-Sí, veinte. -Su
padre parpadeó para volver a la realidad.
-Pensamos que
tendrías casi los treinta. -Intenté reprimir una risa.
-No, no. Para
nada. -Escuchamos unos pasos bajar y todo se quedó en silencio. Yo
me levanté. Ana asomó por la puerta con un poco de miedo quizás, y
cuando me vio, frunció el ceño, luego le sonreí. Automáticamente
se quedó mucho más tranquila. Terminó de bajar las escaleras para
colocarse a mi lado. Dulcemente le di un suave beso en la sien.
-Ana, quería
volver a pedirte perdón por lo de antes. -Interrumpió nuestro
momento su padre cuando nos sentamos. Aún no sabía si podía
llamarlo suegro o no...
-Lo hecho, hecho
está. -Dijo ella un poco seca.
-Yo mejor me voy.
Aún no he cenado. -Sonreí mientras me levantaba.
-Oh, no Leo.
Quédate. Es lo menos que podemos hacer después de todo lo que ha
pasado. -Pidió su madre, o mi suegra...
-No, si da igual.
Ya me prepararé yo algo, no se preocupe. -Dije con una sonrisa.
-Ai, hijo, no me
digas de usted que me siento vieja... -Pareció como si se sonrojara.
Miré a Ana de reojo y ella me sonrió tímidamente. Después miré a
su padre y él parecía inexpresivo. No sabía que hacer, si quedarme
o irme acobardado... Pero Ana me dio la mano y volví a mirarla. Ella
sonreía.
-Está bien, me
quedo. -Ayudé a hacer la cena y poner la mesa. Aunque al principio
todo parecía un poco incómodo, con el tiempo se fue relajando el
ambiente hasta estar todos riendo y haciendo pequeñas bromas.
También ayudé a recoger la mesa aunque no me dejaron ayudar a
fregar. Me quedé un poco más hasta que decidí que ya era hora de
irme. Ana me acompañó a la puerta, la entornó y me cogió de la
mano. -¿Qué tal ha ido? -Le susurré.
-Perfecto. -Dije
con una sonrisa. Nos paramos enfrente de su casa, ella se apoyó en
sus dedos de los pies y se alzó para besarme con dulzura. Le acuné
la mejilla mientras nos besábamos. Su lengua y la mía se pelearon
en un juego sensual y apasionado.
-Te amo, Ana.
-Susurré sobre sus labios con los ojos cerrados.
-Yo mucho más,
Leo. -Me correspondió ella. Sonrió.
-Eso es imposible
princesa. -Reímos tímidamente los dos. -Hasta mañana, cariño. -Le
di un pico.
-Hasta mañana,
Leo. -Dijo ella después de ese pequeño beso. Desenlazamos nuestras
manos y me fui de allí con una sonrisa en mis labios y con la suya
en mi pensamiento. Como le amo, es mi vida entera. ¿Qué haría yo
sin ella? Supongo que nada, que mi vida sería la misma rutina como
ha sido hasta ahora. Llego a la puerta del departamento y me dispongo
a abrir la puerta principal, cuando esa voz que tenía casi olvidada
por completo, me sobresalta.
-Hola Leo. -Dice
llamándome con sensualidad oculta tras las palabras. Giro con
rapidez la cara para encontrarme con ella. Un escalofrío me recorre
la espalda ¿Qué hace ella aquí? ¿Pero no se había ido a L.A.
hacía un par de años?
-¿Rebeca? -Ella
sonreía con esa sonrisa suya de “Yo sé algo que tú no sabes”
haciéndome quedar de piedra. Se acercó a mi colocando una mano en
mi hombro que subió hasta mi nuca para acercarme a ella e intentar
presionar sus labio contra los mios. Por suerte, le hice la cobra y
me lo dio en la mejilla. Estaba confuso. ¿Por qué volvió?
-¿Ahora te has
vuelto arisco? -Preguntó con una ceja alzada. ¿Qué pretendía?
-No, ahora tengo
novia. ¿Qué haces aquí, Rebeca? -Con cuidado bajé sus manos de
mis hombros para que dejara de tocarme. Increíblemente no se alarmó
porque tuviera novia, ni se inmutó.
-Echaba de menos
tu sexo duro, cariño.
-Narra
Ana-
Cuando Leo
se fue, entré en casa con la misma sonrisa que le dejé a él antes
de marcarse en su Ferrari.
-Nunca te había
visto sonreír así ni mirar a nadie como le miras a él. ¿Tanto te
gusta? -Me sobresalta mi madre.
-La verdad es que
sí. Le quiero mucho, mamá. Me da una sensación de protección que
hace que me sienta tan bien con él, tan en paz.
-Me alegro hija.
-Entramos las dos al salón para reunirnos con mi hermano y mi padre,
los cuales, estaban sentados en el sofá. Al ver la cara de mi padre,
con expresión seria y más o menos oscura. Decidí irme a mi cuarto.
-Me voy a dormir,
buenas noches. -Dije mientras subía las escaleras, pero él me
frenó.
-No tan rápido.
¿Por qué tienes tanta prisa? Sienta te y hablamos tranquilamente.
-No es necesario,
papá. -Quise escaquearme con voz dulce.
-Sí es necesario,
hija. -Él me respondió en el mismo tono de voz y una falsa sonrisa.
Eso no podía ser bueno. Con cuidado me senté en la otra parte del
sofá, lejos de él.
-¿Qué quieres?
-Pregunté tras barios segundos o incusos minutos, de silencio.
-¿Has salido con
algún otro chico? -¿Enserio me estaba preguntando eso?
-Sí.
-¿Quién? -¿Qué
coño es esto, un interrogatorio?
-¿Enserio quieres
que te lo cuente? -Alcé una ceja.
-No te pongas
chula, Ana. Y si te lo estoy preguntando es porque quiero saberlo.
-Marco, el mismo
chico con el que se peleó Leo.
-¿Por qué se
pelearon? -No le pienso decir la verdad. No voy a dejar mal a Leo
cuando todo se ha arreglado. Ni loca.
-Por una tontería,
las hormonas de los chicos...
-Eh, sin faltar.
-Interrumpió mi hermano. Puse los ojos en blanco. Mi padre hizo un
mohín.
-¿Es todo? -No
tenía más ganas de seguir hablando de mi vida privada con mi
familia, la verdad. Pareció como si mi padre se ruborizara un poco.
¿Mi padre avergonzado? Esto no es normal...
-¿Ya no eres
virgen? -¿¡¡QUÉ!!? ¡¿Me acaba de preguntar lo que creo que me
acaba de preguntar?! ¡¿Cómo se atreve?!
-¡Papá, por
Dios! -Exclamé exasperada y con los ojos que casi se caen de sus
órbitas.
-Responde por
favor.
-No te voy a
responder a algo así. Es privado. -Me crucé de brazos. -Y mucho
menos delante de mi hermano y de ti. Es una pregunta que me confunde
por completo, ¿a qué viene? Esas cosas son muy privadas, papá. No,
definitivamente no te voy a responder a eso, ni loca.
-¿Se lo puedes
decir entonces a tu madre?
-¡NO! -Bufé. -Me
voy a mi cuarto. Buenas noches a todos. -Mientras subía por las
escaleras, escuché como mi hermano me daba la razón. ¡Cómo para
no dármela! ¿En qué estaba pensando? Entré en mi cuarto y tumbada
en la cama recordé la tarde que había pasado. Sonreí.
A la
mañana siguiente, me sentía feliz, relajada. ¿Todo esto lo hizo
Leo? Increíble. Necesitaba verlo ya, pero antes tenía que ir a
clases. Hice mi rutina de todos los días hasta llegar a clase.
-¿Y esa sonrisa?
¿Has vuelto con Marco? -Preguntó Megan también sonriendo. Negué.
-¿Entonces?
-He presentado a
Leo como mi novio a mis padres.
-¿¡QUÉ!? -Gritó
exageradamente.
-Sí, ¿qué pasa?
-Fue a abrir la boca, pero la campana tocó interrumpiendo nuestra
conversación.
-Luego hablamos.
-Dijo mientras me señalaba con el dedo índice. Levanté las manos
en forma de rendición, después sonreí y ella me devolvió la
sonrisa. Nos dimos un pequeño abrazo y cada una se fue para su
clase. En la cambio de clase, tuve que ir a mi taquilla. La abrí y
una fotografía calló al suelo boca abajo. Extrañada, la cogí.
Pero antes de darle la vuelta, vi al profesor de mi siguiente hora y
decidí guardar la foto para otro momento. Rápidamente escogí los
libros y cerré la taquilla con la foto en su interior.
No hay comentarios:
Publicar un comentario