domingo, 26 de enero de 2014

20

   -Sí, veinte. -Su padre parpadeó para volver a la realidad.
   -Pensamos que tendrías casi los treinta. -Intenté reprimir una risa.
   -No, no. Para nada. -Escuchamos unos pasos bajar y todo se quedó en silencio. Yo me levanté. Ana asomó por la puerta con un poco de miedo quizás, y cuando me vio, frunció el ceño, luego le sonreí. Automáticamente se quedó mucho más tranquila. Terminó de bajar las escaleras para colocarse a mi lado. Dulcemente le di un suave beso en la sien.
   -Ana, quería volver a pedirte perdón por lo de antes. -Interrumpió nuestro momento su padre cuando nos sentamos. Aún no sabía si podía llamarlo suegro o no...
   -Lo hecho, hecho está. -Dijo ella un poco seca.
   -Yo mejor me voy. Aún no he cenado. -Sonreí mientras me levantaba.
   -Oh, no Leo. Quédate. Es lo menos que podemos hacer después de todo lo que ha pasado. -Pidió su madre, o mi suegra...
   -No, si da igual. Ya me prepararé yo algo, no se preocupe. -Dije con una sonrisa.
   -Ai, hijo, no me digas de usted que me siento vieja... -Pareció como si se sonrojara. Miré a Ana de reojo y ella me sonrió tímidamente. Después miré a su padre y él parecía inexpresivo. No sabía que hacer, si quedarme o irme acobardado... Pero Ana me dio la mano y volví a mirarla. Ella sonreía.
   -Está bien, me quedo. -Ayudé a hacer la cena y poner la mesa. Aunque al principio todo parecía un poco incómodo, con el tiempo se fue relajando el ambiente hasta estar todos riendo y haciendo pequeñas bromas. También ayudé a recoger la mesa aunque no me dejaron ayudar a fregar. Me quedé un poco más hasta que decidí que ya era hora de irme. Ana me acompañó a la puerta, la entornó y me cogió de la mano. -¿Qué tal ha ido? -Le susurré.
   -Perfecto. -Dije con una sonrisa. Nos paramos enfrente de su casa, ella se apoyó en sus dedos de los pies y se alzó para besarme con dulzura. Le acuné la mejilla mientras nos besábamos. Su lengua y la mía se pelearon en un juego sensual y apasionado.
   -Te amo, Ana. -Susurré sobre sus labios con los ojos cerrados.
   -Yo mucho más, Leo. -Me correspondió ella. Sonrió.
   -Eso es imposible princesa. -Reímos tímidamente los dos. -Hasta mañana, cariño. -Le di un pico.
   -Hasta mañana, Leo. -Dijo ella después de ese pequeño beso. Desenlazamos nuestras manos y me fui de allí con una sonrisa en mis labios y con la suya en mi pensamiento. Como le amo, es mi vida entera. ¿Qué haría yo sin ella? Supongo que nada, que mi vida sería la misma rutina como ha sido hasta ahora. Llego a la puerta del departamento y me dispongo a abrir la puerta principal, cuando esa voz que tenía casi olvidada por completo, me sobresalta.
  -Hola Leo. -Dice llamándome con sensualidad oculta tras las palabras. Giro con rapidez la cara para encontrarme con ella. Un escalofrío me recorre la espalda ¿Qué hace ella aquí? ¿Pero no se había ido a L.A. hacía un par de años?
  -¿Rebeca? -Ella sonreía con esa sonrisa suya de “Yo sé algo que tú no sabes” haciéndome quedar de piedra. Se acercó a mi colocando una mano en mi hombro que subió hasta mi nuca para acercarme a ella e intentar presionar sus labio contra los mios. Por suerte, le hice la cobra y me lo dio en la mejilla. Estaba confuso. ¿Por qué volvió?
   -¿Ahora te has vuelto arisco? -Preguntó con una ceja alzada. ¿Qué pretendía?
   -No, ahora tengo novia. ¿Qué haces aquí, Rebeca? -Con cuidado bajé sus manos de mis hombros para que dejara de tocarme. Increíblemente no se alarmó porque tuviera novia, ni se inmutó.
   -Echaba de menos tu sexo duro, cariño.


-Narra Ana-

           Cuando Leo se fue, entré en casa con la misma sonrisa que le dejé a él antes de marcarse en su Ferrari.
   -Nunca te había visto sonreír así ni mirar a nadie como le miras a él. ¿Tanto te gusta? -Me sobresalta mi madre.
   -La verdad es que sí. Le quiero mucho, mamá. Me da una sensación de protección que hace que me sienta tan bien con él, tan en paz.
   -Me alegro hija. -Entramos las dos al salón para reunirnos con mi hermano y mi padre, los cuales, estaban sentados en el sofá. Al ver la cara de mi padre, con expresión seria y más o menos oscura. Decidí irme a mi cuarto.
   -Me voy a dormir, buenas noches. -Dije mientras subía las escaleras, pero él me frenó.
   -No tan rápido. ¿Por qué tienes tanta prisa? Sienta te y hablamos tranquilamente.
   -No es necesario, papá. -Quise escaquearme con voz dulce.
   -Sí es necesario, hija. -Él me respondió en el mismo tono de voz y una falsa sonrisa. Eso no podía ser bueno. Con cuidado me senté en la otra parte del sofá, lejos de él.
   -¿Qué quieres? -Pregunté tras barios segundos o incusos minutos, de silencio.
   -¿Has salido con algún otro chico? -¿Enserio me estaba preguntando eso?
   -Sí.
   -¿Quién? -¿Qué coño es esto, un interrogatorio?
   -¿Enserio quieres que te lo cuente? -Alcé una ceja.
   -No te pongas chula, Ana. Y si te lo estoy preguntando es porque quiero saberlo.
   -Marco, el mismo chico con el que se peleó Leo.
   -¿Por qué se pelearon? -No le pienso decir la verdad. No voy a dejar mal a Leo cuando todo se ha arreglado. Ni loca.
   -Por una tontería, las hormonas de los chicos...
   -Eh, sin faltar. -Interrumpió mi hermano. Puse los ojos en blanco. Mi padre hizo un mohín.
   -¿Es todo? -No tenía más ganas de seguir hablando de mi vida privada con mi familia, la verdad. Pareció como si mi padre se ruborizara un poco. ¿Mi padre avergonzado? Esto no es normal...
   -¿Ya no eres virgen? -¿¡¡QUÉ!!? ¡¿Me acaba de preguntar lo que creo que me acaba de preguntar?! ¡¿Cómo se atreve?!
   -¡Papá, por Dios! -Exclamé exasperada y con los ojos que casi se caen de sus órbitas.
   -Responde por favor.
   -No te voy a responder a algo así. Es privado. -Me crucé de brazos. -Y mucho menos delante de mi hermano y de ti. Es una pregunta que me confunde por completo, ¿a qué viene? Esas cosas son muy privadas, papá. No, definitivamente no te voy a responder a eso, ni loca.
   -¿Se lo puedes decir entonces a tu madre?
   -¡NO! -Bufé. -Me voy a mi cuarto. Buenas noches a todos. -Mientras subía por las escaleras, escuché como mi hermano me daba la razón. ¡Cómo para no dármela! ¿En qué estaba pensando? Entré en mi cuarto y tumbada en la cama recordé la tarde que había pasado. Sonreí.
A la mañana siguiente, me sentía feliz, relajada. ¿Todo esto lo hizo Leo? Increíble. Necesitaba verlo ya, pero antes tenía que ir a clases. Hice mi rutina de todos los días hasta llegar a clase.
   -¿Y esa sonrisa? ¿Has vuelto con Marco? -Preguntó Megan también sonriendo. Negué. -¿Entonces?
   -He presentado a Leo como mi novio a mis padres.
   -¿¡QUÉ!? -Gritó exageradamente.
   -Sí, ¿qué pasa? -Fue a abrir la boca, pero la campana tocó interrumpiendo nuestra conversación.
   -Luego hablamos. -Dijo mientras me señalaba con el dedo índice. Levanté las manos en forma de rendición, después sonreí y ella me devolvió la sonrisa. Nos dimos un pequeño abrazo y cada una se fue para su clase. En la cambio de clase, tuve que ir a mi taquilla. La abrí y una fotografía calló al suelo boca abajo. Extrañada, la cogí. Pero antes de darle la vuelta, vi al profesor de mi siguiente hora y decidí guardar la foto para otro momento. Rápidamente escogí los libros y cerré la taquilla con la foto en su interior.

No hay comentarios:

Publicar un comentario