-¿Nervioso? -Le
pregunté mientras ivamos a mi casa en su Ferrari.
-¿La verdad? Un
poco... -La voz le tembló.
-Tranquilo. Son
buena gente. -Coloqué una mano en su pierna mientras le decía esto
para intentar tranquilizarlo junto con una sonrisa.
-Ana, me vieron
pelear con Marco. Pensaran que soy un busca pelea y... -Interrumpí.
-Y también
pensaran que estoy protegida contigo. De verdad Leo, tranquilízate,
todo va a salir bien. Ya lo verás. -Volví a sonreír. Él dio un
gran suspiro. Al poco tiempo llegamos a la puerta de mi casa.
-¿Y si no les
caigo bien y me alejan de ti? -Rodé los ojos, le cogí la cara entre
las manos y le besé.
-Todo va a salir
bien, ¿vale? -Me dio él un beso ahora.
-Te quiero.
-Sonreí.
-Y yo. -Salimos
del coche, acto seguido, Leo lo cerró con el mando. Me acerqué a él
y le di la mano a la vez que sonreí. -Tranquilo. -Asintió. Andamos
hasta mi puerta, toqué y mi madre abrió. Se quedó un poco
sorprendida por la presencia de Leo. Sus espaldas anchas y sus ojos
grises, podían ser muy persuasivos. -Mamá, este es Leo, mi novio.
-Sentí la mano de Leo apretarse a la mía cuando pronuncié esa
palabra. -¿Podemos pasar? -Mi madre no respondía, estaba
completamente en shok. -¿Mamá? -Dio un respingón, al parecer había
vuelto en sí.
-Sí, pasad. -Mi
padre y mi hermano se quedaron con la misma cara que mi madre. ¿Pero
qué tenía de malo? Era un chico normal, como otro cualquiera.
-¿Podemos hablar
contigo un momento, a solas? -Dijo mi padre interrumpiendo el
incómodo silencio que se había producido. Asentí y desenlacé mi
mano de la de Leo. Se quedaron solamente mi hermano y él en el
salón. Nosotros entramos a la cocina.
-¿Qué pasa?
-Pregunté cuando cerraron la puerta.
-¡¿Cómo que qué
pasa?! -Alzó la voz mi padre. Pocas veces lo había visto levantar
la voz, tan pocas, que se podían contar con los dedos de una mano.
Mi madre intentó tranquilizarle, pero él desistió. -¿Es que no te
das cuenta? ¿Crees que ese tío te quiere? -Fui a protestar, pero no
me dejó. -¡Ni se te ocurra defenderle! ¡¿Y ese chupetón?! ¡Eh!
¡¿Pero en qué estás pensando?! ¡Que tienes dieciocho años! ¡Que
eres una cría! -No me dejaba hablar, sólo hablaba él y yo
aguantaba las ganas de llorar y de reprocharle todo lo que estaba
diciendo. -Por el amor de Dios...
-Él me quiere.
-Susurré. Pero ojalá no lo hubiera hecho. Levantó la mano para
después dejarla caer sobre la mejilla izquierda de mi cara, la cual
se giró noventa grados. Era la primera vez que mi padre me pegaba.
Las lágrimas se derrumbaron sin desenfreno por todo mi rostro.
Cuando lo miré, vi pánico o terror, no sabía muy bien lo que era.
Intentó acercarse, pero yo di un paso atrás evitando su contacto.
-Ana, yo... -No
dejé que terminara, salí corriendo escaleras arriba y sólo me dio
tiempo a ver como Leo se levantaba del sofá alarmado. Me había
pegado, mi padre. No me lo podía creer. Podía estar todo lo
enfadado que quisiera, ¿pero pegarme...? En mis dieciocho años
nunca lo hizo. ¿Tan mal lo había hecho? ¿Tan mala hija era? No
llegaba a comprender por qué. La mejilla me ardía y notaba el tacto
de la mano aún sobre mi rostro.
-Narra
Leo-
Después de
que todo se quedara en silencio, vi a Ana salir por la puerta con la
mano en la mejilla y lágrimas a lo largo de su cara. Inmediatamente
me levanté alerta. ¿Qué había pasado? ¿Le había pegado? Miré y
la cara de su padre que lo decía todo. Sí, lo había hecho. Apreté con
fuerza los puños para controlarme. ¡¿Cómo se atrevía a tocarla?!
-Fuera de mi casa.
-Exigió él. ¡Y una mierda me iba a ir! Le ignoré por completo y
seguí los pasos de mi chica. Fui puerta por puerta tocando y
escuchando hasta que llegué a la suya. Tras ella se escuchaban
sollozos.
-No quiero hablar
con nadie. -Gritó con la voz quebrada.
-Soy yo. -Dije
mientras abría con cuidado la puerta. Se giró para mirarme y entré.
No me dejó decir nada, en cuanto cerré, se lanzó a mis brazos para
darme un abrazo. -Tranquila, cariño. -Le susurré con dulzura.
Empezó a sollozar en mi pecho como una niña pequeña. Me destrozaba
verla así. La abracé más fuerte. Cuando se tranquilizó un poco,
nos sentamos en su cama.
-¿Qué te ha
dicho a ti? -Habló entrecortado por el llanto.
-Que me fuera,
pero no pensaba dejarte a ti así. Así que he pasado de él y te he
venido a buscar. -Con cuidado, le limpié las lágrimas más rebeldes
que aún caían. Tocaron a la puerta y automáticamente, la coloqué
detrás de mi. No pensaba dejar que le volviera a pegar.
-Vengo en son de
paz, quiero pedir disculpas. Me he equivocado con los dos. Ana, hija,
siento haberte pegado y Leo, siento haberme comportado así. Se te ve
un buen chico. -Aún diciendo eso, no me aparté para que viera a
Ana, no la iba a tocar, no mientras yo estuviera con ella. Asentí en forma de aceptación y se marchó
sin decir nada más. Di media vuelta y la miré.
-¿Estás bien?
-Asintió. Le alcé con el índice el mentón para darle un beso
corto, ya que fue interrumpido por la puerta que se abría. Volví a
girarme y esta vez era su madre. Se acercó y abrazó a su hija y
después me dio dos besos en las mejillas a mi. Antes de irse susurró
un “lo siento”. -¿Quieres que nos vayamos de aquí? Sabes que
puedes dormir en mi casa si quieres.
-No. Mañana nos
vemos.
-¿Estás segura?
-Volvió a asentir. Le di un cariñoso beso en la frente, un abrazo,
otro beso y me fui. Cuando llegué al final de la escalera. Su padre
me llamó.
-Leo, quiero
hablar contigo. -Me senté junto a él en el sofá.
-Dígame.
-¿Qué planes
tienes? -Su mirada estaba en la mía clavada como una aguja.
-¿Con Ana?
-Asintió. Sonreí. -Bueno, la verdad, es que todavía no hemos
hablado nada, pero por mi sería una vida entera con ella. No pienso
dejarla a no ser que sea ella quien me deje, lo que espero que nunca
llegue. Antes de esto, fue todo un poco complejo. Nunca había tenido
novia, tampoco es que encontrara a la mujer adecuada, pero Ana lo es.
Estoy seguro.
-¿Qué vida
llevabas antes de conocerla?
-Trabajo en una
empresa tecnológica propia que heredé de mi padre fallecido hace
unos cuantos años que me ocupa gran parte de mi tiempo, pero en mi
tiempo libre me gusta lo que a todos los jóvenes. A su hija la
conocí en una discoteca -sonreí- me encanta como baila.
-¿El Ferrari de
fuera es tuyo? -Preguntó esta vez su hermano.
-Sí. Tengo tres
coches más, un Audi R8, un Mustang, un Lamborghini y este Ferrari.
-¿Es que ganas
mucho dinero con la empresa?
-No tanto como me
gustaría, porque mi padre la tenía muy poco explotada, yo le puedo
sacar mucho más partido. Estamos en ese proceso. -Afirmé con tono
de empresario.
-¿Y de los hijos?
-Fue esta vez su madre...
-Me encantaría
tener una pareja. Yo tengo una hermana, pero es adoptada. Mi madre no
pudo tener más hijos que yo...
-¿Ana ha conocido
ya a tu familia?
-No, lo teníamos
planeado para dentro de un par de semana al igual que presentarme yo
ante ustedes.
-¿Por qué te
peleaste con aquel chico? -Volvió a preguntar su padre. ¿Le iba a
responder con la verdad, que me había peleado por llamar a Ana puta?
Cada día me arrepentía más de eso...
-Fue una tontería
de jóvenes, no tiene importancia. Aunque no me gusta pelearme con
nadie. Tengo veinte años, ya soy mayorcito. -Todos abrieron los ojos
por completo sorprendidos.
-¿Veinte?
-Dijeron su padre y su madre a la vez. La he cagado... ¿Pero si solo
son dos años, no es mucho no? ¿O sí?
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