domingo, 26 de enero de 2014

18

          Vale, pues viendo que nadie me hace caso, subo los que tengo escritos y ahí se queda la novela.


--------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------


-Narra Ana-
           Tras otro día de clase, llegué a casa y volví a comer sin ganas. ¿Qué más daba ya comer que no comer? Sólo servía para vivir y vivir así no tenía sentido, por lo menos para mi. Pasé completamente de mi madre como tantas veces había hecho ya en los tres días anteriores. Subí a mi cuarto y me tumbé en la cama. Ya realmente pasaba de todo. Alguien tocó a mi puerta y respondí de mala gana con un “adelante”. Era mi madre que traía el teléfono inalámbrico. Según ella, un chico quería hablar conmigo. Cogí el teléfono y eche a mi madre de mi cuarto.
   -¿Sí? -Respondí también con un poco de mala gana. No tenía ni puta idea de quien podía ser.
   -Ana. -Su voz inundó mis oídos hasta el punto que tuve que sentarme para no caerme de la emoción y alegría de volver a escuchar su voz. -Seré breve. -Anunció. -Estoy en tu puerta. Te necesito. Baja por favor. Pero solamente si me quieres. Sabes que yo sí te quiero y... Bueno si es así, baja. -Y colgó. Me había quedado congelada. ¿Estaba abajo, en mi puerta? ¿Me necesitaba? ¿Qué si lo quería? Cuando reaccioné, recé mentalmente para que no fuera demasiado tarde. Bajé corriendo y casi me caí por las escaleras. Abrí la puerta, lo busqué con la mirada como una verdadera loca. ¿Dónde estaba? Lo vi apoyado sobre el Audi R8, mi coche favorito. Volví a correr hasta él y nada más llegar lo abracé como si se me fuera la vida en ello. Mi corazón parecía que se iba a salir del pecho aunque no sabía si era por la carrera, o por el hecho de estar abrazándolo. Leo me quería y yo a él también. Ahora lo sabía. Parecía como si todos mis problemas se desvanecieran cuando estaba con él. Él era mi ángel, mi ángel salvador.
   -Te amo, Leo. -Dije respirando el aroma que me proporcionaba su cuello. Cuanto había añorado ese olor, su olor.
   -Te amo, Ana. -Rompimos el abrazo para fundirnos en los labios del otro como nunca antes lo hicimos. Supongo que sería porque esta vez los dos nos amábamos. Al rozar su lengua con la mía di un pequeño gemido. Lo deseaba tanto.... Era una droga, mi droga. Después de ese beso tan profundo, vino otro abrazo. -Vente conmigo. Vamos a dar una vuelta, ¿quieres? -Asentí conteniendo las lágrimas de alegría y de emoción por estar con él. Cuando nos subimos al coche Leo colocó una mano sobre mi muslo mientras conducía. Se veía tan jodidamente sexy totalmente concentrado en la carretera.
Tras creo que una hora de coche, llegamos a un aparcamiento de playa.
   -¿Qué se supone que hacemos aquí? -Le pregunté extrañada. Era la playa más bonita que jamás había visto. Arena blanca, agua cristalina y pequeños árboles a su alrededor, junto con grandes acantilados dándole un poco de privacidad. Era perfecta.
   -Bueno, pensé que te gustaría pasar un día de playa. ¿Te apetece?
   -Pero Leo, hace frío.
   -No es necesario que nos adentremos en el agua.
   -Ah, vale. ¿Y qué hacemos entonces?
   -¿No quieres pasar una tarde conmigo?
   -Claro que sí, ¿pero sin hacer nada? -Me atrajo a él por la cintura con una mano mientras la otra la enredaba en mi pelo para besarme.
   -¿Qué te parece si le damos alegría a esta playa tan solitaria y aburrida? -Bajó la cabeza hasta el cuello en el cual me besó. No pude reprimir un suspiro de placer a la vez que me mordía el labio. Dados de la mano, nos fuimos detrás de una de las grandes piedras en las que había como una hendidura perfecta para que nadie te viera. Nos desquitamos de la ropa del otro con tanta desesperación que casi desgarramos todas las prendas. Leo se colocó un condón que llevaba en la cartera, me subió a sus caderas, me apoyó en la piedra y me penetró. Gemí por la sensación de volver a sentirlo dentro.
   -Joder Leo, no sabes como te extrañaba. -No me respondió. Tampoco me importaba. Sabía que no podía hablar en ese momento. Sus movimientos fueron en aumento y Dios... -Ah, Leo, sí. Sigue. -Notaba que se cansaba, pero él no quería dejarme con la excitación, lo sabía. Él no haría una cosa así nunca. Las paredes vaginales se contrajeron haciéndome llegar al orgasmo. -¡Joder! ¡Leo! ¡Ah! -Gemí corriéndome y llegando al clímax. Poco después él se corrió dando un gruñido gutural. Le mordí el lóbulo de la oreja y Leo en respuesta me dio un gemido. Agotados, nos dejamos caer sobre la arena fría. Quería vestirme por si alguien nos veía, pero estaba tan agotada que no podía mover un solo musculo de mi cuerpo. Hacer el amor con este hombre era lo más agotador que podía existir. Te daba tanto placer, hasta el punto de no poder con tu cuerpo y llegar a alguno de tus mejores orgasmos que jamas tendrás en tu vida. No hablábamos, simplemente nos mirábamos el uno al otro con una tímida sonrisa y la respiración entre cortada, la cual, se fue apaciguando poco a poco. Leo fue el primero de los dos en moverse. Enlazó nuestras manos entre los granos de arena que quería cubrirlas haciéndolas desaparecer.
   -¿Quieres ser mi novia oficial, Ana? Quiero que lo seas, quiero pasar el resto de mis días contigo e incluso presentarte a mi familia y conocer a la tuya. Te amo como nunca jamas pensé que podría amar a nadie. ¿Aceptas? -Por unos segundos estuve reproduciendo sus palabras en mi cabeza mientras lo miraba a los ojos. Esos ojos que me dejaron entumecida la primera vez que los vi, mis ojos preferidos. Sus ojos y solo los suyos. Reaccioné cuando una ráfaga de viento me produjo un escalofrío por mi cuerpo desnudo.
   -Sí. -Sus ojos brillaron semejantes a un cielo oscurecido por la noche, pero iluminado por una lluvia de estrellas. Su sonrisa era el sol que quería ver cada mañana. Acercándome a él por la cintura con una mano, me besó dulcemente.
   -Te amo mucho más que a mi vida. -Sonriendo, volví a juntar sus labios con los míos. Eran tan suaves y dulces, que te quedarías pegada a ellos para siempre y eso era lo que iba a hacer. No pensaba dejarlo escapar nunca. Su cuerpo mucho más caliente que el mio, hizo que entrara en calor.
   -Será mejor que nos vistamos. -Sugerí. Gran parte del tiempo, yo era un cubito humano y no quería que él se resfriara.
   -¿Para qué? ¿Para volver a quitártela? -Se mordió el labio inferior sensualmente. -Yo creo que no es necesario. -Colocándose sobre mi y entre mis piernas, me besó a la vez que volvía a entrar. Arqueé la espalda por el placer que me hizo sentir aquel gesto. Quería más. Él quería más. Eso me gustó a la vez que me excitaba. Separó sus labios de los mios, para bajar al cuello y morderlo, seguidamente, lo lamió y besó en el mismo sitio. Seguro me dejó marca. Pero Leo sabía que cuando me besaban en el cuello, no me podía resistir. Aumentó su ritmo y la fuerza en la que entraba hasta que los dos a la vez nos corrimos. Aunque Leo no paró. Siguió penetrándome hasta el segundo.
   -Dios Leo, no puedo más. -Grité y supliqué. Pero justo al decir aquello, volví a correrme salvajemente. Por fin paró saliendo de dentro de mi. Madre mía, cuatro, CUATRO puñeteros orgasmos. -¿Tú es que me quieres matar, salvaje? -Reclame cuando recuperé el aliento. Leo solo se rió para besarme suavemente en los labios. -Te quiero. -Le dije mientras miraba y observaba cada fracción de su cara. Me dio un pico con cariño y volvimos a quedarnos mirándonos mutuamente. Al poco tiempo, volví a sentir frío. -Leo... Tengo frío.
   -¿Nos vamos a mi departamento? -Asentí. Nos vestimos y agarrados de la cintura del otro entramos en su coche. Pasamos una tarde los dos acurrucados en el sofá de crema de su gran salón. Hablamos de variadas cosas, como por ejemplo de cuando me iba a presentar a su familia y viceversa, quedamos que en un par de semanas o así. Eso en realidad era lo de menos. Mi móvil empezó a vibrar en el bolsillo de mi pantalón, me levanté para cogerlo.
   -¿Sí? -Pregunté con una sonrisa. Mi estado de ánimo había cambiado radicalmente en unas pocas horas.
   -¿Dónde estás? ¿Has visto que hora es? -Era mi madre preocupada...
   -Pues no, no he visto la hora. Pero no te preocupes, estoy bien.
   -¿Te has ido con el tío ese del Audi?
   -Sí, ¿qué pasa?
   -¿¡Cómo que qué pasa!? ¡Ven a casa inmediatamente! -Gritó en el auricular.
   -¿Por qué, qué pasa?
   -¡Te dobla la edad!
   -Mamá, no montes un pollo. Ya tuve novio antes. Así que tranquilízate.
   -¡¿QUÉ YA HAS TENIDO NOVIO?! ¡Como tardes más de diez minutos en llegar a casa te enteras! -Y colgó.
   -¿Qué ha pasado? -Me preguntó Leo extrañado acercándose a mi por detrás y abrazándome.
  -Creo que vas a tener que conocer a mi familia antes de lo previsto...
   -¿Por qué? -Frunció el ceño mientras yo me daba la vuelta para mirarle.
  -Me acaban de echa la de Dios por teléfono por irme contigo. -Hizo un mohín.
  -Bueno, si no hay más remedio... -Dije a la vez que se quedaba en frente de mi..
  -¿De verdad? -Le miré con los ojos abiertos. Asintió.

No hay comentarios:

Publicar un comentario