jueves, 26 de diciembre de 2013

15

          Le dije a Megan que iba al baño, en cuanto llegué, lágrimas empezaron a caer por mis mejillas. ¿Cómo se atrevía a venir? ¿Cómo podía mirarme a la cara después de lo que yo misma escuché? Estaba muy claro que no tenía vergüenza... Necesitaba desahogarme con alguien, ¿pero con quien? No tenía móvil para llamar a Leo y no quería decírselo a Megan... Estaba sola... totalmente sola. ¿Estaría predestinada a estar sola para siempre? Era lo más probable... La campana que indicaba el final del recreo tocó. A través de la puerta se podía escuchar como el gran pasillo se iba llenando. Se escuchaban risas, pasos y gente hablando de cualquier cosa sin importancia, lo más seguro. Me lavé la cara y salí dispuesta a terminar mi día de clases. Entré y me senté sin decir ni una sola palabra y así estuve durante las clases siguientes, en silencio, como si no estuviera. Estas tres horas se pasaron con más rapidez que las anteriores, por suerte. Recogí mis cosas y andando a poso rápido, llegué hasta las puerta de salida. Tras ellas pude ver a Marco y un poco más a la derecha, el Audi R8 de Leo. Tenía especial interés por subirme en ese coche. La gente pasaba a mi alrededor, ya casi no quedaba gente por salir, cuando yo tomé las fuerzas suficientes, para atravesarlas. Fue como si todas las miradas se posaran sobre mi cuando Marco me sonrió e intentó pararme y yo esquivé su brazo mientras una lágrima caía por mi rostro... Subí al gran coche sin dar ni un solo ademán de no querer hacerlo. Leo no habló al verme llorar, simplemente, arrancó dejando a Marco en la otra acera con los brazos alzados y cara de incredulidad. Condujo hasta un parque en el que aparcó.
   -¿Cómo estas? -Su voz me inundó en décimas de segundo. Sin poder evitarlo, empecé a llorar en mis manos. Sus brazos me rodearon como pudieron desde el asiento del conductor. -Tranquila. -Susurró con dulzura. -Vamos a sentarnos en un banco, estaremos más cómodos, ¿te parece? -Asentí. Me dio un pequeño beso en la cabeza, después abrió la puerta para a continuación abrir la mía. Deje la mochila en el coche. Andamos hasta un banco cercano. Cuando nos sentamos, me acurruqué contra él. Leo pasaba una mano por mi brazo intentando reconfortarme aunque no tuvo éxito. Tenía ganas de morirme, pero morirme de verdad. ¿Por qué me hacía esto? Las lágrimas volvieron a mis ojos con desesperación. Joder, ¿por qué? Quería parar de llorar y no podía, mi corazón no me lo permitía. Estaba destrozada por dentro. Leo se puso tenso y después apretó su brazo contra mi. No entendí por qué hasta que escuché pasos correr y acercarse a nosotros.
   -Ana... -Susurró cuando llegó y me vio derramar lágrimas por doquier.
   -¡¿QUÉ?! ¡¿Qué coño quieres?! -La rabia me invadió al ver sus ojos confusos posados en mi. Me levanté pero sin separarme del banco.
   -¿Qué te pasa? -Dijo mientras se acercaba a paso lento. -¿Por qué lloras? ¿Por qué estas con él? -Miró a Leo y luego volvió la mirada a mi.
  -¿Cómo que por qué? -Relajé mi tono de voz. -¡Te escuché! ¡La escuché! ¿Y ahora me preguntas que qué me pasa? ¿Enserio? -Suspiré.
   -¿De qué estas hablando? ¿Te refieres a Diana?
   -¿Cómo eres capaz de hablarme de ella sin que te importe mi reacción? Bueno, claro, ya lo has hecho dos veces, ¿por qué no una tercera verdad?
   -Ana, yo no -le interrumpí.
   -¡No quiero escuchar tus excusas! -Grité la primera palabra todo lo que puede, las demás, casi las susurré entre dientes por la rabia que tenía dentro.
   -Pero no es lo que piensas. Ella -interrumpió Leo esta vez.
   -Marco. Ya la has oído. Aléjate de Ana, déjala en paz para siempre, no te quiere ver.
   -¡Tú te callas imbécil de mierda! -Le gritó.
   -¡No le insultes! -Salí en su defensa.
   -Pero Ana yo no te he engañado. Diana se calló y estaba curándole la herida, de verdad. Te juro que no te he engañado.
   -Basta. -Le callé con los dientes apretados. -No me voy a creer nada de lo que tú me digas. Has perdido completamente la confianza que había vuelto a poner en ti. Te felicito por ello. Ahora, por favor, desaparece de mi vida.
   -No, me niego. No quiero irme de tu vida porque es la mía propia. Joder. Digo la verdad. ¿Por qué no me crees? ¿Es por él? -señaló a Leo- ¿Te ha comido la cabeza?
   -Claro que no. Leo me ha ayudado a no ir a tu casa y matarte de la rabia que sentí en aquellos momentos y que todavía siento hacia ti. ¿Y sabes algo? El día que desaparecí de la discoteca.
   -Se fue a su casa. -Me interrumpió Leo.
   -No. Quiero decir la verdad. Y que la escuche de mis labios. Yo no soy como él. Me fui con Leo. -Señalé detrás de mi. Sonreí egocéntrica. -Sí Marco, sí. No sabes como grité de placer. ¿Sabes cuantos tuve? Tres. -Levanté tres dedos. -Los mejores de mi vida junto con estos dos últimos de ayer. Cinco orgasmo en dos días. ¿Serías tú capaz de soportar algo así? ¿De darme tanto placer? Yo digo que no. -Sus manos estaban en forma de puños a ambos lados del cuerpo rígido como una piedra al igual que la mandíbula. -Ni se te ocurra pagarlo con él porque no tiene ninguna culpa. Ninguna culpa de ser mejor que tú. -Continué.
   -Ana, ya vale. -Dijo Leo levantándose del banco y colocándose a mi lado.
-  ¿Qué pasa? ¿Ahora te pones de su parte? Desde luego todos sois iguales. -Crucé los brazos y me dirigí hacia el coche para coger mis cosas.
   -Eeeh, Ana. -Era Leo que me había seguido y ahora me daba la vuelta cogiéndome del brazo. -No ha sido por eso. ¿Es que no le ves? -Miré por encima de su hombro y lo vi todavía en la misma postura de antes. ¿Se había quedado en shok? -Lo has destrozado. Una de las peores cosas que le puedes decir a un hombre es que no te satisface lo suficiente, que para ti es como si fuera impotente. Solo te ha faltado decir que fingías con él. ¿Finges? -Preguntó unos segundos después.
   -¡No! Con él solo me pasó una vez. Estaba demasiado incómoda... -Se llevó una mano a la cara.
   -Madre mía...
   -¿Qué? -No era tan grave, ¿no? Sólo fue una vez.
   -Anda vamos. -Dijo indicando el coche.
   -Pero no podemos dejarlo ahí. -Señalé a la estatua que parecía el chico con el que acababa de romper.
   -¿Le dices todo eso y ahora te da lástima? -Negó con la cabeza. -¿Qué piensas hacer?
   -No sé, hablar con él. -Hubo una sutil pregunta en mi tono de vez.
   -¿De qué? Déjalo, ya se repondrá. -Me encogí de hombros y le hice caso. Leo se montó en el coche, pero cuando fui a abrir la puerta yo, una mano me lo impedió. Giré la cara y unos labios poco después se chocaron con los mios. Reconocí el sabor de su boca al instante. Sus labios presionaban de una forma diferente, queriéndome demostrar lo que sentía por mi y “decirme” que no mentía.
   -Sé que mientes, sé que me amas, sé que disfrutas conmigo, lo sé. -Se separó pero dejó su frente sobre la mía. Luego abrió los ojos y despegó la frente para seguir hablando. Me cogió las manos. -No me creo que no disfrutaras. Es imposible. Siento como te contraes a mi alrededor. No te he engañado simplemente porque no podría. Te juré que nunca más te iba a engañar. Estoy cumpliendo mi promesa con creces. Diana es mi prima. Ana, por favor. Todo lo que te estoy diciendo es verdad, la pura verdad. -Sus ojos azules me miraban y tenía la impresión de que estaba a punto de derrumbarse, de llorar. -Me da igual si me has engañado, porque por él no sientes nada. Pero por mi sí. Lo estoy viendo en tus ojos ahora mismo. -Las lágrimas empezaban a pinchar detrás de los ojos avisándome de que en cualquier momento iban a salir a la luz. -Ana, dime algo. -Tragó saliva aguantando sus lágrimas. -Por favor. -No podía hablar, no podía moverme. Estaba paralizada. Ni siquiera podía parpadear. Casi ni respirar. ¿Qué se suponía que debía hacer? Necesitaba una señal de algún sitio, de algo, cualquier cosa. Estaba más que claro que amaba a Marco, pero... ¿me estaba diciendo la verdad? Si era así, ¿cómo lo iba ha saber? Nos mirábamos mutuamente el uno al otro. Yo confundida y él desesperado por mi respuesta.
   -Ana, ¿vienes? -Leo se había bajado del coche y estaba a mi espalda llamándome. Tenía dos posibilidades, ¿cuál elegía? ¿El sexo más placentero de mi vida, o el amor de mi vida?

domingo, 22 de diciembre de 2013

14

   -Eh, Ana, tranquila. Ven. -Aferrada a su pecho subimos al departamento. -¿Quieres un poco de agua? -Asentí entre sollozos. Me senté en el sillón de crema. Poco después, Leo regresó con un baso de agua. -¿Te apetece hablar de lo que te ha pasado?
   -Soy una estúpida. Volví a creer en él y me volvió a engañar. Sólo llevábamos un día Leo, un solo día y ya está con otra... ¿Por qué? ¿Por qué a mi? ¿Qué le he hecho? -Sus labios formaban una fina línea mientras me veía llorar y hablar de Marco sin parar. Suspiré. -Siento que tengas que escuchar esto...
   -No importa, sé como te sientes. -Me invitó a darle un abrazo y no se lo negué, lo necesitaba. Cuando sus brazos me rodearon, sentí como una sensación de protección inundaba todo mi ser, con Leo me sentía protegida. Poco a poco nos fuimos tumbando en el cómodo sofá, hasta que los dos quedamos acurrucados el uno contra el otro, abrazados y con la respiración y los latidos del corazón a la misma velocidad, lentos y pausados.
   -No quiero irme. -Susurré.
   -No lo hagas. -Respondió en el mismo tono. -No te estoy obligando a que te vallas, pero tampoco a que te quedes, aunque, quisiera que nunca te fueras de mi lado...
   -Tendría que llamar a mis padres. -Sentí como asentía.
   -Puedes utilizar mi teléfono fijo o mi móvil, como prefieras. -Sugirió.
   -El fijo me vale. -Con lentitud, fui incorporándome. -¿Dónde está? -Levantó el brazo indicando el lugar donde este se hallaba. Descolgué y marqué el número de mi casa.
   -¿Sí? -Reconocí la voz de mi madre.
   -Mamá, soy yo. Puede ser que hoy me quede a cenar en casa de una amiga, no te preocupes, ¿vale?
   -Esta bien cariño. Pero, ¿te encuentras bien?
   -Claro, estoy muy bien, tranquila. -Simulé alegría en mi voz.
   -Bueno, pero ¿para dormir vienes? -Rodé los ojos, siempre con su interrogatorio...
   -¿Cómo no voy a ir si mañana tengo clase? -Unos segundos de silencio. -Hasta luego mamá.
   -Hasta luego. -Colgué. Volví a acurrucarme en los brazos de Leo, era tan reconfortante.
   -¿Lo amas de verdad, no? -Preguntó en un cálido susurro.
   -Mucho... Fue él quien me quitó la virginidad, es muy difícil de olvidar algo así. Por lo menos para mi, pero parece que a él le da igual.
   -A veces los hombres somos tan capullos, engreídos y egoístas... Te pido disculpas por la parte que me toca.
   -Por suerte para las mujeres, no todos sois así y hay hombres dulces, cariñosos y simpáticos.
   -Gracias. -Noté como sonreía. No pude evitar que una mínima, casi irreconocible sonrisa se proclamara en mi rostro. Unos minutos después, un ladrido se escuchó. -Luck tiene hambre. ¿Quieres ayudarme a echarle de comer?
   -Vale. Los perros siempre me suben el ánimo. -Intenté sonreír. No hubo éxito...
   -No lo vuelvas a hacer. -¿Me estaba regañando?
   -¿El qué? -Pregunté con el ceño fruncido mientras nos levantábamos.
   -Sonreír sin ganas. Esa sonrisa es horrible en todos los aspectos, en cualquier tipo de persona, en el lugar o momento que sea. Si no lo sientes, no lo intentes, saldrá mal. -Asentí sin saber que decir. Mientras jugábamos con Luck, se me olvidó un poco lo de Marco, pero solo un poco. Miré la hora en el reloj de la cocina de Leo, eran las siete y media. La tarde nos la pasamos entre palomitas, pipas y películas malas.
   -¿Son así todas tus tardes?
   -No, suelo estar trabajando en la oficina hasta tarde después de sacar a pasear a Luck a las cinco.
   -¿Tienes mucho trabajo?
   -Siempre hay algo, pero por una tarde que no valla no creo que pase nada, ¿no crees? -Me encogí de hombros. No sabía como era trabajar en una empresa y mucho menos como dirigirla. -¿Qué te apetece cenar?
  -No tengo hambre, la verdad. Sólo tengo ganas de llorar y de pegarle una torta en toda la cara... -Los ojos se me pusieron cristalinos cuando empecé a pensar en él. Leo se acercó a mi y me abrazó.
   -Tienes que comer. No puedes dejar de comer por un estúpido gilipollas que no te sabe valorar, ¿vale? No me gusta que llores, aunque de esa forma aún estés guapa, odio verte llorar. -Él era mucho más alto que yo y parecía que era una niña pequeña que se ha hecho daño y su hermano mayor la consolaba. Poco después nos separemos. Leo cogió mi cabeza entre sus manos y me miró a los ojos, yo puse las mías sobre las suyas mirándolo también. Con indecisión, fue agachando la cabeza hasta besarme con dulzura. Yo terminé el beso agachando la cabeza. Sus manos cayeron a ambos lados de su cuerpo -Lo siento. -Se disculpó.
   -No pasa nada. -Esta vez no intenté sonreír, directamente no sonreí.
   -¿Quieres que le pegue? -Ahora sí sonreí de verdad, pero negué.
   -Esto lo tengo que solucionar yo sola. -Aunque me di cuenta de que no iba a poder hacerlo por tercera vez sin nadie a mi lado. -¿Te importaría estar conmigo? Cuando se lo diga, quiero decir. -Asintió. Pedimos una pizza para cenar. -Me tengo que ir ya. -Dije cuando terminamos de cenar y recoger lo desordenado.
   -Quiero acompañarte hasta tu casa, es tarde y no quiero que andes sola.
   -Esta bien. -Fue a ver como estaba Luck, para después salir los dos solos en dirección a mi casa.
   -Me gustaría volver a verte pronto. Más que nada para saber como estás.
   -Puedes ir a recogerme mañana cuando salga del instituto, si puedes.
   -Vale, no creo que tenga problema. -Llegando a mi casa, aflojé el paso, no quería quedarme sola. Pero llegamos. Justo enfrente de mi puerta. La miré y después a Leo. Quería irme con él y desaparecer. Sentía que él me protegía, que podía estar segura a su lado. No pude evitar darle un abrazo, un gran abrazo. -Por cualquier cosa me llamas con lo que puedas llamarme. Para ti siempre voy a estar disponible. -Me separé de nuestro abrazo y lo miré a los ojos. Tenía que darle las gracias como fuera. Le cogí la mano para arrastrarlo a algún lugar donde no podíamos ser visto desde mi casa. Colocándome de puntillas y agachando su cabeza con la ayuda de mi mano en su nuca, lo besé.
   -Quería darte las gracias por aguantarme. No tenías porque hacerlo. Lo siento. -Alzándome la barbilla, fue él esta vez quien me besó.
   -Te amo y haría lo que fuera para animarte un poco. -Volvimos a la puerta de mi casa para ya sí, despedirnos con dos besos en las mejillas. Leo se fue por el camino por donde venimos y yo entré en mi casa. Mi madre estaba sentada en el sofá.
   -Ya he llegado, me voy a dormir.
   -Vale, hasta mañana. No hagas ruido que tu padre mañana tiene que madrugar.
   -Vale. -Alargué la primera bocal. Subiendo las escaleras sin hacer el mínimo ruido, llegué a mi habitación. Cerré con cuidado. Suspiré con la frente pegada a esta. Lloré la gran parte de la noche, hasta que conseguí dormirme. A la mañana siguiente me dolía la cabeza y los ojos aún los tenía rojos... Sin ganas, hice la rutina de cada día. Las primeras horas transcurrieron con más lentitud que otros días... Megan me preguntaba que me pasaba, no quería decírselo, no merecía la pena volver a recordar las palabras que escuché en aquella conversación telefónica. Salimos al patio y nos sentamos en un banco. Oí que me llamaban a lo lejos, una, dos hasta una tercera. En esta me di la vuelta. Marco me llamaba desde la alambrada que separaba el instituto, de la calle. Con sólo mirarle, los ojos se me pusieron cristalinos, no pensaba ir. No quería escuchar una de sus tantas excusas baratas.

domingo, 15 de diciembre de 2013

13

           Le di un pico a Marco y me dejó ir por mi calle sin ninguna resistencia. Intentando que no me viera nadie, salí por la puerta trasera de mi casa. Tras andar un buen trecho, llegué al gran apartamento. Pulsé el telefonillo y la puerta se abrió sin una voz que me preguntara por mi identidad. Entré. Una sombra se proyectaba en la pared de la entrada y no era la mía. Di unos pasos para luego ver a Leo dando pequeños golpes con el pie en el suelo, nervioso, sentado en el sofá de color crema. Levantó la vista hacia mi.
   -¿Qué querías? -Conseguí preguntar tras ver su mirada penetrante fija en mis ojos. Él se levantó, me cogió del pelo para que levantara la cabeza y me comió la boca. Di un pequeño grito al notar la pared en mi espalda. Como pude, puse las manos en ambos hombros y le empujé para que se alejara. -¡Leo! Para. ¿Qué coño haces? -Su pecho subía y bajada rápidamente con desesperación.
  -Odio a tu estúpido novio tanto hasta el punto que si asesinar no fuera delito, lo mataría. -Sus palabras fueron como un taladro en mi cabeza. Mis ojos se abrieron al máximo. ¿Acababa de decir que quería matar, MATAR, a Marco?
   -¿Por qué? -Las palabras salieron en un pequeño hilo de voz, casi imperceptible.
   -Porque te quiero para mi, Ana. Sola y exclusivamente para mi. No puedo soportar la idea de que, mientras estás conmigo, piensas en él. Estaba paseando a Luck y te he visto revolcarte con él en medio de un parque público. La rabia me ha inundado de tal forma, que casi no podía controlarme. Casi voy ahí y le digo como gritabas de placer mientras estaba entre tus piernas anoche, casi le parto la cara por tocarte. -Intenté dar un paso atrás, pero la pared me lo impedió. Él lo notó. -Tranquila, a ti no te haría daño ni aun que pudiese. Eres... eres totalmente única. -Rozó mi mejilla con los nudillos de la mano. Un escalofrío me recorrió el cuerpo entero. -Te... te necesito. Te necesito tanto como el aire para respirar. -¿Por qué tenía la impresión de que me ocultaba algo? Se acercó y, con la misma mano con la que me acarició la mejilla, me rodeó la nuca y apoyó su frente contra la mía con los ojos cerrados. -Nunca me había enamorado de nadie hasta que has llegado, Ana. -Al decir aquello, fue como si un grandísimo peso, se fuera de sus anchos hombros. -Tú has puesto mi mundo patas arriba desde el día que te vi bailar en aquella discoteca. Y es una sensación tan confusa... tan complicada, tan difícil de explicar. Yo solo te necesito conmigo, a mi lado para siempre. -Hubo una pausa. -Te amo. -Bajó sus labios con cuidado, para besarme con la mayor dulzura que pudo reunir. ¿Se había enamorado de mi con solo verme unas cuantas veces? Le devolví el beso, luego se separó por falta de aire, aun con la mano en mi nuca. -Eres tan perfecta. Yo, solo soy un lastre de persona... No me dejes Ana. Porque si tú te fueras, yo lo perdería todo. En cambio, si me fuera yo, estoy seguro de que tú no perderías nada. No sabes como me duele que tu corazón pertenezca a otro, que a mi sólo me quieras para pasar el rato... Pero yo te lo pedí así, ha sido culpa mía enamorarme de ti, aunque haya sido sin darme cuenta. -El silencio inundó la habitación. ¿Qué le podía decir? Había sido la declaración de amor más bonita que nunca había escuchado. Él mantenía los ojos cerrados respirando ya calmadamente y disfrutando de mi. Yo completamente confusa, lo miraba con los ojos abiertos a la espera de que algo se me pasara por la cabeza o de que él hablara. Pero nada ocurría. Leo se movió y bajó la mano de mi nuca a mi cadera, pero sin dejarme ir.
   -Leo, yo...
   -Shhh. Por favor no digas nada. -Me interrumpió. -Sé lo que sientes por mi y sé lo que sientes por él. Yo me conformo con poderte ver y hacerte el amor tan duro como pueda para que no te vallas. -Un corto silencio. -Que suerte tiene él de que le dediques tus preciosas sonrisas de amor al igual que tus besos.
   -Haz me tuya. -Sus ojos se abrieron de golpe. Sus preciosos ojos grises me miraban con un brillo espectacular. No se me ocurrió otra cosa que decir que no fuera esa. Yo lo deseaba, y lo deseaba mucho. No me pensaba ir sin un buen polvo a mi casa después de todo el camino hecho. Ni loca... Al ver que no reaccionaba, me lancé a sus labios rodeándole por el cuello con los brazos. Me pegó mas a él por la cintura. Cuando el beso se intensificó, me alzó y subió a sus caderas. En realidad no creía que Leo estuviera enamorado de mi. Está confundiendo el deseo con el amor. Él solo siente un fuerte deseo por mi, al igual que yo por él. Pero no es amor en ninguno de los dos casos.
   -¿Qué prefieres, salón, baño o cocina? -Preguntó jadeando.
   -Cocina. -Siempre había querido hacerlo en la cocina. Encima de la encimera. Cuando me dejó encima de esta, se despojó de su camisa y de la mía mientras yo desabrochaba su cinturón. Después de quitarme el sujetador, fue hacia el botón de mis pantalones. Gemí cuando metió la mano llegando a mi clítoris. Me besó el cuello y yo tiré de su pelo para atrás. Mi punto más débil es el cuello, justo debajo de la oreja. Él gruñó, pero de placer. Me apoyé en la encimera para que pudiera bajar las bragas y el pantalón. Justo después de que estos cayeran al suelo, separó las rodillas y fue subiendo desde el tobillo por el interior de mi pierna, hasta la parte superior de mis muslos dando mojados besos. Me miró con picardía para luego hundir la cabeza en mi feminidad. Sentía su lengua por todas partes, excitándome. La metió dentro y empezó a jugar con el clítoris. Gemí sin poder evitarlo. -Oh, Dios, Leo. -Le agarré el pelo empujándolo más cerca si se podía. Noté como estaban ya llegando los espasmos del orgasmo. Me corrí en su boca con sumo gusto. Que placer. Siguió chupando mis jugos después del orgasmo hasta que casi no quedó nada. -Leo, penétrame. Por favor. -Dije jadeando. Como siguiera me iba a volver a correr en esa boca suya tan deliciosa. Se puso de pie, se marchó unos segundos y luego volvió con un condón en la mano. Bajó los pantalones para colocárselo y no sé porque no podía apartar la mirada de sus preciosos ojos grises. Cuando me penetró hinqué las uñas en sus hombros. Era tan placentero tenerlo dentro. Sus movimientos fueron en aumento hasta que los dos a la vez nos corrimos. Él gruñó y gritó mi nombre, yo solo grité de placer. Cuando salió después de que apaciguáramos las respiraciones, me quejé por la necesidad de sentirlo dentro. Nos miramos a los ojos por unos segundos y luego él se lanzó a mis labios.
   -Eres tan perfecta. -Le sonreí. Me dio un dulce beso en los labios y luego bajó a mi cuello.
   -Leo, me tengo que ir. -Se separó de mi cuello para mirarme.
   -¿Por qué? Quédate un poco más, por favor.
   -Me encantaría quedarme, pero no quiero que luego me hagan el interrogatorio. -Suspiró con pesadez para después alejarse de mi, coger su ropa y salir de la cocina. Miré a mi alrededor buscando mi ropa, me bajé y me vestí. Cuando salí, Leo estaba sentado en el sillón de antes a medio vestir. Lo miré, él me devolvió la mirada. -Me voy ya.
   -Arréglate un poco el pelo. -Asentí. Entré al baño. Cuando ya más o menos lo tenía normal, abrí la puerta para salir. Enfrente de esta me encontré la figura de Leo de brazos cruzados sin camisa.
   -¿Qué pasa? -Negó.
   -Nada. -Un corto silencio se hizo cuando pasé por su lado. Ya abría la puerta, cuando me llamó, giré para mirarle. -Te voy a extrañar. -Y con esas palabras, desparecí tras la puerta. Mientras salía de su apartamento no podía parar de pensar en su declaración. Yo sabía que solo era deseo, pero, él... Él no pensaba así y cuando se diera cuenta de que en realidad no estaba enamorado, ¿sufriría? ¿Qué le iba a pasar? Eso me preocupaba. Cogí el móvil del bolsillo del pantalón. Quería ver a Marco. No me había gustado la forma en que se había quedado después de despedirnos...
   -¿Cariño? -Lo llamé.
   -¿Quién eres? -Una voz femenina me contestó. Mis músculos se paralizaron por competo. -Si buscas a Marco ahora mismo no puede ponerse, está un poco ocupado. -La chica gimió en el auricular. La respiración se me congeló. Una rabia inundó mi cuerpo después de escuchar de fondo la voz de Marco pidiéndole que se relajara. Estampé el teléfono contra una pared que había a mi izquierda. Grité con tanta fuerza que creo que no se me rompieron las cuerdas bocales de puro milagro. ¿Cómo podía ser tan estúpida? Los tíos nunca cambian, siempre son unos hijos de puta mal nacidos que solo se preocupan de su bien estar. Volví a creer en él y volvió a romperme el corazón con más frialdad que la última vez. Lágrimas se precipitaban por mis mejillas a toda velocidad. ¿Por qué coño siempre tiene que ser a mi? Soy tan estúpida, tan gilipollas por creer en él... ¿En qué estaba pensando? Una mano me tocó la espalda. Me encontraba en el suelo de rodillas llorando. Volví la cara para mirar quien había sido. Sus ojos miraban los mios con preocupación casi extrema, se había puesto de cuclillas para estar a mi altura. Sin poder controlarme me lancé a su pecho sin parar de llorar.

martes, 10 de diciembre de 2013

12


   -¿Qué harías Leo? -Dije mientras me acercaba mirándole a los ojos fijamente. Él sonrió con malicia.
   -Antes que nada, haría mía a la dueña de la lengua, después, si surgiera, a su lengua. Pero prefiero a la persona, eso está claro. -Ya me encontraba enfrente de él cuando me atrajo así mismo para sentarme encima de sus rodillas. Su respiración en mi nuca hizo que un escalofrío recorriera la columna vertebral entera terminando en ese punto que Leo había experimentado la noche anterior. Sus manos me rodearon la cadera pegándome mas a su piel.
   -Joder, Leo... -Jadeé en un susurro por la excitación que estaba llegando a mi cuerpo.
   -¿Qué pasa Ana? -Por el tono de su voz supe que algo le estaba pasando por la cabeza. ¿Qué me iba a hacer?
   -¿Qué haces conmigo?
   -Solo lo que tú me dejas. -La mano derecha fue bajando por mi vientre hasta el botón del pequeño pantalón, que fue desabrochado con agilidad por esos dedos mágicos que me fascinaban. Bajó la pequeña cremallera e introdujo la mano dentro de las braguitas limpias que había cogido. Pero, justo cuando fue al clítoris, mi móvil empezó a vibrar en mi bolsillo. -Dejalo sonar. -Su voz ronca me tentó a dejar que sonara...
   -Tengo que cogerlo, pueden ser mis padres... -Sacó la mano él y yo el móvil. Miré quien estaba llamando. Marco. Leo lo vio.
  -Cuelga. -Esta vez su voz sonó mucho más que seria.
   -No puedo hacer eso. -Intenté levantarme, pero me lo impendió atrayéndome otra vez a él. -Leo, por favor.
   -¿No lo puedes coger aquí? -Preguntó molesto.
   -No es que no pueda, es que no quiero que hables y que Marco reconozca tu voz. -Me levante decidida y me encerré en la cocina. Descolgué.
   -Ana. -Sonó aliviado.
   -Hola Marco. -Dije con voz dulce.
   -¿Dónde estás? Quiero verte. Estaba muy preocupado por ti.
   -Ya, lo sé y lo siento, amor.
   -¿Dónde estás cariño?
   -Estoy dando una vuelta, pero para comer llegaré a mi casa. No te molestes en preguntar, quiero estar sola, por favor. Anoche... me vine abajo. Y me tuve que ir sin ni siquiera despedirme de ti. Lo siento. -Suspiró.
   -Esta bien. Cualquier cosa me llamas, ¿vale?
   -Tranquilo, yo te llamo.
   -Te amo mi vida. -Sonreí.
   -Yo también te amo mi niño. -Le sonreí a la pantalla y colgué. Giré y vi a Leo con Luck a su lado parados mirándome, Leo, mucho más serio que el precioso perro.
   -¿”Yo también te amo mi niño”? -Rodó los ojos tras un suspiro de incredulidad. -Patético.
-Joder Leo, ¿qué mierdas te pasa? Yo le quiero, que tú me atraigas sexualmente es otra cosa muy distinta. A ver si te queda claro. Marco es mi novio y no lo pienso dejar por ti.
   -¿Y me dejarías a mi por él? -Preguntó con voz firme y seca.
   -Si tuviera que elegir, sí. -Dije sin ni siquiera parar a pensar en la posible respuesta. Noté como su nuez subía y bajaba al tragar saliva. ¿Qué he dicho? -Me voy a casa. -Pasé por su lado, entré al cuarto donde dejé mi ropa y la metí en una bolsa que encontré. Cuando salí de ese cuarto, vi a Leo en la terraza apoyado en la barandilla. -Adiós. -No me respondió. ¿Qué le pasa? Hombres... Llegué a casa, me puse mi propia ropa. Bajé para comer.
   -¿Lo pasaste bien anoche? -Preguntó mi madre. Inmediatamente imágenes de la noche anterior en la cama de Leo vinieron a mi mente.
   -Sí, muy bien.
   -¿Con cual amiga te quedaste?
   -Una que no conoces. Era muy tarde y no quería despertaros con los tacones. Lo siento si os preocupé. -No hablamos más del tema. Me alegré. Subí a mi cuarto cuando comí. Cogí el móvil y llamé a Marco. Lo cogió al tercer toque.
   -Hola mi vida. -Me saludó.
   -Hola amor, ¿qué haces?
   -Nada en especial, ¿por qué?
   -¿Puedes quedar? Quiero verte. Me siento mal por dejarte solo anoche... -Y por engañarte con otro...
   -Claro. Dime donde y allí estaré. -Sonreí.
   -¿Dónde siempre?
   -Vale. Te doy un toque cuando llegue. Te amo.
   -Y yo. -Poco tiempo después Marco me dio un toque. Bajé las escaleras a toda prisa, tenía tantas ganas de abrazarlo. Miré a ambos lados de la calle con ansias. En cuanto vi sus ojos brillar bajo la luz del sol, sonreí. Ande a paso rápido y nada más llegar, le planté un dulce y gran beso en los labios.
   -Hola a ti también. -Dijo sorprendido y con una sonrisa en sus perfectos labios. -¿Cómo estás, princesa?
   -Ahora que estoy contigo, genial. -Pude notar como los ojos de Marco brillaron un poco al decir aquello.
   -¿Antes no estabas bien? -Preguntó con el ceño fruncido.
   -Antes tenía muchas ganas de verte, y como ya estoy contigo, pues ya estoy bien. -Sonreí. Él me devolvió la sonrisa. Me alcé sobre las puntas de los pies para darle un pico dulce y suave. Empezamos a andar cogidos de la mano sonriendo el uno al otro. Estos momentos eran tan bonitos que eran casi imposibles de amargar. Nos encontramos con Megan y Christian y decidimos hacer tarde de parejas. Algunos momentos estábamos Megan y yo hablando a la vez que Christian y Marco, pero cuando estábamos unidas las parejas (la mayor parte del tiempo) no parábamos de darnos mimos mutuamente. Después de un tiempo, ellos se fueron y nos dejaron solos a mi y a mi chico. Llegamos a un pequeño parque con césped en el que nos tumbamos uno al lado del otro. Marco se acercó a mi mientras miraba mis labios y se mordía el suyo inferior. Sus ojos subieron a los míos para mirarme antes de presionar sus labios contra los míos. Con una mano me acarició la cadera mientras el beso seguía. Yo lo acerqué a mi por el cuello queriendo sentirlo más cerca. Nos separamos sin ganas del otro, por la falta de aire, aunque inmediatamente nuestros labios volvieron a estar encajados. Sin darme cuenta, había colocado medio cuerpo sobre él. Abrí los ojos por solo dos segundos queriendo ver su expresión cuando le mordiera el labio superior. Pero para mi sorpresa, no vi a Marco, si no a Leo. El pánico me invadió e inmediatamente separé nuestros labios. Tras un parpadeo, volvió a ser mi chico de ojos azules.
   -¿Qué pasa? -Justo en ese momento, mi móvil empezó a vibrar en el bolsillo de mi pantalón. Salvada por la campana. Miré la pantalla y no reconocí el número. Me levanté y le indiqué a Marco que esperara. Descolgué.
   -¿Sí? -Dije con la voz un poco acelerada por la extraña sensación y la falta de aire del beso.
   -¿Sabes dónde está mi piso? ¿Lo recuerdas? Quiero que vengas. Ahora. -La voz de Leo, me dejó la boca seca... No era una petición, era una orden. Después de obligarme a que fuera, colgó, dejándome con la palabra en la boca. ¿Este tío era bipolar o qué?
   -¿Qué pasa, cariño? -¿Cómo podían ser tan diferentes y atraerme los dos?
   -Me tengo que ir. -Intenté sonar lo más suave y decepcionada que pude.
   -¿A dónde? -A casa de un tío, el cual, me dio el mayor placer que había tenido en todo mi vida.
   -A mi casa. Mis padres me quieren ya allí. -Expliqué sin mirarle a los ojos. Asintió con un poco de confusión es sus ojos...

sábado, 7 de diciembre de 2013

11

Con pereza abrí levemente los ojos. Me sentía agotada. Lógico después de tres orgasmos. 
  -Buenos días chica perfecta. -Tumbada en su cama con solo una sábana cubriendo mi cuerpo parpadeé para ver a Leo vestido con una camiseta y unos pantalones vaqueros un poco desgastados enfrente de la puerta y con el pelo húmedo.
  -Hola. -Dije mientras estiraba mis extremidades. Él me sonreía de brazos cruzados. 
  -¿Tienes hambre? -Asentí. -Ven. -Se dio la vuelta pero lo frené llamándolo.
-Espera. -Sus ojos se volvieron hasta mi. -¿Qué me pongo? -Señaló un armario que se encontraba al lado de la cama. No me había dado cuenta de que estaba ahí hasta que él me lo dijo. Le asentí. Leo desapareció tras la puerta y yo me levanté. Abrí el armario, cogí una camisa blanca y me la puse. Encontré mis braguitas y también me las puse. Antes de salir entré al baño, como siempre, mi pelo dejaba mucho que desear... Necesitaba una ducha... después me la daría. Busqué a Leo y por el olor delicioso a café lo encontré en la cocina, con una taza de café y leyendo el periódico. 
  -Te has puesto mi favorita. -Sonrió. No pude evitar ruborizarme. -En la cafetera tienes café recién hecho. -Asentí. Me quedé pensando donde estarían las tazas. -Encima de la cafetera. -Abrí el pequeño armario y ahí había. -No hablas mucho por las mañanas, ¿verdad? -Dijo mientras me sonreía. Volví a ruborizarme.
  -Lo siento. No, no hablo mucho... Estoy dormida hasta después de la media hora. -Rió un poco.
  -Vale, lo tendré en cuenta. -Cogí la taza y me eché un poco de café para después abrir la nevera y echar leche en la taza junto con dos cucharadas de azúcar. Me senté en un taburete de una mesa de cocina alta enfrente de él. La vista se fue hasta un reloj en la pared que marcaba las diez de la mañana. ¡LAS DIEZ DE LA MAÑANA! ¡MIS PADRES ME MATAN! Corriendo fui al cuarto para vestirme. Joder, ¿dónde cojones estaba toda mi ropa? -¿Qué pasa? -Preguntó Leo entrando en el cuarto.
  -Son las diez de la mañana mis padres me matan. No volveré a salir en no sé cuento tiempo... -Dije apresuradamente mientras me ponía la falda y encontraba el sujetador. 
-Tranquila, tranquila. Saben que vas a llegar tarde. -Mis ojos se abrieron como   platos.
 -¡¿QUÉ?! 
  -Sí, les envié un mensaje desde tu móvil cuando te quedaste dormida diciéndoles que te quedabas en la casa de una amiga y que no te esperaran despiertos. No respondieron así que supongo que no estarán enfadados. Tranquilízate, ¿vale? -Terminó justo cuando me puse la blusa. Suspiré.
  -Vale. Gracias por hacer eso. ¿Dónde cogiste mi móvil?
  -Lo tenía en la espalda haciéndome daño. ¿Por qué no llevas bolso? -Reí.
  -Estorban la mayor parte del tiempo. -Él también rió. Localicé mi móvil en una de las mesitas de noche. Lo cogí y desbloqueé. Tenía un mensaje. Marco... Abrí el mensaje.
  -”Ana por que te has ido? Y donde? Estoy preocupado. Contesta” -Rápidamente le escribí.
  -”Estoy bien. Luego te digo” 
  -¿Qué pasa? -Quiso saber. Lo miré y dude en decírselo o no.
  -Marco. Estaba preocupado. -Noté como su mandíbula se tensaba a la vez que todo su cuerpo. -Es normal, al fin y al cabo es mi novio. 
  -Gracias por recordarlo. -Dio media vuelta y salió del cuarto. Fui tras él, lo detuve para que me mirara.
  -Tú mismo dijiste que solo es sexo, así que no me vengas con berrinches. -No me miraba. 
  -Ya, lo sé. -Giró la cabeza para poder mirarme. -Pero, ¿qué quieres que te diga? Eres la primera chica con la que estoy que tiene novio. Es un poco frustrante que te tenga que compartir y que tu... -Se calló. Suspiró. -Anda desayuna.
  -No, Leo di. ¿Qué ibas a decir? 
  -Nada. -Cortó seco. -Venga, desayuna. Ahora vuelvo, tengo que sacar a Luck de paseo. -Fruncí el ceño.
  -¿Luck? -Sonrió.
  -Es mi perro. -Mi cara se iluminó.
  -¿Tienes un perro? Me encanta los perros. ¿Qué raza es?
  -Un Jasqui. -Mis ojos se abrieron por completo.
  -¿Enserio? ¿Dónde está? Esa raza de perros me vuelve loca. -Rió.
  -Está en la terraza. -Corrí hasta la terraza, me asomé por la ventana de la puerta. 
  -¡Qué mono! ¿Puedo tocarlo? Por favor, por favor. -Carcajadas salieron por su boca inundando la habitación.
  -Primero desayuna. -Gruñí.
  -Esta bien... -Dije de mala gana. Pero antes de que saliera por la puerta me sorprendieron una patas en mi espalda. Giré y vi a esa preciosa cosita. -Aww, hola Luck. Que guapo eres. -Decía mientras lo acariciaba como una loca. Era tan suave. 
  -¿Más que el dueño? -Miré al perro y luego a él. Fruncí el ceño.
  -Sí, mucho más. -Reí por lo bajo.
  -Luck. -Lo llamó y el perro automáticamente corrió hasta él. Abrió la puerta y entró en la terraza de nuevo. Le puse mala cara. -A desayunar. Y soy más guapo que mi perro, que lo sepas. -Pasó por mi lado y no sé que me pasó por la cabeza en aquel momento como para darle en el culo. -¡E! -Se quejó.
  -Es lo que hay. Me quitas al perro, te doy en el culo. Se siente. -Se mordió el labio mientras se acercaba a mi hasta que estuvo lo suficientemente cerca para morderme el mio. Jadeé.
  -Me das en el culo, te muerdo el labio. Es lo que hay. -Lo acerqué a mi para besarlo. Pero él no me dejó. -Besa a Luck si es más guapo que yo. -Estallé en carcajadas cuando él salió por la puerta. Corrí tras él y me subí a su espalda como un mono.
  -¿Celoso de tu perro? -Le mordí la oreja. 
  -Ahora no. -Reí. -Venga anda y desayuna ya que a este paso lo más probable es que tengas el café congelado. -Bajé de su espalda, entré en la cocina y me puse a desayunar. -Lo voy a sacar de paseo, ¿vale? Ahora vengo. 
  -¡Vale! -Le puso una correa y los dos salieron por la puerta del piso. Me quedé sola. Terminé de desayunar y me fui a dar una ducha. Las toallas olían a él. Que bien olían. Su gel, su champú, todo en mi cuerpo. Escuché la puerta cerrarse cuando salía de la ducha liada en una de sus toallas. 
  -¡Ana! ¿Dónde estás? -Me llamó desde algún lugar del piso.
  -¡En el baño! -Grité para que me escuchara. Tocaron a la puerta mientras me secaba el pelo con otra toalla un poco más pequeña que la del cuerpo. -Pasa.   -Lo vi detrás de mi acercándose y cerrando la puerta. 
  -Ahora olerás a mi. Me gusta. -Me besó el hombro. Se sentó a mi lado en un pequeño asiento que tenía el cuarto de baño.
  -¿Tienes algún peine que pueda usar? Mi pelo es un poco rebelde...-Señaló un cajón del baño. Lo abrí y cogí uno. -¿Dónde compraste a Luck? Es que yo busco por todas partes y no encuentro un perro de esa clase de raza y mira que yo he buscado e, pero no encuentro y para cuando sea mayor quiero uno en mi casa junto con un labrador son mis perros favoritos. De pequeña tenía una perra, también de raza grande, pero murió, lo pasé muy mal porque era mi mejor amiga cuando era pequeña, ella siempre. -Paré cuando me di cuenta de que Leo no dejaba de mirarme mientras me desenredaba el pelo con uno de sus peines. -¿Qué pasa? -Pregunté parando y mirándole. 
  -Nada, me gusta escucharte hablar, me gusta tu voz, me gusta que me hables de ti, me gusta que me hables a mi, que sea parte de ti. 
  -Valla, gracias. -No sabía si tenía que dar las gracias o simplemente asentir y callar. 
  -Gracias a ti. -Lo miré extrañada.
  -¿Por qué?
  -Por ser así. -Otra vez, ¿qué le digo? Me dejaba sin habla. 
  -Será mejor que me vaya pronto, no quiero que mis padres se preocupen más de lo que podrían estar. -Dije mientras salía del baño, pero Leo me cogió del brazo.
  -No, quédate un poco más. -¿Me lo estaba suplicando? -Si quieres. -Terminó después de unos segundos.
  -Vale. Pero antes de comer me tengo que ir. -Asintió dos veces seguidas. -¿Tienes algo de ropa que me pueda poner? A parte de la tuya, quiero decir. 
  -Puede que tenga algo de mi hermana. Suele venir y quedarse aquí cuando se enfada con mi madre. -Entramos a otro cuarto y abrió el armario. -Mira a ver si algo te sirve. -Asentí. Salió cerrando la puerta. Miré unas cuantas prendas de ropa hasta que encontré algo que me gustaba y me quedaba bien. Unos pantalones cortos y una básica. Salí y estaba en el sofá jugando con Luck. El perro al verme vino a mi corriendo.
  -Me quiere más a mi que ha ti. -Le saqué la lengua. Se mordió el labio.
  -Lo que haría yo con esa lengua.

domingo, 1 de diciembre de 2013

10


  -¿Qué quieres que te haga Ana? Dímelo. Suplícamelo. -Dijo con su voz ronca llena de lujuria.
   -Tuya, Leo. Haz me tuya. Por favor. -Justo cuando dije eso Leo me bajó al suelo. Lo miré confundida.
   -¿Estás segura? No habrá vuelta atrás. Si esto nos gusta a los dos, será como una adicción, como una droga. -Advirtió. Pero yo estaba demasiado caliente como para pensar con claridad.
   -Estoy totalmente segura. Estaré dispuesta a todo. -Me empotró contra la pared del pequeño recinto para besarme con deseo, desesperación y, sobre todo, lujuria. Era tan sexy que con solo su mirada excitaba tanto como para querer tirartelo de inmediato.
   -Será mejor que no lo hagamos aquí, en público. Lo digo por experiencia. -Su respiración estaba tan agitada como la mía y casi no le permitía hablar.
   -¿Y dónde vamos? -Dije en el mismo tono que él. -No muy lejos por favor. -Sonrió, luego me besó.
   -Siempre quise darte un beso así. -Se mordió el labio. -Sal unos segundos después de mi a la calle, ¿de acuerdo?
   -¿Pero qué hago con Marco?
  -Intenta que no te vea, y si lo hace, le pones cualquier excusa que se te pase por la cabeza. -Asentí. Dio media vuelta, pero se volvió para volver a mirarme. -Arréglate un poco y espero que no baje tu excitación. -Guiño un ojo matándome por dentro. Ya sí se dio la vuelta y salió por la puerta. Me miré en el gran espejo del baño, estaba despeinada y con todo el gloss corrido. Leo es un salvaje. Espero que también en la cama. Arreglé lo que pude mi pelo y me volví a poner gloss en los labios. Esperando un poco más, salí. Encontré a Megan con Christian y decidí que era mejor que le dijera que no se preocupara.
-Megan, di le a Marco que me he tenido que ir. -Ella asintió sin rechistar. Sin ser vista por mi novio, salí de la discoteca. Enfrente de esta se encontraba un Lamborghini amarillo. Tan espectacular como el Audi R8, con lo cual, supuse que sería de Leo. Con paso rápido me acerqué a este. Antes de que bajara la cabeza para ver al conductor, la puerta se abrió y el coche se puso en marcha con un rugido. Sonaba casi tan sexy como el dueño. Claramente, el dueño superaba a la máquina. -¿A dónde vamos?
  -A mi departamento. -¿A su...? ¿¡A su piso!? Dios mio... -¿Asustada? -Preguntó al ver mi cara.
  -¿Yo? No, claro que no. -Sonrió torcido. Durante todo el trayecto fuimos en silencio, un silencio que solo hacía más grande el deseo por el otro.
  -Para de morderte el labio si no quieres rompertelo. -No me había dado cuenta que me lo estaba mordiendo... Cuando lo solté, un pequeño dolor se proclamó en mi labio inferior. Después de unos diez minutos, Leo aparcó el coche dentro de un enorme garaje en el que había tres coches más. El Mustang que vi en el instituto, el Audi y un Ferrari rojo. -Si te estas preguntando que si son mios, pues sí, son mios. ¿Cuál te gusta más?
  -El Audi. -Sonrió.
  -Buen gusto. -Le devolví la sonrisa. Estaba nerviosa. ¿Estaba segura de querer hacer esto? Uf... ¡Dios, claro que sí! ¡Mis hormonas estaban a punto de reventar! Si no llegaba a un jodido orgasmo con este hombre de ojos grises y sonrisa que encandilaba a la vista, no sé que pasaría de mi. Entramos a un ascensor. Sin apenas darme cuenta Leo me dejó contra una de las paredes de este y me besó. Gemí por el impacto y la sensación de sentir sus labios sobre los míos. Su gran erección chocaba contra mi vientre mostrándome lo excitado que él estaba. Los dos lo necesitábamos. El ascensor se paró y Leo dejó de besarme. Sin aliento, entramos a un pasillo de gran longitud. No llegamos a hacerlo entero ya que Leo se paró delante de una puerta. ¿Enserio? ¿Vivía en el número 69? Por el amor de Dios... Me dejó entrar a mi primero para él después cerrar la puerta. Tenía un gran salón a la entrada, le seguía el comedor y al lado la cocina. ¿Y el dormitorio? No me dio tiempo a ver más. Leo me atrajo a él del brazo pegando mi espalda a su pecho. Apartó el pelo de mi cuello y lo beso, para después darle un pequeño mordisco pero sin dejar marca. Gemí. Di media vuelta para besarle. Rodeé mis brazos por su cuello cogiendo las puntas de su pelo para pegarlo más a mi. Lo necesitaba dentro. Dentro de mi. Con sus manos me subió a su cadera, noté su erección chocar con mi entrepierna. Poco a poco fue andando hasta que abrió una puerta para luego dejarme sobre una cama. Sacó la blusa de mi cuerpo y arrancó los botones de la camisa que él llevaba para quitársela. Eso me gustó. Se notaba que hacía gimnasio, tenía unos fuertes brazos y unos abdominales muy bien definidos. Oh, Dios, que “v”. Leo volvió a atacar mi cuello, yo lo volví a rodear para tenerlo más cerca. Sus manos bajaron hasta la cremallera de mi falda bajándola y quitandola de mi cuerpo. Sus manos me acariciaban los costados y la espalda, una sensación única. Desabroché el cinturón y el botón de sus pantalones dejándolo solo en boxers. Joder que perfecto cuerpo. Con un ligero movimiento desabrochó mi sujetador para después morder y chupar uno de mis pezones haciendo que mi espalda se arqueara. Gemí sin poder controlarme cuando pasó al otro. -Eso es Ana, déjate llevar por mi. -Que no me lo dijera dos veces... Con dos dedos empezó a bajar mis finas bragas de encaje negro, hasta quitarlas por completo. Sus dedos subieron por el interior de mi muslo llegando a la parte más sensible de mi cuerpo en esos momentos. Antes incluso de que llegara a tocarme, un escalofrío recorrió mi cuerpo alzando la pelvis al encuentro de esos dedos mágicos que un segundo después estaban haciendo pequeños círculos en mi clítoris.
  -¡Leo por favor! -Dije mientras arqueaba la espalda por el placer. Entro y salió unas cuantas veces, luego chupó sus dedos. Seguidamente me besó dándome a probar mi propio sabor. Bajó por mi cuello, pechos y vientre dando besos hasta mi feminidad. Su lengua se movía entre mi con tal facilidad que me fascinaba aun más. Noté como mis paredes vaginales se empezaban a contraer queriendo llegar a un orgasmo, no pude negarme. Me dejé llevar sobre su boca agarrando las sábanas y gritando por puro placer. Alargando una mano, llegó hasta la mesita, sacando un envoltorio de un preservativo y colocándoselo.
-Vas a disfrutas como nunca y quiero que grites todo lo que quieras. -Después de decir eso entro en mi mientras me arqueaba. A continuación, no fue nada suave. Entraba y salía con dureza y me encantaba. -Sigue Leo. Así. -Leo aumentó su ritmo. No quería llegar, quería disfrutar de este momento todo lo que pudiera. Joder, no, no. Me iba a correr. -¡LEO! -Llegué. Joder... que orgasmo. No tenía nada que ver con los que tuve ni mucho menos. Tres segundos después él se corrió, también gritando mi nombre. Totalmente agotados, se dejó caer a mi lado.
   -Por favor, dime que vamos a repetir. Te suplicaré si es necesario Ana, pero... -No dejé que siguiera. Lo besé respondiendo a su pregunta. El beso se profundizó. Tanto, que volví a excitarme. Estábamos desnudos sobre su cama que olía a él. ¿Cómo no podía excitarme? Me subí a sus caderas. -Ana... -Susurró casi suplicando.
   -Vamos Leo. Solo uno más. Solo te pido uno. -Gimió cuando me moví sobre él sin que llegara a profundizar en mi interior. Volví a moverme para excitarlo tanto como estaba yo. Subió su mano derecha de mi cadera a mi nuca para agacharme y besarme.
   -Prométeme que no te irás de mi lado, que esto va a seguir. Eres totalmente perfecta para mi, lo juro. -Sonreí sobre sus labios.
   -No te prometo nada. Solo quiero un buen polvo contigo, cariño. -Le mordí el labio inferior.
   -Jodidamente perfecta. -Susurró más par sí mismo que para que yo lo oyera. Levanté lo suficiente para que su miembro entrada de nuevo en mi. -Joder, Ana. -Gimió.
   -Dime Leo. -Jadeé. Echó un poco la cabeza hacia atrás.
   -Sigue. -Sonreí.
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 ¡Qué caliente! Para aquel@s pervertidos no os preocupes que habrás más capítulos como este ;) Que le vamos a hacer, yo también soy pervertida hahahaha. Un beso y muchas gracias por leer :)

domingo, 17 de noviembre de 2013

9


         Pasamos una mañana los dos solos en aquel lugar desconocido, que, a partir de ese día, sería nuestro lugar. Solo nuestro. De los dos. Para siempre. Mientras que Marco conducía de vuelta a mi casa, me di cuenta de algo, había vuelto a confiar en él. Sonreí. Solo en un día Marco me había demostrado lo que sentía por mi perfectamente, en la pelea con Leo, con sus besos, con sus caricias, con sus palabras... con solo mirarme. Me amaba igual que yo a él. ¿Por qué iba a necesitar a otro chico teniéndolo todo con mi novio? ¿Para qué? Llegamos a la esquina de mi calle, bajé de la Yamaha y le entregué el casco.
   -¿Quieres que salgamos a la discoteca hoy? ¿O prefieres guardar luto por tu amiga? -Preguntó al apagar la moto y bajarse.
   -Prefiero olvidar lo antes posible lo de mi amiga, si no te importa... -Asintió.
   -¿Te recojo a la hora de siempre?
    -Claro. -Dije con una sonrisa. Le di un dulce beso en los labios y me di la vuelta para irme, pero antes de que me fuera, me agarró la muñeca, me atrajo a él y me besó con pasión.
   -No te pongas demasiado sexy, no quiero pelearme con nadie por mirarte demasiado. Sé que es difícil que no estés sexy, pero no lo estés demasiado, ¿vale? -Reí.
   -Lo intentaré. -Me sonrió. Después soltó la muñeca dejándome ir.
   -Te amo.
   -Yo más.
   -Imposible. -Gritó por lo lejos que ya iba. Le lancé un beso por el aire y él hizo un gesto con la mano imitando que lo cogía y lo metía en el bolsillo. Volví a reír. Entré en mi casa, subí a mi cuarto y lo primero que hice fue coger el móvil y buscar en la papelera el número de Leo. No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy. Marqué el número que por suerte seguía intacto, al primer toque lo cogieron.
   -¿Sí? -Su voz me congeló. No podía hablar. ¿Por qué? -¿Hay alguien?
   -Leo. -Susurré.
   -Ana. ¿Has pensado algo ya? -Asentí. Que estúpida era, no me podía ver.
   -Sí. -Corregí inmediatamente.
   -¿Y bien? -Ayudó a que siguiera.
   -No puedo hacerle eso a Marco. Lo siento. -Intenté decir lo mas calmada que pude. ¿Cómo me podía poner nerviosa con solo su voz?
   -¿Segura?
   -Sí.
   -Por si quieres cambiar de opinión, esta noche voy a salir con unos amigos a una discoteca, la nueva. -Aclaró.
   -No creo que cambie de opinión. -Antes de que me pudiera contestar, colgué. Sentí como si quinientos kilos se fueran de mis hombros al hacerlo. Después de aquello la tarde pasó con tranquilidad hablando con Megan y Marco por WhatsApp. Megan y Christian también se venían con nosotros, noche de parejas. Hacía tiempo que no salía en parejas, tenía especial ilusión. Esta vez tardé menos en vestirme. Con una falda y una blusa me parecía que iba bien. Cuando ya me llamaron, los cuatro nos empezamos a dirigir a una discoteca. Dada de la mano de Marco no podía ser más feliz. Llegamos y ni siquiera me paré a mirar el nombre del local, solo entré. Mi chico me pidió mi bebida y la suya. Con la primera canción que salió empecé a bailar, lo necesitaba.
   -Ya extrañaba bailar contigo. -Dijo Marco en mi oído. Mis caderas se movían solas, al igual que mis pies y mis manos, estaba feliz. Rodeándole el cuello lo acerqué a mi para que me besara, luego él me mordió el labio inferior haciendo que diera un leve gemido que no fue audible por la música tan alta.
-No empieces que acabamos de llegar. -Le dije yo esta vez. Marco rió en mi oído.
   -¿Qué estoy haciendo? -Preguntó como si no supiera de lo que estaba hablando.
   -No me provoques si no quieres que lo haga yo. Sabes que cuando la bebida me empieza a hacer efecto soy muy peligrosa. -Me acercó desde la nuca para besarme de esa forma que él solo sabía que me excitaba, dejándome con ganas de más. Volví a gemir. -Marco. -Regañé.
   -¿Qué? No estoy haciendo nada. -Lo cogí de la camisa para besarlo esta vez yo. Cuando intentó meter la lengua en mi boca se la mordí. Pude sentir el gruñido de su garganta traspasar a mi boca. Sonreí victoriosa.
   -Quieres jugar eeh. -Sonreí con picardía. Su mano de mi cadera bajó hasta mi culo donde me lo apretó lo suficiente como para que notara su creciente erección. -Esto lo provocas tú. ¿Es que quieres dejarme en ridículo? -Frunció el ceño.
   -Puede. -Estallé en carcajadas al ver la cara que puso. Lo besé para que no se enfadara demasiado, aunque lo dudaba.
   -Te quiero. -Vocalizó. Sonreí con la sonrisa de enamorada. -Ahora vengo, voy al baño. -Asentí. Vi como desaparecía entre la gente del local. Decidí que lo iba a esperar sentada en la barra. Cogí un taburete libre y me senté en él. Esta vez me pedí una coca-cola para suavizar un poco el alcohol.
   -¿Has cambiado de opinión? -Susurraron en mi oído mientras me rodeaban la cintura con dos manos. La voz, las manos, la pregunta. Solo podía ser él. NO. Marco vuelve, por favor. POR FAVOR.
   -No, Leo, no. Solo hemos coincidido en la misma discoteca. -Solté sus manos de mi alrededor. Giré para poder mirarle. En cuanto vi sus ojos grises un escalofrío me recorrió el cuerpo entero. Me comía con la mirada. -Por favor, vete. No quiero que Marco nos vea juntos. -Sus ojos derramaban deseo por todas partes, casi al punto de llegar a la lujuria. Me miró los labios y se mordió el suyo inferior. Jadeé sin darme cuenta. Ana, contrólate. Di un gran suspiro intentando tranquilizarme. -Leo, vete. Te lo pido por favor. No quiero que os peleéis. Vete. -Se acercó a mi cuello, colocó una mano en uno de mis muslos enviando una increíble corriente eléctrica a mi feminidad, dio un pequeño mordisco a mi cuello y subió un poco la mano aumentando esa electricidad por todo mi cuerpo. Gemí sin poder resistirme.
   -Ya sabes donde encontrarme si me necesitas. -Antes de irse dio un último pequeño mordisco a mi lóbulo de la oreja, dejándome con la respiración agitada y excitada a más no poder. ¿Cómo puede hacer esto en mi? ¿Cómo me puede dejar así con solo morder y tocar? Necesitaba más, necesitaba más de él. Poco después de que lograra tranquilizarme lo suficiente para mantener mi respiración tranquila, Marco regresó.
   -¿Me extrañabas? -Sin responder a su pregunta lo atraje a mi y lo besé como si no hubiera mañana. Joder, estaba caliente, muy caliente. Tenía que saciarme como fuera o me volvería loca. Pero no tenía suficiente con Marco, necesitaba a alguien especial y sabía quien era, pero no podía decirle nada estando mi novio delante. -Guau, cariño. ¿Qué ha pasado mientras estaba en el baño? -Algo que no le podía decir pero lo que me había dejado de esta forma en la que no era capaz de razonar algo coherente.
   -El alcohol es lo que tiene. -Rió. Pero yo en esos momento no podía reír, solamente sonreí forzoso. Volví a atraerlo y devorarle los labios. Bajé al cuello como una leona e hice todo lo que se puede hacer en público sin quitar nada de ropa, pero sólo me sirvió para excitarme más y más. ¡JODER! ¿Cómo coño me sacio? Leo, te voy a matar. -Voy al baño. -Marco asintió sin rechistar. Como pude entre la gente llegué a la puerta de los baños, entré y saqué el móvil de mi cadera, no me gustaba llevar bolso. Marqué su número, le di a llamar. Pasaron cinco toques y no lo cogía. Dios, me estaba desesperando. ¿Dónde cojones estaba cuando más lo necesitaba? -Vamos, vamos. -Buzón de voz. -Joder. -Colgué. ¿Qué iba a hacer yo ahora? Estaba ardiendo por dentro. Apoyé las manos en la pared y suspiré profundo. Volví a girarme. Poco después entró con una sonrisa de pícaro en la cara. Lo había hecho a posta. -¿Por qué cojones lo has hecho? -Recriminé.
   -Para que veas lo que se sufre, lo que sientes cuando nada es suficiente, cuando solo me necesitas a mi. -Se mordió el labio. -Tienes que estar tan mojada. -Ya no pude más. Di los pasos que nos separaban y lo besé. Inmediatamente me cogió en peso y nos empujó dentro de uno de los pequeños recintos del baño. Gemí cuando bajó a mi cuello. Como me excitase más, iba a explotar por dentro.
  -Leo. -Pronuncié su nombre en un jadeo, necesitando más, mucho más.