Megan me
colapsó a preguntas de lo que había hecho, yo, con tranquilidad, le
respondía a todas. Después de las tres últimas horas de clase,
volví a la taquilla para dejar los libros que no necesitaba y no
llevar demasiado peso. La fotografía me deslumbró en un rincón de
la taquilla. La cogí y le di la vuelta. En ella se podía ver a Leo
con una chica. Él le sostenía las manos en medio de los dos, ella
le sonreía con sensualidad. ¿De qué cojones va esto? ¿Quién es
esa? ¿Qué hace con él? ¿Por qué le está cogiendo las manos?
Cerré la taquilla con fuerza y la foto en mis manos y salí a fuera
entre la multitud. Vi a Leo esperándome apoyado en el Mustang.
Parecía tranquilo. Sonrió cuando me vio acercarme a él. Fue a
besarme pero le paré con la foto en su pecho. Yo me mantenía sería.
-¿Qué pasa?
-Preguntó preocupado. Vio la foto y la cogió. Vi como tragaba
saliva al verla.
-¿Quién es y qué
hacía contigo, Leo?
-Es... Es Rebeca.
-¿Y qué hace
contigo? -Crucé los brazos.
-Ana, no es el
mejor sitio para hablar de esto. Sube al coche por favor. -Miró a su
alrededor incómodo por la presencia de tantos adolescentes.
-A mi me parece un
lugar perfecto. -Dije con todo el sarcasmo que pude reunir.
-Ana...
-¡¿Qué?! -Alcé
la voz. -¿Estabas esperando a salir conmigo para engañarme?
-No, no es lo que
tú piensas, de verdad. -Intentó tranquilizarme, no funcionó.
-¿Y qué es lo
que pienso, Leo?
-Te juro que no te
he engañado. Te amo. Ella es una ex que piensa que aún soy el de
antes. Pero no es verdad. -Decía a la vez que me miraba a los ojos
con desesperación.
-¿Y por qué le
sostienes las manos?
-Para que no me
tocara. -Miré para otro lado. Él con suavidad me giró la cabeza.
-Ha venido desde L.A. y hacía mucho tiempo que no la veía, nuestra
relación acabó hace un par de años. No tengo nada con ella. Te lo
prometo.
-¿Dónde está
ahora?
-En un hotel.
Vamos, te llevo a tu casa. -Le di la vuelta al coche y me subí por
el lado del copiloto. Todo el trayecto fuimos en silencio. Aparcó
frente a mi puerta y sin decir nada me bajé del coche. A paso rápido
intenté llegar a la puerta, pero no fue así. Leo me llamó y me
acercó a él.
-¿Qué quieres?
-Dije con brusquedad. Incluso un poco más de la que pretendía.
-Un beso de mi
novia. -Ah, Dios. Como sonaban esas palabras en su boca. Rodeó mi
nuca con su mano para alzarme hasta sus labios carnosos. Rodeé su
cuello para también acercarlo y fundir nuestros labios en uno. Su
lengua encontró lugar por el que colarse a mi boca y luchar con la
mía a fuerza de deseo. -¿Tienes planes para esta tarde? -Dijo un
poco jadeante por la falta de aire del beso. Negué. -Te recojo a las
cinco, tengo algo preparando para ti.
-Vale. -Con ese
beso se me olvidó por competo el enfado que tenía. Me quería a mi
y a ninguna otra, solo a mi. Volvió a besarme, pero esta vez fue un
beso dulce, de despedida.
-Te amo. -Dijo a
la vez que dejaba caer las manos desde mi cuerpo a sus costados.
-Yo también te
amo, Leo. -Nos dimos un pico y entré en casa. Sus labios era como la
miel para las abejas para mi. Cuando los probaba no quería separarme
después de ellos. Mi droga, mi dulce y deliciosa droga. Tras comer
y estudiar un poco, mi madre me avisó de que Leo me estaba
esperando. Sonriendo dejé los libros a parte y bajé las escaleras
rápidamente. Lo encontré hablando con mi padre en el salón, no
sabía de qué, pero cuando yo entré, pararon de hablar...
¿Sospechoso? Puede ser...
-Narra
Leo-
Como ya me
había presentado a la familia de Ana, decidí que no sería mala
idea ir allí a recogerla. Toqué a la puerta con un poco de nervios.
No sabía si les iba a caer mal que fuera a por ella allí. Su madre
fue la que me abrió.
-¡Hola, Leo! ¿Qué
te trae por aquí? -Me saludó alegremente.
-He quedado con
Ana. ¿Está? -Pregunté con una sonrisa.
-Sí, pasa. Ahora
mismo baja. -Entré y ella me acompañó hasta el salón donde su
padre se encontraba. ¿Dónde estaba su hermano? ¿Por qué no estaba
aquí? No quería quedarme a solas con su padre...
-Hola. -Saludé.
Él no me devolvió el saludo. No pintaba bien la cosa...
-¿Con qué
derecho le quitas la virginidad a mi hija? -¿¡Pero qué coño
estaba diciendo!? ¿Se ha vuelto loco?
-Ana ya no era
virgen cuando nos conocimos. -El semblante de su padre cambia por
completo de rojo a pálido. ¿No se esperaba mi respuesta? Antes de
que abriera la boca otra vez, Ana llegó sonriendo con una preciosa
sonrisa. Cuando se colocó a mi lado enlazó nuestras manos y se pegó
a mi.
-Papá nos vamos.
-Volví a mirar a su padre ya que me había quedado embobado mirando
a mi chica. Cada día, cada hora y cada segundo era el triple de
guapa. “Jodidamente perfecta.” Recuerdo que se lo dije
cuando quiso más y yo se lo di. Esa noche fue inolvidable. Su padre
asintió con un gesto suave y Ana me arrastró hacia la puerta de la
calle. -¿Cómo te has atrevido a venir? -Me encogí de hombros
quitándole importancia.
-Ayer pareció que
fue bien. -Nos subimos a mi coche e incluso antes de arrancar la
atmósfera del coche cambió por completo. La miré y ella ya me
miraba a mi. Los dos atacamos los labios del otro hasta el punto de
estar devorándolos. Por la falta del aire nos separamos sin ganas
del otro. -¿En qué parte de mi casa aún no lo hemos hecho?
-Pregunté entrecortadamente por la falta de aire.
-Creo que nos
queda el baño. -Sonreí con picardía.
-¿Una ducha
caliente entonces? -Me devolvió la sonrisa.
-Encantada.
-Arranqué y a los pocos minutos llegamos. Dados de la mano entramos
al ascensor donde la cosa no se enfrió. A decir verdad, casi
terminamos en él sino llega a ser por unas personas que entraron.
Llegamos arriba y fue como un déjà vu. Ana entraba delante
mirándolo todo y yo detrás observándola a punto de comérmela.
Tiene un culo... que ganas te entran de cogérselo. Avancé hasta
ella a paso lento y la rodeé por detrás con mis brazos.
-Eres preciosa.
-Le susurré al oído. Noté como sonreía. Rocé mis labios contra
su cuello mientras subía al lóbulo de la oreja para mordisquearlo
con suavidad.
-Para... -Jadeó.
Sonreí con victoria. Me encantaba excitarla con simples cosas.
-No quieres que
pare. Te encanta esto, princesa. Lo sé. -Volví a repetir el proceso
y esta vez gimió. Lentamente fui colocándome delante de ella para
besar sus labios. A continuación, volví a bajar al cuello y mis
manos a su culo para subirla en mis caderas. -¿Te parece mejor que
primero sea en la cama y después en la ducha? Tengo algo preparado
para ti. -Ni siquiera me contestó. Me cogió la cara y me besó.
Cada día la amaba mucho más. Era tan perfecta, mi chica ideal. La
llevé a mi cuarto y con cuidado la dejé sobre la cama. Estaba
nervioso por si no quería jugar conmigo. Poco a poco nos fuimos
deshaciendo de la ropa sobrante y nos quedamos en ropa interior.
-Espera. -Le dije con la respiración agitada. Como me costaba
controlarme con ella...
-¿Qué pasa?
-Preguntó extrañada. Sonreí tímido y me levanté.
-Me gustaría
probar algo contigo. Pero que si no quieres no pasa nada. -Fui al
cajón y cogí el pequeño bote de lubricante con sabor a vainilla.
-¿Lubricante?
-Dijo con una mínima sonrisa. Yo asentí. -Vale. Déjamelo. -Puse
cara de extrañado, pero cedí. -Túmbate. -Sorprendido, volví a
hacerle caso y me tumbé en la cama junto a ella. Se colocó a
horcajadas sobre mi y extendió con la bola del producto un poco por
mi garganta. Estaba frío y me estremecí un poco, pero luego Ana me
pasó la lengua por el mismo lugar y 1500 voltios de electricidad
bajaron hasta mi entrepierna. JO-DER. -¿Te gusta?
-Por favor, Ana.
Sigue. -Yo no la veía porque por el placer cerré los ojos, pero
tenía la sensación de que había sonreído. Extendió un poco por
mi pecho y con un dedo lo recogió para metérselo en la boca y
chuparlo bien fuerte. Oh... cómo deseo que me haga eso. Puso otro
poco en el borde de mis calzoncillos y lo lamió produciéndome un
escalofrío. -Nena para, por favor. Me toca. -Se levantó de encima
de mi y se tumbó a mi lado y me dio el bote de lubricante. Joder,
verla en sujetador y bragas era tan excitante. Eché en medio de sus
pechos para lamerlo lenta y seductoramente. Ana gimió. Extendí algo
más por debajo de cada pecho para después absorberlo haciendo
círculos con la lengua y repetirlo en el otro pecho. Me agarró el
pelo tirando fuerte desde las raíces haciéndome gruñir. Le separé
las piernas para ponerle justo al filo de las bragas
-Joder, Leo.
-Sonreí antes de chuparle y lamer el delicioso lubricante. -Por
favor. -Gimió. -Leo haz me tuya, te lo suplico. -Deslicé con dos
dedos sus bragas hacia abajo hasta hacerlas caer al suelo. Hice lo
mismo con su sujetardor y ella con mis boxers. Me alcé para coger el
preservativo, lo coloqué y la penetré hasta el fondo de una sola
envestida. Como me gustaba llenarla de esa forma. Tras alcanzar el
orgasmo los dos, Ana me besó con tanta dulzura, que me quedé sin
palabras por unos segundos.
-¿Por qué lo
hacías tan poco con Marco? -Pregunté. La curiosidad me estaba
matando.
-Siempre era lo
mismo, no innovaba y me cansé. Sólo cuando tenía las hormonas por
las nubes lo hacíamos.
-¿Y si se me
acaban las ideas a mi?
-Siempre quedará
Luck, ¿no? -Rió. -No, Leo. Contigo es diferente. Tú me das
exactamente lo que necesito y cuando lo necesito. Y, además, te amo.
-Esas dos palabras... Nunca me cansaré de escucharlas salir de su
boca.
-¿Nos vamos a la
ducha?
-Yo creo que he
tenido bastante por hoy. -Sonreí con malicia. -Oh, no. Leo no. No me
mires así. ¡Me has dejado exhausta!
-¿Y tú a mi la
primera noche no? Cariño de esta no te salva nadie. -La cogí en
peso por las rodillas y la espalda hasta llevarnos a la ducha. Tras
comernos a besos, volvimos a hacer el amor mientras el agua caía sin
parar con la temperatura adecuada.
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