¿Está? -Pregunté con una sonrisa.
-Sí, pasa. Ahora
mismo baja. -Entré y ella me acompañó hasta el salón donde su
padre se encontraba. ¿Dónde estaba su hermano? ¿Por qué no estaba
aquí? No quería quedarme a solas con su padre...
-Hola. -Saludé.
Él no me devolvió el saludo. No pintaba bien la cosa...
-¿Con qué
derecho le quitas la virginidad a mi hija? -¿¡Pero qué coño
estaba diciendo!? ¿Se ha vuelto loco?
-Ana ya no era
virgen cuando nos conocimos. -El semblante de su padre cambia por
completo de rojo a pálido. ¿No se esperaba mi respuesta? Antes de
que abriera la boca otra vez, Ana llegó sonriendo con una preciosa
sonrisa. Cuando se colocó a mi lado enlazó nuestras manos y se pegó
a mi.
-Papá nos vamos.
-Volví a mirar a su padre ya que me había quedado embobado mirando
a mi chica. Cada día, cada hora y cada segundo era el triple de
guapa. “Jodidamente perfecta.” Recuerdo que se lo dije
cuando quiso más y yo se lo di. Esa noche fue inolvidable. Su padre
asintió con un gesto suave y Ana me arrastró hacia la puerta de la
calle. -¿Cómo te has atrevido a venir? -Me encogí de hombros
quitándole importancia.
-Ayer pareció que
fue bien. -Nos subimos a mi coche e incluso antes de arrancar la
atmósfera del coche cambió por completo. La miré y ella ya me
miraba a mi. Los dos atacamos los labios del otro hasta el punto de
estar devorándolos. Por la falta del aire nos separamos sin ganas
del otro. -¿En qué parte de mi casa aún no lo hemos hecho?
-Pregunté entrecortadamente por la falta de aire.
-Creo que nos
queda el baño. -Sonreí con picardía.
-¿Una ducha
caliente entonces? -Me devolvió la sonrisa.
-Encantada.
-Arranqué y a los pocos minutos llegamos. Dados de la mano entramos
al ascensor donde la cosa no se enfrió. A decir verdad, casi
terminamos en él sino llega a ser por unas personas que entraron.
Llegamos arriba y fue como un déjà vu. Ana entraba delante
mirándolo todo y yo detrás observándola a punto de comérmela.
Tiene un culo... que ganas te entran de cogérselo. Avancé hasta
ella a paso lento y la rodeé por detrás con mis brazos.
-Eres preciosa.
-Le susurré al oído. Noté como sonreía. Rocé mis labios contra
su cuello mientras subía al lóbulo de la oreja para mordisquearlo
con suavidad.
-Para... -Jadeó.
Sonreí con victoria. Me encantaba excitarla con simples cosas.
-No quieres que
pare. Te encanta esto, princesa. Lo sé. -Volví a repetir el proceso
y esta vez gimió. Lentamente fui colocándome delante de ella para
besar sus labios. A continuación, volví a bajar al cuello y mis
manos a su culo para subirla en mis caderas. -¿Te parece mejor que
primero sea en la cama y después en la ducha? Tengo algo preparado
para ti. -Ni siquiera me contestó. Me cogió la cara y me besó.
Cada día la amaba mucho más. Era tan perfecta, mi chica ideal. La
llevé a mi cuarto y con cuidado la dejé sobre la cama. Estaba
nervioso por si no quería jugar conmigo. Poco a poco nos fuimos
deshaciendo de la ropa sobrante y nos quedamos en ropa interior.
-Espera. -Le dije con la respiración agitada. Como me costaba
controlarme con ella...
-¿Qué pasa?
-Preguntó extrañada. Sonreí tímido y me levanté.
-Me gustaría
probar algo contigo. Pero que si no quieres no pasa nada. -Fui al
cajón y cogí el pequeño bote de lubricante con sabor a vainilla.
-¿Lubricante?
-Dijo con una mínima sonrisa. Yo asentí. -Vale. Déjamelo. -Puse
cara de extrañado, pero cedí. -Túmbate. -Sorprendido, volví a
hacerle caso y me tumbé en la cama junto a ella. Se colocó a
horcajadas sobre mi y extendió con la bola del producto un poco por
mi garganta. Estaba frío y me estremecí un poco, pero luego Ana me
pasó la lengua por el mismo lugar y 1500 voltios de electricidad
bajaron hasta mi entrepierna. JO-DER. -¿Te gusta?
-Por favor, Ana.
Sigue. -Yo no la veía porque por el placer cerré los ojos, pero
tenía la sensación de que había sonreído. Extendió un poco por
mi pecho y con un dedo lo recogió para metérselo en la boca y
chuparlo bien fuerte. Oh... cómo deseo que me haga eso. Puso otro
poco en el borde de mis calzoncillos y lo lamió produciéndome un
escalofrío. -Nena para, por favor. Me toca. -Se levantó de encima
de mi y se tumbó a mi lado y me dio el bote de lubricante. Joder,
verla en sujetador y bragas era tan excitante. Eché en medio de sus
pechos para lamerlo lenta y seductoramente. Ana gimió. Extendí algo
más por debajo de cada pecho para después absorberlo haciendo
círculos con la lengua y repetirlo en el otro pecho. Me agarró el
pelo tirando fuerte desde las raíces haciéndome gruñir. Le separé
las piernas para ponerle justo al filo de las bragas
-Joder, Leo.
-Sonreí antes de chuparle y lamer el delicioso lubricante. -Por
favor. -Gimió. -Leo haz me tuya, te lo suplico. -Deslicé con dos
dedos sus bragas hacia abajo hasta hacerlas caer al suelo. Hice lo
mismo con su sujetardor y ella con mis boxers. Me alcé para coger el
preservativo, lo coloqué y la penetré hasta el fondo de una sola
envestida. Como me gustaba llenarla de esa forma. Tras alcanzar el
orgasmo los dos, Ana me besó con tanta dulzura, que me quedé sin
palabras por unos segundos.
-¿Por qué lo
hacías tan poco con Marco? -Pregunté. La curiosidad me estaba
matando.
-Siempre era lo
mismo, no innovaba y me cansé. Sólo cuando tenía las hormonas por
las nubes lo hacíamos.
-¿Y si se me
acaban las ideas a mi?
-Siempre quedará
Luck, ¿no? -Rió. -No, Leo. Contigo es diferente. Tú me das
exactamente lo que necesito y cuando lo necesito. Y, además, te amo.
-Esas dos palabras... Nunca me cansaré de escucharlas salir de su
boca.
-¿Nos vamos a la
ducha?
-Yo creo que he
tenido bastante por hoy. -Sonreí con malicia. -Oh, no. Leo no. No me
mires así. ¡Me has dejado exhausta!
-¿Y tú a mi la
primera noche no? Cariño de esta no te salva nadie. -La cogí en
peso por las rodillas y la espalda hasta llevarnos a la ducha. Tras
comernos a besos, volvimos a hacer el amor mientras el agua caía sin
parar con la temperatura adecuada.
20
-Sí, veinte. -Su
padre parpadeó para volver a la realidad.
-Pensamos que
tendrías casi los treinta. -Intenté reprimir una risa.
-No, no. Para
nada. -Escuchamos unos pasos bajar y todo se quedó en silencio. Yo
me levanté. Ana asomó por la puerta con un poco de miedo quizás, y
cuando me vio, frunció el ceño, luego le sonreí. Automáticamente
se quedó mucho más tranquila. Terminó de bajar las escaleras para
colocarse a mi lado. Dulcemente le di un suave beso en la sien.
-Ana, quería
volver a pedirte perdón por lo de antes. -Interrumpió nuestro
momento su padre cuando nos sentamos. Aún no sabía si podía
llamarlo suegro o no...
-Lo hecho, hecho
está. -Dijo ella un poco seca.
-Yo mejor me voy.
Aún no he cenado. -Sonreí mientras me levantaba.
-Oh, no Leo.
Quédate. Es lo menos que podemos hacer después de todo lo que ha
pasado. -Pidió su madre, o mi suegra...
-No, si da igual.
Ya me prepararé yo algo, no se preocupe. -Dije con una sonrisa.
-Ai, hijo, no me
digas de usted que me siento vieja... -Pareció como si se sonrojara.
Miré a Ana de reojo y ella me sonrió tímidamente. Después miré a
su padre y él parecía inexpresivo. No sabía que hacer, si quedarme
o irme acobardado... Pero Ana me dio la mano y volví a mirarla. Ella
sonreía.
-Está bien, me
quedo. -Ayudé a hacer la cena y poner la mesa. Aunque al principio
todo parecía un poco incómodo, con el tiempo se fue relajando el
ambiente hasta estar todos riendo y haciendo pequeñas bromas.
También ayudé a recoger la mesa aunque no me dejaron ayudar a
fregar. Me quedé un poco más hasta que decidí que ya era hora de
irme. Ana me acompañó a la puerta, la entornó y me cogió de la
mano. -¿Qué tal ha ido? -Le susurré.
-Perfecto. -Dije
con una sonrisa. Nos paramos enfrente de su casa, ella se apoyó en
sus dedos de los pies y se alzó para besarme con dulzura. Le acuné
la mejilla mientras nos besábamos. Su lengua y la mía se pelearon
en un juego sensual y apasionado.
-Te amo, Ana.
-Susurré sobre sus labios con los ojos cerrados.
-Yo mucho más,
Leo. -Me correspondió ella. Sonrió.
-Eso es imposible
princesa. -Reímos tímidamente los dos. -Hasta mañana, cariño. -Le
di un pico.
-Hasta mañana,
Leo. -Dijo ella después de ese pequeño beso. Desenlazamos nuestras
manos y me fui de allí con una sonrisa en mis labios y con la suya
en mi pensamiento. Como le amo, es mi vida entera. ¿Qué haría yo
sin ella? Supongo que nada, que mi vida sería la misma rutina como
ha sido hasta ahora. Llego a la puerta del departamento y me dispongo
a abrir la puerta principal, cuando esa voz que tenía casi olvidada
por completo, me sobresalta.
-Hola Leo. -Dice
llamándome con sensualidad oculta tras las palabras. Giro con
rapidez la cara para encontrarme con ella. Un escalofrío me recorre
la espalda ¿Qué hace ella aquí? ¿Pero no se había ido a L.A.
hacía un par de años?
-¿Rebeca? -Ella
sonreía con esa sonrisa suya de “Yo sé algo que tú no sabes”
haciéndome quedar de piedra. Se acercó a mi colocando una mano en
mi hombro que subió hasta mi nuca para acercarme a ella e intentar
presionar sus labio contra los mios. Por suerte, le hice la cobra y
me lo dio en la mejilla. Estaba confuso. ¿Por qué volvió?
-¿Ahora te has
vuelto arisco? -Preguntó con una ceja alzada. ¿Qué pretendía?
-No, ahora tengo
novia. ¿Qué haces aquí, Rebeca? -Con cuidado bajé sus manos de
mis hombros para que dejara de tocarme. Increíblemente no se alarmó
porque tuviera novia, ni se inmutó.
-Echaba de menos
tu sexo duro, cariño.
-Narra
Ana-
Cuando Leo
se fue, entré en casa con la misma sonrisa que le dejé a él antes
de marcarse en su Ferrari.
-Nunca te había
visto sonreír así ni mirar a nadie como le miras a él. ¿Tanto te
gusta? -Me sobresalta mi madre.
-La verdad es que
sí. Le quiero mucho, mamá. Me da una sensación de protección que
hace que me sienta tan bien con él, tan en paz.
-Me alegro hija.
-Entramos las dos al salón para reunirnos con mi hermano y mi padre,
los cuales, estaban sentados en el sofá. Al ver la cara de mi padre,
con expresión seria y más o menos oscura. Decidí irme a mi cuarto.
-Me voy a dormir,
buenas noches. -Dije mientras subía las escaleras, pero él me
frenó.
-No tan rápido.
¿Por qué tienes tanta prisa? Sienta te y hablamos tranquilamente.
-No es necesario,
papá. -Quise escaquearme con voz dulce.
-Sí es necesario,
hija. -Él me respondió en el mismo tono de voz y una falsa sonrisa.
Eso no podía ser bueno. Con cuidado me senté en la otra parte del
sofá, lejos de él.
-¿Qué quieres?
-Pregunté tras barios segundos o incusos minutos, de silencio.
-¿Has salido con
algún otro chico? -¿Enserio me estaba preguntando eso?
-Sí.
-¿Quién? -¿Qué
coño es esto, un interrogatorio?
-¿Enserio quieres
que te lo cuente? -Alcé una ceja.
-No te pongas
chula, Ana. Y si te lo estoy preguntando es porque quiero saberlo.
-Marco, el mismo
chico con el que se peleó Leo.
-¿Por qué se
pelearon? -No le pienso decir la verdad. No voy a dejar mal a Leo
cuando todo se ha arreglado. Ni loca.
-Por una tontería,
las hormonas de los chicos...
-Eh, sin faltar.
-Interrumpió mi hermano. Puse los ojos en blanco. Mi padre hizo un
mohín.
-¿Es todo? -No
tenía más ganas de seguir hablando de mi vida privada con mi
familia, la verdad. Pareció como si mi padre se ruborizara un poco.
¿Mi padre avergonzado? Esto no es normal...
-¿Ya no eres
virgen? -¿¡¡QUÉ!!? ¡¿Me acaba de preguntar lo que creo que me
acaba de preguntar?! ¡¿Cómo se atreve?!
-¡Papá, por
Dios! -Exclamé exasperada y con los ojos que casi se caen de sus
órbitas.
-Responde por
favor.
-No te voy a
responder a algo así. Es privado. -Me crucé de brazos. -Y mucho
menos delante de mi hermano y de ti. Es una pregunta que me confunde
por completo, ¿a qué viene? Esas cosas son muy privadas, papá. No,
definitivamente no te voy a responder a eso, ni loca.
-¿Se lo puedes
decir entonces a tu madre?
-¡NO! -Bufé. -Me
voy a mi cuarto. Buenas noches a todos. -Mientras subía por las
escaleras, escuché como mi hermano me daba la razón. ¡Cómo para
no dármela! ¿En qué estaba pensando? Entré en mi cuarto y tumbada
en la cama recordé la tarde que había pasado. Sonreí.
A la
mañana siguiente, me sentía feliz, relajada. ¿Todo esto lo hizo
Leo? Increíble. Necesitaba verlo ya, pero antes tenía que ir a
clases. Hice mi rutina de todos los días hasta llegar a clase.
-¿Y esa sonrisa?
¿Has vuelto con Marco? -Preguntó Megan también sonriendo. Negué.
-¿Entonces?
-He presentado a
Leo como mi novio a mis padres.
-¿¡QUÉ!? -Gritó
exageradamente.
-Sí, ¿qué pasa?
-Fue a abrir la boca, pero la campana tocó interrumpiendo nuestra
conversación.
-Luego hablamos.
-Dijo mientras me señalaba con el dedo índice. Levanté las manos
en forma de rendición, después sonreí y ella me devolvió la
sonrisa. Nos dimos un pequeño abrazo y cada una se fue para su
clase. En la cambio de clase, tuve que ir a mi taquilla. La abrí y
una fotografía calló al suelo boca abajo. Extrañada, la cogí.
Pero antes de darle la vuelta, vi al profesor de mi siguiente hora y
decidí guardar la foto para otro momento. Rápidamente escogí los
libros y cerré la taquilla con la foto en su interior.
19
-¿Nervioso? -Le
pregunté mientras ivamos a mi casa en su Ferrari.
-¿La verdad? Un
poco... -La voz le tembló.
-Tranquilo. Son
buena gente. -Coloqué una mano en su pierna mientras le decía esto
para intentar tranquilizarlo junto con una sonrisa.
-Ana, me vieron
pelear con Marco. Pensaran que soy un busca pelea y... -Interrumpí.
-Y también
pensaran que estoy protegida contigo. De verdad Leo, tranquilízate,
todo va a salir bien. Ya lo verás. -Volví a sonreír. Él dio un
gran suspiro. Al poco tiempo llegamos a la puerta de mi casa.
-¿Y si no les
caigo bien y me alejan de ti? -Rodé los ojos, le cogí la cara entre
las manos y le besé.
-Todo va a salir
bien, ¿vale? -Me dio él un beso ahora.
-Te quiero.
-Sonreí.
-Y yo. -Salimos
del coche, acto seguido, Leo lo cerró con el mando. Me acerqué a él
y le di la mano a la vez que sonreí. -Tranquilo. -Asintió. Andamos
hasta mi puerta, toqué y mi madre abrió. Se quedó un poco
sorprendida por la presencia de Leo. Sus espaldas anchas y sus ojos
grises, podían ser muy persuasivos. -Mamá, este es Leo, mi novio.
-Sentí la mano de Leo apretarse a la mía cuando pronuncié esa
palabra. -¿Podemos pasar? -Mi madre no respondía, estaba
completamente en shok. -¿Mamá? -Dio un respingón, al parecer había
vuelto en sí.
-Sí, pasad. -Mi
padre y mi hermano se quedaron con la misma cara que mi madre. ¿Pero
qué tenía de malo? Era un chico normal, como otro cualquiera.
-¿Podemos hablar
contigo un momento, a solas? -Dijo mi padre interrumpiendo el
incómodo silencio que se había producido. Asentí y desenlacé mi
mano de la de Leo. Se quedaron solamente mi hermano y él en el
salón. Nosotros entramos a la cocina.
-¿Qué pasa?
-Pregunté cuando cerraron la puerta.
-¡¿Cómo que qué
pasa?! -Alzó la voz mi padre. Pocas veces lo había visto levantar
la voz, tan pocas, que se podían contar con los dedos de una mano.
Mi madre intentó tranquilizarle, pero él desistió. -¿Es que no te
das cuenta? ¿Crees que ese tío te quiere? -Fui a protestar, pero no
me dejó. -¡Ni se te ocurra defenderle! ¡¿Y ese chupetón?! ¡Eh!
¡¿Pero en qué estás pensando?! ¡Que tienes dieciocho años! ¡Que
eres una cría! -No me dejaba hablar, sólo hablaba él y yo
aguantaba las ganas de llorar y de reprocharle todo lo que estaba
diciendo. -Por el amor de Dios...
-Él me quiere.
-Susurré. Pero ojalá no lo hubiera hecho. Levantó la mano para
después dejarla caer sobre la mejilla izquierda de mi cara, la cual
se giró noventa grados. Era la primera vez que mi padre me pegaba.
Las lágrimas se derrumbaron sin desenfreno por todo mi rostro.
Cuando lo miré, vi pánico o terror, no sabía muy bien lo que era.
Intentó acercarse, pero yo di un paso atrás evitando su contacto.
-Ana, yo... -No
dejé que terminara, salí corriendo escaleras arriba y sólo me dio
tiempo a ver como Leo se levantaba del sofá alarmado. Me había
pegado, mi padre. No me lo podía creer. Podía estar todo lo
enfadado que quisiera, ¿pero pegarme...? En mis dieciocho años
nunca lo hizo. ¿Tan mal lo había hecho? ¿Tan mala hija era? No
llegaba a comprender por qué. La mejilla me ardía y notaba el tacto
de la mano aún sobre mi rostro.
-Narra
Leo-
Después de
que todo se quedara en silencio, vi a Ana salir por la puerta con la
mano en la mejilla y lágrimas a lo largo de su cara. Inmediatamente
me levanté alerta. ¿Qué había pasado? ¿Le había pegado? Miré y
la cara de su padre que lo decía todo. Sí, lo había hecho. Apreté con
fuerza los puños para controlarme. ¡¿Cómo se atrevía a tocarla?!
-Fuera de mi casa.
-Exigió él. ¡Y una mierda me iba a ir! Le ignoré por completo y
seguí los pasos de mi chica. Fui puerta por puerta tocando y
escuchando hasta que llegué a la suya. Tras ella se escuchaban
sollozos.
-No quiero hablar
con nadie. -Gritó con la voz quebrada.
-Soy yo. -Dije
mientras abría con cuidado la puerta. Se giró para mirarme y entré.
No me dejó decir nada, en cuanto cerré, se lanzó a mis brazos para
darme un abrazo. -Tranquila, cariño. -Le susurré con dulzura.
Empezó a sollozar en mi pecho como una niña pequeña. Me destrozaba
verla así. La abracé más fuerte. Cuando se tranquilizó un poco,
nos sentamos en su cama.
-¿Qué te ha
dicho a ti? -Habló entrecortado por el llanto.
-Que me fuera,
pero no pensaba dejarte a ti así. Así que he pasado de él y te he
venido a buscar. -Con cuidado, le limpié las lágrimas más rebeldes
que aún caían. Tocaron a la puerta y automáticamente, la coloqué
detrás de mi. No pensaba dejar que le volviera a pegar.
-Vengo en son de
paz, quiero pedir disculpas. Me he equivocado con los dos. Ana, hija,
siento haberte pegado y Leo, siento haberme comportado así. Se te ve
un buen chico. -Aún diciendo eso, no me aparté para que viera a
Ana, no la iba a tocar, no mientras yo estuviera con ella. Asentí en forma de aceptación y se marchó
sin decir nada más. Di media vuelta y la miré.
-¿Estás bien?
-Asintió. Le alcé con el índice el mentón para darle un beso
corto, ya que fue interrumpido por la puerta que se abría. Volví a
girarme y esta vez era su madre. Se acercó y abrazó a su hija y
después me dio dos besos en las mejillas a mi. Antes de irse susurró
un “lo siento”. -¿Quieres que nos vayamos de aquí? Sabes que
puedes dormir en mi casa si quieres.
-No. Mañana nos
vemos.
-¿Estás segura?
-Volvió a asentir. Le di un cariñoso beso en la frente, un abrazo,
otro beso y me fui. Cuando llegué al final de la escalera. Su padre
me llamó.
-Leo, quiero
hablar contigo. -Me senté junto a él en el sofá.
-Dígame.
-¿Qué planes
tienes? -Su mirada estaba en la mía clavada como una aguja.
-¿Con Ana?
-Asintió. Sonreí. -Bueno, la verdad, es que todavía no hemos
hablado nada, pero por mi sería una vida entera con ella. No pienso
dejarla a no ser que sea ella quien me deje, lo que espero que nunca
llegue. Antes de esto, fue todo un poco complejo. Nunca había tenido
novia, tampoco es que encontrara a la mujer adecuada, pero Ana lo es.
Estoy seguro.
-¿Qué vida
llevabas antes de conocerla?
-Trabajo en una
empresa tecnológica propia que heredé de mi padre fallecido hace
unos cuantos años que me ocupa gran parte de mi tiempo, pero en mi
tiempo libre me gusta lo que a todos los jóvenes. A su hija la
conocí en una discoteca -sonreí- me encanta como baila.
-¿El Ferrari de
fuera es tuyo? -Preguntó esta vez su hermano.
-Sí. Tengo tres
coches más, un Audi R8, un Mustang, un Lamborghini y este Ferrari.
-¿Es que ganas
mucho dinero con la empresa?
-No tanto como me
gustaría, porque mi padre la tenía muy poco explotada, yo le puedo
sacar mucho más partido. Estamos en ese proceso. -Afirmé con tono
de empresario.
-¿Y de los hijos?
-Fue esta vez su madre...
-Me encantaría
tener una pareja. Yo tengo una hermana, pero es adoptada. Mi madre no
pudo tener más hijos que yo...
-¿Ana ha conocido
ya a tu familia?
-No, lo teníamos
planeado para dentro de un par de semana al igual que presentarme yo
ante ustedes.
-¿Por qué te
peleaste con aquel chico? -Volvió a preguntar su padre. ¿Le iba a
responder con la verdad, que me había peleado por llamar a Ana puta?
Cada día me arrepentía más de eso...
-Fue una tontería
de jóvenes, no tiene importancia. Aunque no me gusta pelearme con
nadie. Tengo veinte años, ya soy mayorcito. -Todos abrieron los ojos
por completo sorprendidos.
-¿Veinte?
-Dijeron su padre y su madre a la vez. La he cagado... ¿Pero si solo
son dos años, no es mucho no? ¿O sí?
18
Vale, pues viendo que nadie me hace caso, subo los que tengo escritos y ahí se queda la novela.
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-Narra
Ana-
Tras otro
día de clase, llegué a casa y volví a comer sin ganas. ¿Qué más
daba ya comer que no comer? Sólo servía para vivir y vivir así no
tenía sentido, por lo menos para mi. Pasé completamente de mi madre
como tantas veces había hecho ya en los tres días anteriores. Subí
a mi cuarto y me tumbé en la cama. Ya realmente pasaba de todo.
Alguien tocó a mi puerta y respondí de mala gana con un “adelante”.
Era mi madre que traía el teléfono inalámbrico. Según ella, un
chico quería hablar conmigo. Cogí el teléfono y eche a mi madre de
mi cuarto.
-¿Sí? -Respondí
también con un poco de mala gana. No tenía ni puta idea de quien
podía ser.
-Ana. -Su voz
inundó mis oídos hasta el punto que tuve que sentarme para no
caerme de la emoción y alegría de volver a escuchar su voz. -Seré
breve. -Anunció. -Estoy en tu puerta. Te necesito. Baja por favor.
Pero solamente si me quieres. Sabes que yo sí te quiero y... Bueno
si es así, baja. -Y colgó. Me había quedado congelada. ¿Estaba
abajo, en mi puerta? ¿Me necesitaba? ¿Qué si lo quería? Cuando
reaccioné, recé mentalmente para que no fuera demasiado tarde. Bajé
corriendo y casi me caí por las escaleras. Abrí la puerta, lo busqué con la mirada
como una verdadera loca. ¿Dónde estaba? Lo vi apoyado sobre el Audi
R8, mi coche favorito. Volví a correr hasta él y nada más llegar
lo abracé como si se me fuera la vida en ello. Mi corazón parecía
que se iba a salir del pecho aunque no sabía si era por la carrera,
o por el hecho de estar abrazándolo. Leo me quería y yo a él
también. Ahora lo sabía. Parecía como si todos mis problemas se
desvanecieran cuando estaba con él. Él era mi ángel, mi ángel
salvador.
-Te amo, Leo.
-Dije respirando el aroma que me proporcionaba su cuello. Cuanto
había añorado ese olor, su olor.
-Te amo, Ana.
-Rompimos el abrazo para fundirnos en los labios del otro como nunca
antes lo hicimos. Supongo que sería porque esta vez los dos nos
amábamos. Al rozar su lengua con la mía di un pequeño gemido. Lo
deseaba tanto.... Era una droga, mi droga. Después de ese beso tan
profundo, vino otro abrazo. -Vente conmigo. Vamos a dar una vuelta,
¿quieres? -Asentí conteniendo las lágrimas de alegría y de
emoción por estar con él. Cuando nos subimos al coche Leo colocó
una mano sobre mi muslo mientras conducía. Se veía tan jodidamente
sexy totalmente concentrado en la carretera.
Tras creo que
una hora de coche, llegamos a un aparcamiento de playa.
-¿Qué se supone
que hacemos aquí? -Le pregunté extrañada. Era la playa más bonita
que jamás había visto. Arena blanca, agua cristalina y pequeños
árboles a su alrededor, junto con grandes acantilados dándole un
poco de privacidad. Era perfecta.
-Bueno, pensé que
te gustaría pasar un día de playa. ¿Te apetece?
-Pero Leo, hace
frío.
-No es necesario
que nos adentremos en el agua.
-Ah, vale. ¿Y qué
hacemos entonces?
-¿No quieres
pasar una tarde conmigo?
-Claro que sí,
¿pero sin hacer nada? -Me atrajo a él por la cintura con una mano
mientras la otra la enredaba en mi pelo para besarme.
-¿Qué te parece
si le damos alegría a esta playa tan solitaria y aburrida? -Bajó la
cabeza hasta el cuello en el cual me besó. No pude reprimir un
suspiro de placer a la vez que me mordía el labio. Dados de la mano,
nos fuimos detrás de una de las grandes piedras en las que había
como una hendidura perfecta para que nadie te viera. Nos desquitamos
de la ropa del otro con tanta desesperación que casi desgarramos
todas las prendas. Leo se colocó un condón que llevaba en la
cartera, me subió a sus caderas, me apoyó en la piedra y me
penetró. Gemí por la sensación de volver a sentirlo dentro.
-Joder Leo, no
sabes como te extrañaba. -No me respondió. Tampoco me importaba.
Sabía que no podía hablar en ese momento. Sus movimientos fueron en
aumento y Dios... -Ah, Leo, sí. Sigue. -Notaba que se cansaba, pero
él no quería dejarme con la excitación, lo sabía. Él no haría
una cosa así nunca. Las paredes vaginales se contrajeron haciéndome
llegar al orgasmo. -¡Joder! ¡Leo! ¡Ah! -Gemí corriéndome y
llegando al clímax. Poco después él se corrió dando un gruñido
gutural. Le mordí el lóbulo de la oreja y Leo en respuesta me dio
un gemido. Agotados, nos dejamos caer sobre la arena fría. Quería
vestirme por si alguien nos veía, pero estaba tan agotada que no
podía mover un solo musculo de mi cuerpo. Hacer el amor con este
hombre era lo más agotador que podía existir. Te daba tanto placer,
hasta el punto de no poder con tu cuerpo y llegar a alguno de tus
mejores orgasmos que jamas tendrás en tu vida. No hablábamos,
simplemente nos mirábamos el uno al otro con una tímida sonrisa y
la respiración entre cortada, la cual, se fue apaciguando poco a
poco. Leo fue el primero de los dos en moverse. Enlazó nuestras
manos entre los granos de arena que quería cubrirlas haciéndolas
desaparecer.
-¿Quieres ser mi
novia oficial, Ana? Quiero que lo seas, quiero pasar el resto de mis
días contigo e incluso presentarte a mi familia y conocer a la tuya.
Te amo como nunca jamas pensé que podría amar a nadie. ¿Aceptas?
-Por unos segundos estuve reproduciendo sus palabras en mi cabeza
mientras lo miraba a los ojos. Esos ojos que me dejaron entumecida la
primera vez que los vi, mis ojos preferidos. Sus ojos y solo los
suyos. Reaccioné cuando una ráfaga de viento me produjo un
escalofrío por mi cuerpo desnudo.
-Sí. -Sus ojos
brillaron semejantes a un cielo oscurecido por la noche, pero
iluminado por una lluvia de estrellas. Su sonrisa era el sol que
quería ver cada mañana. Acercándome a él por la cintura con una
mano, me besó dulcemente.
-Te amo mucho más
que a mi vida. -Sonriendo, volví a juntar sus labios con los míos.
Eran tan suaves y dulces, que te quedarías pegada a ellos para
siempre y eso era lo que iba a hacer. No pensaba dejarlo escapar
nunca. Su cuerpo mucho más caliente que el mio, hizo que entrara en
calor.
-Será mejor que
nos vistamos. -Sugerí. Gran parte del tiempo, yo era un cubito
humano y no quería que él se resfriara.
-¿Para qué?
¿Para volver a quitártela? -Se mordió el labio inferior
sensualmente. -Yo creo que no es necesario. -Colocándose sobre mi y
entre mis piernas, me besó a la vez que volvía a entrar. Arqueé la
espalda por el placer que me hizo sentir aquel gesto. Quería más.
Él quería más. Eso me gustó a la vez que me excitaba. Separó sus
labios de los mios, para bajar al cuello y morderlo, seguidamente, lo
lamió y besó en el mismo sitio. Seguro me dejó marca. Pero Leo
sabía que cuando me besaban en el cuello, no me podía resistir.
Aumentó su ritmo y la fuerza en la que entraba hasta que los dos a
la vez nos corrimos. Aunque Leo no paró. Siguió penetrándome hasta
el segundo.
-Dios Leo, no
puedo más. -Grité y supliqué. Pero justo al decir aquello, volví a correrme salvajemente.
Por fin paró saliendo de dentro de mi. Madre mía, cuatro, CUATRO
puñeteros orgasmos. -¿Tú es que me quieres matar, salvaje?
-Reclame cuando recuperé el aliento. Leo solo se rió para besarme
suavemente en los labios. -Te quiero. -Le dije mientras miraba y
observaba cada fracción de su cara. Me dio un pico con cariño y
volvimos a quedarnos mirándonos mutuamente. Al poco tiempo, volví a
sentir frío. -Leo... Tengo frío.
-¿Nos vamos a mi
departamento? -Asentí. Nos vestimos y agarrados de la cintura del
otro entramos en su coche. Pasamos una tarde los dos acurrucados en
el sofá de crema de su gran salón. Hablamos de variadas cosas, como
por ejemplo de cuando me iba a presentar a su familia y viceversa,
quedamos que en un par de semanas o así. Eso en realidad era lo de
menos. Mi móvil empezó a vibrar en el bolsillo de mi pantalón, me
levanté para cogerlo.
-¿Sí? -Pregunté
con una sonrisa. Mi estado de ánimo había cambiado radicalmente en
unas pocas horas.
-¿Dónde estás?
¿Has visto que hora es? -Era mi madre preocupada...
-Pues no, no he
visto la hora. Pero no te preocupes, estoy bien.
-¿Te has ido con
el tío ese del Audi?
-Sí, ¿qué pasa?
-¿¡Cómo que qué
pasa!? ¡Ven a casa inmediatamente! -Gritó en el auricular.
-¿Por qué, qué
pasa?
-¡Te dobla la
edad!
-Mamá, no montes un pollo. Ya tuve novio antes. Así que
tranquilízate.
-¡¿QUÉ YA HAS
TENIDO NOVIO?! ¡Como tardes más de diez minutos en llegar a casa te
enteras! -Y colgó.
-¿Qué ha pasado?
-Me preguntó Leo extrañado acercándose a mi por detrás y
abrazándome.
-Creo que vas a
tener que conocer a mi familia antes de lo previsto...
-¿Por qué?
-Frunció el ceño mientras yo me daba la vuelta para mirarle.
-Me acaban de echa
la de Dios por teléfono por irme contigo. -Hizo un mohín.
-Bueno, si no hay
más remedio... -Dije a la vez que se quedaba en frente de mi..
-¿De verdad? -Le
miré con los ojos abiertos. Asintió.
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