Le dije a
Megan que iba al baño, en cuanto llegué, lágrimas empezaron a caer
por mis mejillas. ¿Cómo se atrevía a venir? ¿Cómo podía mirarme
a la cara después de lo que yo misma escuché? Estaba muy claro que
no tenía vergüenza... Necesitaba desahogarme con alguien, ¿pero
con quien? No tenía móvil para llamar a Leo y no quería decírselo
a Megan... Estaba sola... totalmente sola. ¿Estaría predestinada a
estar sola para siempre? Era lo más probable... La campana que
indicaba el final del recreo tocó. A través de la puerta se podía
escuchar como el gran pasillo se iba llenando. Se escuchaban risas,
pasos y gente hablando de cualquier cosa sin importancia, lo más
seguro. Me lavé la cara y salí dispuesta a terminar mi día de
clases. Entré y me senté sin decir ni una sola palabra y así
estuve durante las clases siguientes, en silencio, como si no
estuviera. Estas tres horas se pasaron con más rapidez que las
anteriores, por suerte. Recogí mis cosas y andando a poso rápido,
llegué hasta las puerta de salida. Tras ellas pude ver a Marco y un
poco más a la derecha, el Audi R8 de Leo. Tenía especial interés
por subirme en ese coche. La gente pasaba a mi alrededor, ya casi no
quedaba gente por salir, cuando yo tomé las fuerzas suficientes,
para atravesarlas. Fue como si todas las miradas se posaran sobre mi
cuando Marco me sonrió e intentó pararme y yo esquivé su brazo
mientras una lágrima caía por mi rostro... Subí al gran coche sin
dar ni un solo ademán de no querer hacerlo. Leo no habló al verme
llorar, simplemente, arrancó dejando a Marco en la otra acera con
los brazos alzados y cara de incredulidad. Condujo hasta un parque en
el que aparcó.
-¿Cómo estas?
-Su voz me inundó en décimas de segundo. Sin poder evitarlo, empecé
a llorar en mis manos. Sus brazos me rodearon como pudieron desde el
asiento del conductor. -Tranquila. -Susurró con dulzura. -Vamos a
sentarnos en un banco, estaremos más cómodos, ¿te parece? -Asentí.
Me dio un pequeño beso en la cabeza, después abrió la puerta para
a continuación abrir la mía. Deje la mochila en el coche. Andamos
hasta un banco cercano. Cuando nos sentamos, me acurruqué contra él.
Leo pasaba una mano por mi brazo intentando reconfortarme aunque no
tuvo éxito. Tenía ganas de morirme, pero morirme de verdad. ¿Por
qué me hacía esto? Las lágrimas volvieron a mis ojos con
desesperación. Joder, ¿por qué? Quería parar de llorar y no
podía, mi corazón no me lo permitía. Estaba destrozada por dentro.
Leo se puso tenso y después apretó su brazo contra mi. No entendí
por qué hasta que escuché pasos correr y acercarse a nosotros.
-Ana... -Susurró
cuando llegó y me vio derramar lágrimas por doquier.
-¡¿QUÉ?! ¡¿Qué
coño quieres?! -La rabia me invadió al ver sus ojos confusos
posados en mi. Me levanté pero sin separarme del banco.
-¿Qué te pasa?
-Dijo mientras se acercaba a paso lento. -¿Por qué lloras? ¿Por
qué estas con él? -Miró a Leo y luego volvió la mirada a mi.
-¿Cómo que por
qué? -Relajé mi tono de voz. -¡Te escuché! ¡La escuché! ¿Y
ahora me preguntas que qué me pasa? ¿Enserio? -Suspiré.
-¿De qué estas
hablando? ¿Te refieres a Diana?
-¿Cómo eres
capaz de hablarme de ella sin que te importe mi reacción? Bueno,
claro, ya lo has hecho dos veces, ¿por qué no una tercera verdad?
-Ana, yo no -le
interrumpí.
-¡No quiero
escuchar tus excusas! -Grité la primera palabra todo lo que puede,
las demás, casi las susurré entre dientes por la rabia que tenía
dentro.
-Pero no es lo que
piensas. Ella -interrumpió Leo esta vez.
-Marco. Ya la has
oído. Aléjate de Ana, déjala en paz para siempre, no te quiere
ver.
-¡Tú te callas
imbécil de mierda! -Le gritó.
-¡No le insultes!
-Salí en su defensa.
-Pero Ana yo no te
he engañado. Diana se calló y estaba curándole la herida, de
verdad. Te juro que no te he engañado.
-Basta. -Le callé
con los dientes apretados. -No me voy a creer nada de lo que tú me
digas. Has perdido completamente la confianza que había vuelto a
poner en ti. Te felicito por ello. Ahora, por favor, desaparece de mi
vida.
-No, me niego. No
quiero irme de tu vida porque es la mía propia. Joder. Digo la
verdad. ¿Por qué no me crees? ¿Es por él? -señaló a Leo- ¿Te
ha comido la cabeza?
-Claro que no. Leo
me ha ayudado a no ir a tu casa y matarte de la rabia que sentí en
aquellos momentos y que todavía siento hacia ti. ¿Y sabes algo? El
día que desaparecí de la discoteca.
-Se fue a su casa.
-Me interrumpió Leo.
-No. Quiero decir
la verdad. Y que la escuche de mis labios. Yo no soy como él. Me fui
con Leo. -Señalé detrás de mi. Sonreí egocéntrica. -Sí Marco,
sí. No sabes como grité de placer. ¿Sabes cuantos tuve? Tres.
-Levanté tres dedos. -Los mejores de mi vida junto con estos dos
últimos de ayer. Cinco orgasmo en dos días. ¿Serías tú capaz de
soportar algo así? ¿De darme tanto placer? Yo digo que no. -Sus
manos estaban en forma de puños a ambos lados del cuerpo rígido
como una piedra al igual que la mandíbula. -Ni se te ocurra pagarlo
con él porque no tiene ninguna culpa. Ninguna culpa de ser mejor que
tú. -Continué.
-Ana, ya vale.
-Dijo Leo levantándose del banco y colocándose a mi lado.
- ¿Qué pasa?
¿Ahora te pones de su parte? Desde luego todos sois iguales. -Crucé
los brazos y me dirigí hacia el coche para coger mis cosas.
-Eeeh, Ana. -Era
Leo que me había seguido y ahora me daba la vuelta cogiéndome del
brazo. -No ha sido por eso. ¿Es que no le ves? -Miré por encima de
su hombro y lo vi todavía en la misma postura de antes. ¿Se había
quedado en shok? -Lo has destrozado. Una de las peores cosas que le
puedes decir a un hombre es que no te satisface lo suficiente, que
para ti es como si fuera impotente. Solo te ha faltado decir que
fingías con él. ¿Finges? -Preguntó unos segundos después.
-¡No! Con él
solo me pasó una vez. Estaba demasiado incómoda... -Se llevó una
mano a la cara.
-Madre mía...
-¿Qué? -No era
tan grave, ¿no? Sólo fue una vez.
-Anda vamos. -Dijo
indicando el coche.
-Pero no podemos
dejarlo ahí. -Señalé a la estatua que parecía el chico con el que
acababa de romper.
-¿Le dices todo
eso y ahora te da lástima? -Negó con la cabeza. -¿Qué piensas
hacer?
-No sé, hablar
con él. -Hubo una sutil pregunta en mi tono de vez.
-¿De qué?
Déjalo, ya se repondrá. -Me encogí de hombros y le hice caso. Leo
se montó en el coche, pero cuando fui a abrir la puerta yo, una mano
me lo impedió. Giré la cara y unos labios poco después se chocaron
con los mios. Reconocí el sabor de su boca al instante. Sus labios
presionaban de una forma diferente, queriéndome demostrar lo que
sentía por mi y “decirme” que no mentía.
-Sé que mientes,
sé que me amas, sé que disfrutas conmigo, lo sé. -Se separó pero
dejó su frente sobre la mía. Luego abrió los ojos y despegó la
frente para seguir hablando. Me cogió las manos. -No me creo que no
disfrutaras. Es imposible. Siento como te contraes a mi alrededor. No
te he engañado simplemente porque no podría. Te juré que nunca más
te iba a engañar. Estoy cumpliendo mi promesa con creces. Diana es
mi prima. Ana, por favor. Todo lo que te estoy diciendo es verdad, la
pura verdad. -Sus ojos azules me miraban y tenía la impresión de
que estaba a punto de derrumbarse, de llorar. -Me da igual si me has
engañado, porque por él no sientes nada. Pero por mi sí. Lo estoy
viendo en tus ojos ahora mismo. -Las lágrimas empezaban a pinchar
detrás de los ojos avisándome de que en cualquier momento iban a
salir a la luz. -Ana, dime algo. -Tragó saliva aguantando sus
lágrimas. -Por favor. -No podía hablar, no podía moverme. Estaba
paralizada. Ni siquiera podía parpadear. Casi ni respirar. ¿Qué se
suponía que debía hacer? Necesitaba una señal de algún sitio, de
algo, cualquier cosa. Estaba más que claro que amaba a Marco,
pero... ¿me estaba diciendo la verdad? Si era así, ¿cómo lo iba
ha saber? Nos mirábamos mutuamente el uno al otro. Yo confundida y
él desesperado por mi respuesta.
-Ana, ¿vienes?
-Leo se había bajado del coche y estaba a mi espalda llamándome.
Tenía dos posibilidades, ¿cuál elegía? ¿El sexo más placentero
de mi vida, o el amor de mi vida?