domingo, 26 de enero de 2014

21

          Megan me colapsó a preguntas de lo que había hecho, yo, con tranquilidad, le respondía a todas. Después de las tres últimas horas de clase, volví a la taquilla para dejar los libros que no necesitaba y no llevar demasiado peso. La fotografía me deslumbró en un rincón de la taquilla. La cogí y le di la vuelta. En ella se podía ver a Leo con una chica. Él le sostenía las manos en medio de los dos, ella le sonreía con sensualidad. ¿De qué cojones va esto? ¿Quién es esa? ¿Qué hace con él? ¿Por qué le está cogiendo las manos? Cerré la taquilla con fuerza y la foto en mis manos y salí a fuera entre la multitud. Vi a Leo esperándome apoyado en el Mustang. Parecía tranquilo. Sonrió cuando me vio acercarme a él. Fue a besarme pero le paré con la foto en su pecho. Yo me mantenía sería.
   -¿Qué pasa? -Preguntó preocupado. Vio la foto y la cogió. Vi como tragaba saliva al verla.
   -¿Quién es y qué hacía contigo, Leo?
   -Es... Es Rebeca.
   -¿Y qué hace contigo? -Crucé los brazos.
   -Ana, no es el mejor sitio para hablar de esto. Sube al coche por favor. -Miró a su alrededor incómodo por la presencia de tantos adolescentes.
   -A mi me parece un lugar perfecto. -Dije con todo el sarcasmo que pude reunir.
   -Ana...
   -¡¿Qué?! -Alcé la voz. -¿Estabas esperando a salir conmigo para engañarme?
   -No, no es lo que tú piensas, de verdad. -Intentó tranquilizarme, no funcionó.
   -¿Y qué es lo que pienso, Leo?
   -Te juro que no te he engañado. Te amo. Ella es una ex que piensa que aún soy el de antes. Pero no es verdad. -Decía a la vez que me miraba a los ojos con desesperación.
   -¿Y por qué le sostienes las manos?
   -Para que no me tocara. -Miré para otro lado. Él con suavidad me giró la cabeza. -Ha venido desde L.A. y hacía mucho tiempo que no la veía, nuestra relación acabó hace un par de años. No tengo nada con ella. Te lo prometo.
   -¿Dónde está ahora?
   -En un hotel. Vamos, te llevo a tu casa. -Le di la vuelta al coche y me subí por el lado del copiloto. Todo el trayecto fuimos en silencio. Aparcó frente a mi puerta y sin decir nada me bajé del coche. A paso rápido intenté llegar a la puerta, pero no fue así. Leo me llamó y me acercó a él.
   -¿Qué quieres? -Dije con brusquedad. Incluso un poco más de la que pretendía.
   -Un beso de mi novia. -Ah, Dios. Como sonaban esas palabras en su boca. Rodeó mi nuca con su mano para alzarme hasta sus labios carnosos. Rodeé su cuello para también acercarlo y fundir nuestros labios en uno. Su lengua encontró lugar por el que colarse a mi boca y luchar con la mía a fuerza de deseo. -¿Tienes planes para esta tarde? -Dijo un poco jadeante por la falta de aire del beso. Negué. -Te recojo a las cinco, tengo algo preparando para ti.
   -Vale. -Con ese beso se me olvidó por competo el enfado que tenía. Me quería a mi y a ninguna otra, solo a mi. Volvió a besarme, pero esta vez fue un beso dulce, de despedida.
   -Te amo. -Dijo a la vez que dejaba caer las manos desde mi cuerpo a sus costados.
   -Yo también te amo, Leo. -Nos dimos un pico y entré en casa. Sus labios era como la miel para las abejas para mi. Cuando los probaba no quería separarme después de ellos. Mi droga, mi dulce y deliciosa droga. Tras comer y estudiar un poco, mi madre me avisó de que Leo me estaba esperando. Sonriendo dejé los libros a parte y bajé las escaleras rápidamente. Lo encontré hablando con mi padre en el salón, no sabía de qué, pero cuando yo entré, pararon de hablar... ¿Sospechoso? Puede ser...


-Narra Leo-

           Como ya me había presentado a la familia de Ana, decidí que no sería mala idea ir allí a recogerla. Toqué a la puerta con un poco de nervios. No sabía si les iba a caer mal que fuera a por ella allí. Su madre fue la que me abrió.
   -¡Hola, Leo! ¿Qué te trae por aquí? -Me saludó alegremente.
   -He quedado con Ana. ¿Está? -Pregunté con una sonrisa.
   -Sí, pasa. Ahora mismo baja. -Entré y ella me acompañó hasta el salón donde su padre se encontraba. ¿Dónde estaba su hermano? ¿Por qué no estaba aquí? No quería quedarme a solas con su padre...
   -Hola. -Saludé. Él no me devolvió el saludo. No pintaba bien la cosa...
   -¿Con qué derecho le quitas la virginidad a mi hija? -¿¡Pero qué coño estaba diciendo!? ¿Se ha vuelto loco?
   -Ana ya no era virgen cuando nos conocimos. -El semblante de su padre cambia por completo de rojo a pálido. ¿No se esperaba mi respuesta? Antes de que abriera la boca otra vez, Ana llegó sonriendo con una preciosa sonrisa. Cuando se colocó a mi lado enlazó nuestras manos y se pegó a mi.
   -Papá nos vamos. -Volví a mirar a su padre ya que me había quedado embobado mirando a mi chica. Cada día, cada hora y cada segundo era el triple de guapa. “Jodidamente perfecta.” Recuerdo que se lo dije cuando quiso más y yo se lo di. Esa noche fue inolvidable. Su padre asintió con un gesto suave y Ana me arrastró hacia la puerta de la calle. -¿Cómo te has atrevido a venir? -Me encogí de hombros quitándole importancia.
   -Ayer pareció que fue bien. -Nos subimos a mi coche e incluso antes de arrancar la atmósfera del coche cambió por completo. La miré y ella ya me miraba a mi. Los dos atacamos los labios del otro hasta el punto de estar devorándolos. Por la falta del aire nos separamos sin ganas del otro. -¿En qué parte de mi casa aún no lo hemos hecho? -Pregunté entrecortadamente por la falta de aire.
   -Creo que nos queda el baño. -Sonreí con picardía.
   -¿Una ducha caliente entonces? -Me devolvió la sonrisa.
   -Encantada. -Arranqué y a los pocos minutos llegamos. Dados de la mano entramos al ascensor donde la cosa no se enfrió. A decir verdad, casi terminamos en él sino llega a ser por unas personas que entraron. Llegamos arriba y fue como un déjà vu. Ana entraba delante mirándolo todo y yo detrás observándola a punto de comérmela. Tiene un culo... que ganas te entran de cogérselo. Avancé hasta ella a paso lento y la rodeé por detrás con mis brazos.
   -Eres preciosa. -Le susurré al oído. Noté como sonreía. Rocé mis labios contra su cuello mientras subía al lóbulo de la oreja para mordisquearlo con suavidad.
   -Para... -Jadeó. Sonreí con victoria. Me encantaba excitarla con simples cosas.
   -No quieres que pare. Te encanta esto, princesa. Lo sé. -Volví a repetir el proceso y esta vez gimió. Lentamente fui colocándome delante de ella para besar sus labios. A continuación, volví a bajar al cuello y mis manos a su culo para subirla en mis caderas. -¿Te parece mejor que primero sea en la cama y después en la ducha? Tengo algo preparado para ti. -Ni siquiera me contestó. Me cogió la cara y me besó. Cada día la amaba mucho más. Era tan perfecta, mi chica ideal. La llevé a mi cuarto y con cuidado la dejé sobre la cama. Estaba nervioso por si no quería jugar conmigo. Poco a poco nos fuimos deshaciendo de la ropa sobrante y nos quedamos en ropa interior. -Espera. -Le dije con la respiración agitada. Como me costaba controlarme con ella...
   -¿Qué pasa? -Preguntó extrañada. Sonreí tímido y me levanté.
   -Me gustaría probar algo contigo. Pero que si no quieres no pasa nada. -Fui al cajón y cogí el pequeño bote de lubricante con sabor a vainilla.
   -¿Lubricante? -Dijo con una mínima sonrisa. Yo asentí. -Vale. Déjamelo. -Puse cara de extrañado, pero cedí. -Túmbate. -Sorprendido, volví a hacerle caso y me tumbé en la cama junto a ella. Se colocó a horcajadas sobre mi y extendió con la bola del producto un poco por mi garganta. Estaba frío y me estremecí un poco, pero luego Ana me pasó la lengua por el mismo lugar y 1500 voltios de electricidad bajaron hasta mi entrepierna. JO-DER. -¿Te gusta?
   -Por favor, Ana. Sigue. -Yo no la veía porque por el placer cerré los ojos, pero tenía la sensación de que había sonreído. Extendió un poco por mi pecho y con un dedo lo recogió para metérselo en la boca y chuparlo bien fuerte. Oh... cómo deseo que me haga eso. Puso otro poco en el borde de mis calzoncillos y lo lamió produciéndome un escalofrío. -Nena para, por favor. Me toca. -Se levantó de encima de mi y se tumbó a mi lado y me dio el bote de lubricante. Joder, verla en sujetador y bragas era tan excitante. Eché en medio de sus pechos para lamerlo lenta y seductoramente. Ana gimió. Extendí algo más por debajo de cada pecho para después absorberlo haciendo círculos con la lengua y repetirlo en el otro pecho. Me agarró el pelo tirando fuerte desde las raíces haciéndome gruñir. Le separé las piernas para ponerle justo al filo de las bragas
   -Joder, Leo. -Sonreí antes de chuparle y lamer el delicioso lubricante. -Por favor. -Gimió. -Leo haz me tuya, te lo suplico. -Deslicé con dos dedos sus bragas hacia abajo hasta hacerlas caer al suelo. Hice lo mismo con su sujetardor y ella con mis boxers. Me alcé para coger el preservativo, lo coloqué y la penetré hasta el fondo de una sola envestida. Como me gustaba llenarla de esa forma. Tras alcanzar el orgasmo los dos, Ana me besó con tanta dulzura, que me quedé sin palabras por unos segundos.
   -¿Por qué lo hacías tan poco con Marco? -Pregunté. La curiosidad me estaba matando.
   -Siempre era lo mismo, no innovaba y me cansé. Sólo cuando tenía las hormonas por las nubes lo hacíamos.
   -¿Y si se me acaban las ideas a mi?
   -Siempre quedará Luck, ¿no? -Rió. -No, Leo. Contigo es diferente. Tú me das exactamente lo que necesito y cuando lo necesito. Y, además, te amo. -Esas dos palabras... Nunca me cansaré de escucharlas salir de su boca.
   -¿Nos vamos a la ducha?
   -Yo creo que he tenido bastante por hoy. -Sonreí con malicia. -Oh, no. Leo no. No me mires así. ¡Me has dejado exhausta!
   -¿Y tú a mi la primera noche no? Cariño de esta no te salva nadie. -La cogí en peso por las rodillas y la espalda hasta llevarnos a la ducha. Tras comernos a besos, volvimos a hacer el amor mientras el agua caía sin parar con la temperatura adecuada.

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