domingo, 26 de enero de 2014

19

   -¿Nervioso? -Le pregunté mientras ivamos a mi casa en su Ferrari.
   -¿La verdad? Un poco... -La voz le tembló.
   -Tranquilo. Son buena gente. -Coloqué una mano en su pierna mientras le decía esto para intentar tranquilizarlo junto con una sonrisa.
   -Ana, me vieron pelear con Marco. Pensaran que soy un busca pelea y... -Interrumpí.
   -Y también pensaran que estoy protegida contigo. De verdad Leo, tranquilízate, todo va a salir bien. Ya lo verás. -Volví a sonreír. Él dio un gran suspiro. Al poco tiempo llegamos a la puerta de mi casa.
   -¿Y si no les caigo bien y me alejan de ti? -Rodé los ojos, le cogí la cara entre las manos y le besé.
   -Todo va a salir bien, ¿vale? -Me dio él un beso ahora.
   -Te quiero. -Sonreí.
   -Y yo. -Salimos del coche, acto seguido, Leo lo cerró con el mando. Me acerqué a él y le di la mano a la vez que sonreí. -Tranquilo. -Asintió. Andamos hasta mi puerta, toqué y mi madre abrió. Se quedó un poco sorprendida por la presencia de Leo. Sus espaldas anchas y sus ojos grises, podían ser muy persuasivos. -Mamá, este es Leo, mi novio. -Sentí la mano de Leo apretarse a la mía cuando pronuncié esa palabra. -¿Podemos pasar? -Mi madre no respondía, estaba completamente en shok. -¿Mamá? -Dio un respingón, al parecer había vuelto en sí.
   -Sí, pasad. -Mi padre y mi hermano se quedaron con la misma cara que mi madre. ¿Pero qué tenía de malo? Era un chico normal, como otro cualquiera.
   -¿Podemos hablar contigo un momento, a solas? -Dijo mi padre interrumpiendo el incómodo silencio que se había producido. Asentí y desenlacé mi mano de la de Leo. Se quedaron solamente mi hermano y él en el salón. Nosotros entramos a la cocina.
   -¿Qué pasa? -Pregunté cuando cerraron la puerta.
   -¡¿Cómo que qué pasa?! -Alzó la voz mi padre. Pocas veces lo había visto levantar la voz, tan pocas, que se podían contar con los dedos de una mano. Mi madre intentó tranquilizarle, pero él desistió. -¿Es que no te das cuenta? ¿Crees que ese tío te quiere? -Fui a protestar, pero no me dejó. -¡Ni se te ocurra defenderle! ¡¿Y ese chupetón?! ¡Eh! ¡¿Pero en qué estás pensando?! ¡Que tienes dieciocho años! ¡Que eres una cría! -No me dejaba hablar, sólo hablaba él y yo aguantaba las ganas de llorar y de reprocharle todo lo que estaba diciendo. -Por el amor de Dios...
   -Él me quiere. -Susurré. Pero ojalá no lo hubiera hecho. Levantó la mano para después dejarla caer sobre la mejilla izquierda de mi cara, la cual se giró noventa grados. Era la primera vez que mi padre me pegaba. Las lágrimas se derrumbaron sin desenfreno por todo mi rostro. Cuando lo miré, vi pánico o terror, no sabía muy bien lo que era. Intentó acercarse, pero yo di un paso atrás evitando su contacto.
   -Ana, yo... -No dejé que terminara, salí corriendo escaleras arriba y sólo me dio tiempo a ver como Leo se levantaba del sofá alarmado. Me había pegado, mi padre. No me lo podía creer. Podía estar todo lo enfadado que quisiera, ¿pero pegarme...? En mis dieciocho años nunca lo hizo. ¿Tan mal lo había hecho? ¿Tan mala hija era? No llegaba a comprender por qué. La mejilla me ardía y notaba el tacto de la mano aún sobre mi rostro.
-Narra Leo-
           Después de que todo se quedara en silencio, vi a Ana salir por la puerta con la mano en la mejilla y lágrimas a lo largo de su cara. Inmediatamente me levanté alerta. ¿Qué había pasado? ¿Le había pegado? Miré y la cara de su padre que lo decía todo. Sí, lo había hecho. Apreté con fuerza los puños para controlarme. ¡¿Cómo se atrevía a tocarla?!
  -Fuera de mi casa. -Exigió él. ¡Y una mierda me iba a ir! Le ignoré por completo y seguí los pasos de mi chica. Fui puerta por puerta tocando y escuchando hasta que llegué a la suya. Tras ella se escuchaban sollozos.
   -No quiero hablar con nadie. -Gritó con la voz quebrada.
   -Soy yo. -Dije mientras abría con cuidado la puerta. Se giró para mirarme y entré. No me dejó decir nada, en cuanto cerré, se lanzó a mis brazos para darme un abrazo. -Tranquila, cariño. -Le susurré con dulzura. Empezó a sollozar en mi pecho como una niña pequeña. Me destrozaba verla así. La abracé más fuerte. Cuando se tranquilizó un poco, nos sentamos en su cama.
  -¿Qué te ha dicho a ti? -Habló entrecortado por el llanto.
  -Que me fuera, pero no pensaba dejarte a ti así. Así que he pasado de él y te he venido a buscar. -Con cuidado, le limpié las lágrimas más rebeldes que aún caían. Tocaron a la puerta y automáticamente, la coloqué detrás de mi. No pensaba dejar que le volviera a pegar.
   -Vengo en son de paz, quiero pedir disculpas. Me he equivocado con los dos. Ana, hija, siento haberte pegado y Leo, siento haberme comportado así. Se te ve un buen chico. -Aún diciendo eso, no me aparté para que viera a Ana, no la iba a tocar, no mientras yo estuviera con ella. Asentí en forma de aceptación y se marchó sin decir nada más. Di media vuelta y la miré.
   -¿Estás bien? -Asintió. Le alcé con el índice el mentón para darle un beso corto, ya que fue interrumpido por la puerta que se abría. Volví a girarme y esta vez era su madre. Se acercó y abrazó a su hija y después me dio dos besos en las mejillas a mi. Antes de irse susurró un “lo siento”. -¿Quieres que nos vayamos de aquí? Sabes que puedes dormir en mi casa si quieres.
   -No. Mañana nos vemos.
   -¿Estás segura? -Volvió a asentir. Le di un cariñoso beso en la frente, un abrazo, otro beso y me fui. Cuando llegué al final de la escalera. Su padre me llamó.
   -Leo, quiero hablar contigo. -Me senté junto a él en el sofá.
   -Dígame.
   -¿Qué planes tienes? -Su mirada estaba en la mía clavada como una aguja.
   -¿Con Ana? -Asintió. Sonreí. -Bueno, la verdad, es que todavía no hemos hablado nada, pero por mi sería una vida entera con ella. No pienso dejarla a no ser que sea ella quien me deje, lo que espero que nunca llegue. Antes de esto, fue todo un poco complejo. Nunca había tenido novia, tampoco es que encontrara a la mujer adecuada, pero Ana lo es. Estoy seguro.
   -¿Qué vida llevabas antes de conocerla?
   -Trabajo en una empresa tecnológica propia que heredé de mi padre fallecido hace unos cuantos años que me ocupa gran parte de mi tiempo, pero en mi tiempo libre me gusta lo que a todos los jóvenes. A su hija la conocí en una discoteca -sonreí- me encanta como baila.
   -¿El Ferrari de fuera es tuyo? -Preguntó esta vez su hermano.
   -Sí. Tengo tres coches más, un Audi R8, un Mustang, un Lamborghini y este Ferrari.
   -¿Es que ganas mucho dinero con la empresa?
   -No tanto como me gustaría, porque mi padre la tenía muy poco explotada, yo le puedo sacar mucho más partido. Estamos en ese proceso. -Afirmé con tono de empresario.
   -¿Y de los hijos? -Fue esta vez su madre...
   -Me encantaría tener una pareja. Yo tengo una hermana, pero es adoptada. Mi madre no pudo tener más hijos que yo...
   -¿Ana ha conocido ya a tu familia?
   -No, lo teníamos planeado para dentro de un par de semana al igual que presentarme yo ante ustedes.
   -¿Por qué te peleaste con aquel chico? -Volvió a preguntar su padre. ¿Le iba a responder con la verdad, que me había peleado por llamar a Ana puta? Cada día me arrepentía más de eso...
   -Fue una tontería de jóvenes, no tiene importancia. Aunque no me gusta pelearme con nadie. Tengo veinte años, ya soy mayorcito. -Todos abrieron los ojos por completo sorprendidos.
   -¿Veinte? -Dijeron su padre y su madre a la vez. La he cagado... ¿Pero si solo son dos años, no es mucho no? ¿O sí?

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