domingo, 15 de diciembre de 2013

13

           Le di un pico a Marco y me dejó ir por mi calle sin ninguna resistencia. Intentando que no me viera nadie, salí por la puerta trasera de mi casa. Tras andar un buen trecho, llegué al gran apartamento. Pulsé el telefonillo y la puerta se abrió sin una voz que me preguntara por mi identidad. Entré. Una sombra se proyectaba en la pared de la entrada y no era la mía. Di unos pasos para luego ver a Leo dando pequeños golpes con el pie en el suelo, nervioso, sentado en el sofá de color crema. Levantó la vista hacia mi.
   -¿Qué querías? -Conseguí preguntar tras ver su mirada penetrante fija en mis ojos. Él se levantó, me cogió del pelo para que levantara la cabeza y me comió la boca. Di un pequeño grito al notar la pared en mi espalda. Como pude, puse las manos en ambos hombros y le empujé para que se alejara. -¡Leo! Para. ¿Qué coño haces? -Su pecho subía y bajada rápidamente con desesperación.
  -Odio a tu estúpido novio tanto hasta el punto que si asesinar no fuera delito, lo mataría. -Sus palabras fueron como un taladro en mi cabeza. Mis ojos se abrieron al máximo. ¿Acababa de decir que quería matar, MATAR, a Marco?
   -¿Por qué? -Las palabras salieron en un pequeño hilo de voz, casi imperceptible.
   -Porque te quiero para mi, Ana. Sola y exclusivamente para mi. No puedo soportar la idea de que, mientras estás conmigo, piensas en él. Estaba paseando a Luck y te he visto revolcarte con él en medio de un parque público. La rabia me ha inundado de tal forma, que casi no podía controlarme. Casi voy ahí y le digo como gritabas de placer mientras estaba entre tus piernas anoche, casi le parto la cara por tocarte. -Intenté dar un paso atrás, pero la pared me lo impedió. Él lo notó. -Tranquila, a ti no te haría daño ni aun que pudiese. Eres... eres totalmente única. -Rozó mi mejilla con los nudillos de la mano. Un escalofrío me recorrió el cuerpo entero. -Te... te necesito. Te necesito tanto como el aire para respirar. -¿Por qué tenía la impresión de que me ocultaba algo? Se acercó y, con la misma mano con la que me acarició la mejilla, me rodeó la nuca y apoyó su frente contra la mía con los ojos cerrados. -Nunca me había enamorado de nadie hasta que has llegado, Ana. -Al decir aquello, fue como si un grandísimo peso, se fuera de sus anchos hombros. -Tú has puesto mi mundo patas arriba desde el día que te vi bailar en aquella discoteca. Y es una sensación tan confusa... tan complicada, tan difícil de explicar. Yo solo te necesito conmigo, a mi lado para siempre. -Hubo una pausa. -Te amo. -Bajó sus labios con cuidado, para besarme con la mayor dulzura que pudo reunir. ¿Se había enamorado de mi con solo verme unas cuantas veces? Le devolví el beso, luego se separó por falta de aire, aun con la mano en mi nuca. -Eres tan perfecta. Yo, solo soy un lastre de persona... No me dejes Ana. Porque si tú te fueras, yo lo perdería todo. En cambio, si me fuera yo, estoy seguro de que tú no perderías nada. No sabes como me duele que tu corazón pertenezca a otro, que a mi sólo me quieras para pasar el rato... Pero yo te lo pedí así, ha sido culpa mía enamorarme de ti, aunque haya sido sin darme cuenta. -El silencio inundó la habitación. ¿Qué le podía decir? Había sido la declaración de amor más bonita que nunca había escuchado. Él mantenía los ojos cerrados respirando ya calmadamente y disfrutando de mi. Yo completamente confusa, lo miraba con los ojos abiertos a la espera de que algo se me pasara por la cabeza o de que él hablara. Pero nada ocurría. Leo se movió y bajó la mano de mi nuca a mi cadera, pero sin dejarme ir.
   -Leo, yo...
   -Shhh. Por favor no digas nada. -Me interrumpió. -Sé lo que sientes por mi y sé lo que sientes por él. Yo me conformo con poderte ver y hacerte el amor tan duro como pueda para que no te vallas. -Un corto silencio. -Que suerte tiene él de que le dediques tus preciosas sonrisas de amor al igual que tus besos.
   -Haz me tuya. -Sus ojos se abrieron de golpe. Sus preciosos ojos grises me miraban con un brillo espectacular. No se me ocurrió otra cosa que decir que no fuera esa. Yo lo deseaba, y lo deseaba mucho. No me pensaba ir sin un buen polvo a mi casa después de todo el camino hecho. Ni loca... Al ver que no reaccionaba, me lancé a sus labios rodeándole por el cuello con los brazos. Me pegó mas a él por la cintura. Cuando el beso se intensificó, me alzó y subió a sus caderas. En realidad no creía que Leo estuviera enamorado de mi. Está confundiendo el deseo con el amor. Él solo siente un fuerte deseo por mi, al igual que yo por él. Pero no es amor en ninguno de los dos casos.
   -¿Qué prefieres, salón, baño o cocina? -Preguntó jadeando.
   -Cocina. -Siempre había querido hacerlo en la cocina. Encima de la encimera. Cuando me dejó encima de esta, se despojó de su camisa y de la mía mientras yo desabrochaba su cinturón. Después de quitarme el sujetador, fue hacia el botón de mis pantalones. Gemí cuando metió la mano llegando a mi clítoris. Me besó el cuello y yo tiré de su pelo para atrás. Mi punto más débil es el cuello, justo debajo de la oreja. Él gruñó, pero de placer. Me apoyé en la encimera para que pudiera bajar las bragas y el pantalón. Justo después de que estos cayeran al suelo, separó las rodillas y fue subiendo desde el tobillo por el interior de mi pierna, hasta la parte superior de mis muslos dando mojados besos. Me miró con picardía para luego hundir la cabeza en mi feminidad. Sentía su lengua por todas partes, excitándome. La metió dentro y empezó a jugar con el clítoris. Gemí sin poder evitarlo. -Oh, Dios, Leo. -Le agarré el pelo empujándolo más cerca si se podía. Noté como estaban ya llegando los espasmos del orgasmo. Me corrí en su boca con sumo gusto. Que placer. Siguió chupando mis jugos después del orgasmo hasta que casi no quedó nada. -Leo, penétrame. Por favor. -Dije jadeando. Como siguiera me iba a volver a correr en esa boca suya tan deliciosa. Se puso de pie, se marchó unos segundos y luego volvió con un condón en la mano. Bajó los pantalones para colocárselo y no sé porque no podía apartar la mirada de sus preciosos ojos grises. Cuando me penetró hinqué las uñas en sus hombros. Era tan placentero tenerlo dentro. Sus movimientos fueron en aumento hasta que los dos a la vez nos corrimos. Él gruñó y gritó mi nombre, yo solo grité de placer. Cuando salió después de que apaciguáramos las respiraciones, me quejé por la necesidad de sentirlo dentro. Nos miramos a los ojos por unos segundos y luego él se lanzó a mis labios.
   -Eres tan perfecta. -Le sonreí. Me dio un dulce beso en los labios y luego bajó a mi cuello.
   -Leo, me tengo que ir. -Se separó de mi cuello para mirarme.
   -¿Por qué? Quédate un poco más, por favor.
   -Me encantaría quedarme, pero no quiero que luego me hagan el interrogatorio. -Suspiró con pesadez para después alejarse de mi, coger su ropa y salir de la cocina. Miré a mi alrededor buscando mi ropa, me bajé y me vestí. Cuando salí, Leo estaba sentado en el sillón de antes a medio vestir. Lo miré, él me devolvió la mirada. -Me voy ya.
   -Arréglate un poco el pelo. -Asentí. Entré al baño. Cuando ya más o menos lo tenía normal, abrí la puerta para salir. Enfrente de esta me encontré la figura de Leo de brazos cruzados sin camisa.
   -¿Qué pasa? -Negó.
   -Nada. -Un corto silencio se hizo cuando pasé por su lado. Ya abría la puerta, cuando me llamó, giré para mirarle. -Te voy a extrañar. -Y con esas palabras, desparecí tras la puerta. Mientras salía de su apartamento no podía parar de pensar en su declaración. Yo sabía que solo era deseo, pero, él... Él no pensaba así y cuando se diera cuenta de que en realidad no estaba enamorado, ¿sufriría? ¿Qué le iba a pasar? Eso me preocupaba. Cogí el móvil del bolsillo del pantalón. Quería ver a Marco. No me había gustado la forma en que se había quedado después de despedirnos...
   -¿Cariño? -Lo llamé.
   -¿Quién eres? -Una voz femenina me contestó. Mis músculos se paralizaron por competo. -Si buscas a Marco ahora mismo no puede ponerse, está un poco ocupado. -La chica gimió en el auricular. La respiración se me congeló. Una rabia inundó mi cuerpo después de escuchar de fondo la voz de Marco pidiéndole que se relajara. Estampé el teléfono contra una pared que había a mi izquierda. Grité con tanta fuerza que creo que no se me rompieron las cuerdas bocales de puro milagro. ¿Cómo podía ser tan estúpida? Los tíos nunca cambian, siempre son unos hijos de puta mal nacidos que solo se preocupan de su bien estar. Volví a creer en él y volvió a romperme el corazón con más frialdad que la última vez. Lágrimas se precipitaban por mis mejillas a toda velocidad. ¿Por qué coño siempre tiene que ser a mi? Soy tan estúpida, tan gilipollas por creer en él... ¿En qué estaba pensando? Una mano me tocó la espalda. Me encontraba en el suelo de rodillas llorando. Volví la cara para mirar quien había sido. Sus ojos miraban los mios con preocupación casi extrema, se había puesto de cuclillas para estar a mi altura. Sin poder controlarme me lancé a su pecho sin parar de llorar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario