Le di un
pico a Marco y me dejó ir por mi calle sin ninguna resistencia.
Intentando que no me viera nadie, salí por la puerta trasera de mi
casa. Tras andar un buen trecho, llegué al gran apartamento. Pulsé
el telefonillo y la puerta se abrió sin una voz que me preguntara
por mi identidad. Entré. Una sombra se proyectaba en la pared de la
entrada y no era la mía. Di unos pasos para luego ver a Leo dando
pequeños golpes con el pie en el suelo, nervioso, sentado en el sofá
de color crema. Levantó la vista hacia mi.
-¿Qué querías?
-Conseguí preguntar tras ver su mirada penetrante fija en mis ojos.
Él se levantó, me cogió del pelo para que levantara la cabeza y me
comió la boca. Di un pequeño grito al notar la pared en mi espalda.
Como pude, puse las manos en ambos hombros y le empujé para que se
alejara. -¡Leo! Para. ¿Qué coño haces? -Su pecho subía y bajada
rápidamente con desesperación.
-Odio a tu
estúpido novio tanto hasta el punto que si asesinar no fuera delito,
lo mataría. -Sus palabras fueron como un taladro en mi cabeza. Mis
ojos se abrieron al máximo. ¿Acababa de decir que quería matar,
MATAR, a Marco?
-¿Por qué? -Las
palabras salieron en un pequeño hilo de voz, casi imperceptible.
-Porque te quiero
para mi, Ana. Sola y exclusivamente para mi. No puedo soportar la
idea de que, mientras estás conmigo, piensas en él. Estaba paseando
a Luck y te he visto revolcarte con él en medio de un parque
público. La rabia me ha inundado de tal forma, que casi no podía
controlarme. Casi voy ahí y le digo como gritabas de placer mientras
estaba entre tus piernas anoche, casi le parto la cara por tocarte.
-Intenté dar un paso atrás, pero la pared me lo impedió. Él lo
notó. -Tranquila, a ti no te haría daño ni aun que pudiese.
Eres... eres totalmente única. -Rozó mi mejilla con los nudillos de
la mano. Un escalofrío me recorrió el cuerpo entero. -Te... te
necesito. Te necesito tanto como el aire para respirar. -¿Por qué
tenía la impresión de que me ocultaba algo? Se acercó y, con la
misma mano con la que me acarició la mejilla, me rodeó la nuca y
apoyó su frente contra la mía con los ojos cerrados. -Nunca me
había enamorado de nadie hasta que has llegado, Ana. -Al decir
aquello, fue como si un grandísimo peso, se fuera de sus anchos
hombros. -Tú has puesto mi mundo patas arriba desde el día que te
vi bailar en aquella discoteca. Y es una sensación tan confusa...
tan complicada, tan difícil de explicar. Yo solo te necesito
conmigo, a mi lado para siempre. -Hubo una pausa. -Te amo. -Bajó sus
labios con cuidado, para besarme con la mayor dulzura que pudo
reunir. ¿Se había enamorado de mi con solo verme unas cuantas
veces? Le devolví el beso, luego se separó por falta de aire, aun
con la mano en mi nuca. -Eres tan perfecta. Yo, solo soy un lastre de
persona... No me dejes Ana. Porque si tú te fueras, yo lo perdería
todo. En cambio, si me fuera yo, estoy seguro de que tú no perderías
nada. No sabes como me duele que tu corazón pertenezca a otro, que a
mi sólo me quieras para pasar el rato... Pero yo te lo pedí así,
ha sido culpa mía enamorarme de ti, aunque haya sido sin darme
cuenta. -El silencio inundó la habitación. ¿Qué le podía decir?
Había sido la declaración de amor más bonita que nunca había
escuchado. Él mantenía los ojos cerrados respirando ya calmadamente
y disfrutando de mi. Yo completamente confusa, lo miraba con los ojos
abiertos a la espera de que algo se me pasara por la cabeza o de que
él hablara. Pero nada ocurría. Leo se movió y bajó la mano de mi
nuca a mi cadera, pero sin dejarme ir.
-Leo, yo...
-Shhh. Por favor
no digas nada. -Me interrumpió. -Sé lo que sientes por mi y sé lo
que sientes por él. Yo me conformo con poderte ver y hacerte el amor
tan duro como pueda para que no te vallas. -Un corto silencio. -Que
suerte tiene él de que le dediques tus preciosas sonrisas de amor al
igual que tus besos.
-Haz me tuya. -Sus
ojos se abrieron de golpe. Sus preciosos ojos grises me miraban con
un brillo espectacular. No se me ocurrió otra cosa que decir que no
fuera esa. Yo lo deseaba, y lo deseaba mucho. No me pensaba ir sin un
buen polvo a mi casa después de todo el camino hecho. Ni loca... Al
ver que no reaccionaba, me lancé a sus labios rodeándole por el
cuello con los brazos. Me pegó mas a él por la cintura. Cuando el
beso se intensificó, me alzó y subió a sus caderas. En realidad no
creía que Leo estuviera enamorado de mi. Está confundiendo el deseo
con el amor. Él solo siente un fuerte deseo por mi, al igual que yo
por él. Pero no es amor en ninguno de los dos casos.
-¿Qué prefieres,
salón, baño o cocina? -Preguntó jadeando.
-Cocina. -Siempre
había querido hacerlo en la cocina. Encima de la encimera. Cuando me
dejó encima de esta, se despojó de su camisa y de la mía mientras
yo desabrochaba su cinturón. Después de quitarme el sujetador, fue
hacia el botón de mis pantalones. Gemí cuando metió la mano
llegando a mi clítoris. Me besó el cuello y yo tiré de su pelo
para atrás. Mi punto más débil es el cuello, justo debajo de la
oreja. Él gruñó, pero de placer. Me apoyé en la encimera para que
pudiera bajar las bragas y el pantalón. Justo después de que estos
cayeran al suelo, separó las rodillas y fue subiendo desde el
tobillo por el interior de mi pierna, hasta la parte superior de mis
muslos dando mojados besos. Me miró con picardía para luego hundir
la cabeza en mi feminidad. Sentía su lengua por todas partes,
excitándome. La metió dentro y empezó a jugar con el clítoris.
Gemí sin poder evitarlo. -Oh, Dios, Leo. -Le agarré el pelo
empujándolo más cerca si se podía. Noté como estaban ya llegando
los espasmos del orgasmo. Me corrí en su boca con sumo gusto. Que
placer. Siguió chupando mis jugos después del orgasmo hasta que
casi no quedó nada. -Leo, penétrame. Por favor. -Dije jadeando.
Como siguiera me iba a volver a correr en esa boca suya tan
deliciosa. Se puso de pie, se marchó unos segundos y luego volvió
con un condón en la mano. Bajó los pantalones para colocárselo y
no sé porque no podía apartar la mirada de sus preciosos ojos
grises. Cuando me penetró hinqué las uñas en sus hombros. Era tan
placentero tenerlo dentro. Sus movimientos fueron en aumento hasta
que los dos a la vez nos corrimos. Él gruñó y gritó mi nombre, yo
solo grité de placer. Cuando salió después de que apaciguáramos
las respiraciones, me quejé por la necesidad de sentirlo dentro. Nos
miramos a los ojos por unos segundos y luego él se lanzó a mis
labios.
-Eres tan
perfecta. -Le sonreí. Me dio un dulce beso en los labios y luego
bajó a mi cuello.
-Leo, me tengo que
ir. -Se separó de mi cuello para mirarme.
-¿Por qué?
Quédate un poco más, por favor.
-Me encantaría
quedarme, pero no quiero que luego me hagan el interrogatorio.
-Suspiró con pesadez para después alejarse de mi, coger su ropa y
salir de la cocina. Miré a mi alrededor buscando mi ropa, me bajé y
me vestí. Cuando salí, Leo estaba sentado en el sillón de antes a
medio vestir. Lo miré, él me devolvió la mirada. -Me voy ya.
-Arréglate un
poco el pelo. -Asentí. Entré al baño. Cuando ya más o menos lo
tenía normal, abrí la puerta para salir. Enfrente de esta me
encontré la figura de Leo de brazos cruzados sin camisa.
-¿Qué pasa?
-Negó.
-Nada. -Un corto
silencio se hizo cuando pasé por su lado. Ya abría la puerta,
cuando me llamó, giré para mirarle. -Te voy a extrañar. -Y con
esas palabras, desparecí tras la puerta. Mientras salía de su
apartamento no podía parar de pensar en su declaración. Yo sabía
que solo era deseo, pero, él... Él no pensaba así y cuando se
diera cuenta de que en realidad no estaba enamorado, ¿sufriría?
¿Qué le iba a pasar? Eso me preocupaba. Cogí el móvil del
bolsillo del pantalón. Quería ver a Marco. No me había gustado la
forma en que se había quedado después de despedirnos...
-¿Cariño? -Lo
llamé.
-¿Quién eres?
-Una voz femenina me contestó. Mis músculos se paralizaron por
competo. -Si buscas a Marco ahora mismo no puede ponerse, está un
poco ocupado. -La chica gimió en el auricular. La respiración se me
congeló. Una rabia inundó mi cuerpo después de escuchar de fondo
la voz de Marco pidiéndole que se relajara. Estampé el teléfono
contra una pared que había a mi izquierda. Grité con tanta fuerza
que creo que no se me rompieron las cuerdas bocales de puro milagro.
¿Cómo podía ser tan estúpida? Los tíos nunca cambian, siempre
son unos hijos de puta mal nacidos que solo se preocupan de su bien
estar. Volví a creer en él y volvió a romperme el corazón con más
frialdad que la última vez. Lágrimas se precipitaban por mis
mejillas a toda velocidad. ¿Por qué coño siempre tiene que ser a
mi? Soy tan estúpida, tan gilipollas por creer en él... ¿En qué
estaba pensando? Una mano me tocó la espalda. Me encontraba en el
suelo de rodillas llorando. Volví la cara para mirar quien había
sido. Sus ojos miraban los mios con preocupación casi extrema, se
había puesto de cuclillas para estar a mi altura. Sin poder
controlarme me lancé a su pecho sin parar de llorar.
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