-Eh, Ana,
tranquila. Ven. -Aferrada a su pecho subimos al departamento.
-¿Quieres un poco de agua? -Asentí entre sollozos. Me senté en el
sillón de crema. Poco después, Leo regresó con un baso de agua.
-¿Te apetece hablar de lo que te ha pasado?
-Soy una estúpida.
Volví a creer en él y me volvió a engañar. Sólo llevábamos un
día Leo, un solo día y ya está con otra... ¿Por qué? ¿Por qué
a mi? ¿Qué le he hecho? -Sus labios formaban una fina línea
mientras me veía llorar y hablar de Marco sin parar. Suspiré.
-Siento que tengas que escuchar esto...
-No importa, sé
como te sientes. -Me invitó a darle un abrazo y no se lo negué, lo
necesitaba. Cuando sus brazos me rodearon, sentí como una sensación
de protección inundaba todo mi ser, con Leo me sentía protegida.
Poco a poco nos fuimos tumbando en el cómodo sofá, hasta que los
dos quedamos acurrucados el uno contra el otro, abrazados y con la
respiración y los latidos del corazón a la misma velocidad, lentos
y pausados.
-No quiero irme.
-Susurré.
-No lo hagas.
-Respondió en el mismo tono. -No te estoy obligando a que te vallas,
pero tampoco a que te quedes, aunque, quisiera que nunca te fueras de
mi lado...
-Tendría que
llamar a mis padres. -Sentí como asentía.
-Puedes utilizar
mi teléfono fijo o mi móvil, como prefieras. -Sugirió.
-El fijo me vale.
-Con lentitud, fui incorporándome. -¿Dónde está? -Levantó el
brazo indicando el lugar donde este se hallaba. Descolgué y marqué
el número de mi casa.
-¿Sí? -Reconocí
la voz de mi madre.
-Mamá, soy yo.
Puede ser que hoy me quede a cenar en casa de una amiga, no te
preocupes, ¿vale?
-Esta bien cariño.
Pero, ¿te encuentras bien?
-Claro, estoy muy
bien, tranquila. -Simulé alegría en mi voz.
-Bueno, pero ¿para
dormir vienes? -Rodé los ojos, siempre con su interrogatorio...
-¿Cómo no voy a
ir si mañana tengo clase? -Unos segundos de silencio. -Hasta luego
mamá.
-Hasta luego.
-Colgué. Volví a acurrucarme en los brazos de Leo, era tan
reconfortante.
-¿Lo amas de
verdad, no? -Preguntó en un cálido susurro.
-Mucho... Fue él
quien me quitó la virginidad, es muy difícil de olvidar algo así.
Por lo menos para mi, pero parece que a él le da igual.
-A veces los
hombres somos tan capullos, engreídos y egoístas... Te pido
disculpas por la parte que me toca.
-Por suerte para
las mujeres, no todos sois así y hay hombres dulces, cariñosos y
simpáticos.
-Gracias. -Noté
como sonreía. No pude evitar que una mínima, casi irreconocible
sonrisa se proclamara en mi rostro. Unos minutos después, un ladrido
se escuchó. -Luck tiene hambre. ¿Quieres ayudarme a echarle de
comer?
-Vale. Los perros
siempre me suben el ánimo. -Intenté sonreír. No hubo éxito...
-No lo vuelvas a
hacer. -¿Me estaba regañando?
-¿El qué?
-Pregunté con el ceño fruncido mientras nos levantábamos.
-Sonreír sin
ganas. Esa sonrisa es horrible en todos los aspectos, en cualquier
tipo de persona, en el lugar o momento que sea. Si no lo sientes, no
lo intentes, saldrá mal. -Asentí sin saber que decir. Mientras
jugábamos con Luck, se me olvidó un poco lo de Marco, pero solo un
poco. Miré la hora en el reloj de la cocina de Leo, eran las siete y
media. La tarde nos la pasamos entre palomitas, pipas y películas
malas.
-¿Son así todas
tus tardes?
-No, suelo estar
trabajando en la oficina hasta tarde después de sacar a pasear a
Luck a las cinco.
-¿Tienes mucho
trabajo?
-Siempre hay algo,
pero por una tarde que no valla no creo que pase nada, ¿no crees?
-Me encogí de hombros. No sabía como era trabajar en una empresa y
mucho menos como dirigirla. -¿Qué te apetece cenar?
-No tengo hambre,
la verdad. Sólo tengo ganas de llorar y de pegarle una torta en toda
la cara... -Los ojos se me pusieron cristalinos cuando empecé a
pensar en él. Leo se acercó a mi y me abrazó.
-Tienes que comer.
No puedes dejar de comer por un estúpido gilipollas que no te sabe
valorar, ¿vale? No me gusta que llores, aunque de esa forma aún
estés guapa, odio verte llorar. -Él era mucho más alto que yo y
parecía que era una niña pequeña que se ha hecho daño y su
hermano mayor la consolaba. Poco después nos separemos. Leo cogió
mi cabeza entre sus manos y me miró a los ojos, yo puse las mías
sobre las suyas mirándolo también. Con indecisión, fue agachando
la cabeza hasta besarme con dulzura. Yo terminé el beso agachando la
cabeza. Sus manos cayeron a ambos lados de su cuerpo -Lo siento. -Se
disculpó.
-No pasa nada.
-Esta vez no intenté sonreír, directamente no sonreí.
-¿Quieres que le
pegue? -Ahora sí sonreí de verdad, pero negué.
-Esto lo tengo que
solucionar yo sola. -Aunque me di cuenta de que no iba a poder
hacerlo por tercera vez sin nadie a mi lado. -¿Te importaría estar
conmigo? Cuando se lo diga, quiero decir. -Asintió. Pedimos una
pizza para cenar. -Me tengo que ir ya. -Dije cuando terminamos de
cenar y recoger lo desordenado.
-Quiero
acompañarte hasta tu casa, es tarde y no quiero que andes sola.
-Esta bien. -Fue a
ver como estaba Luck, para después salir los dos solos en dirección
a mi casa.
-Me gustaría
volver a verte pronto. Más que nada para saber como estás.
-Puedes ir a
recogerme mañana cuando salga del instituto, si puedes.
-Vale, no creo que
tenga problema. -Llegando a mi casa, aflojé el paso, no quería
quedarme sola. Pero llegamos. Justo enfrente de mi puerta. La miré y
después a Leo. Quería irme con él y desaparecer. Sentía que él
me protegía, que podía estar segura a su lado. No pude evitar darle
un abrazo, un gran abrazo. -Por cualquier cosa me llamas con lo que
puedas llamarme. Para ti siempre voy a estar disponible. -Me separé
de nuestro abrazo y lo miré a los ojos. Tenía que darle las gracias
como fuera. Le cogí la mano para arrastrarlo a algún lugar donde no
podíamos ser visto desde mi casa. Colocándome de puntillas y
agachando su cabeza con la ayuda de mi mano en su nuca, lo besé.
-Quería darte las
gracias por aguantarme. No tenías porque hacerlo. Lo siento.
-Alzándome la barbilla, fue él esta vez quien me besó.
-Te amo y haría
lo que fuera para animarte un poco. -Volvimos a la puerta de mi casa
para ya sí, despedirnos con dos besos en las mejillas. Leo se fue
por el camino por donde venimos y yo entré en mi casa. Mi madre
estaba sentada en el sofá.
-Ya he llegado, me
voy a dormir.
-Vale, hasta
mañana. No hagas ruido que tu padre mañana tiene que madrugar.
-Vale. -Alargué
la primera bocal. Subiendo las escaleras sin hacer el mínimo ruido,
llegué a mi habitación. Cerré con cuidado. Suspiré con la frente
pegada a esta. Lloré la gran parte de la noche, hasta que conseguí
dormirme. A la mañana siguiente me dolía la cabeza y los ojos aún
los tenía rojos... Sin ganas, hice la rutina de cada día. Las
primeras horas transcurrieron con más lentitud que otros días...
Megan me preguntaba que me pasaba, no quería decírselo, no merecía
la pena volver a recordar las palabras que escuché en aquella
conversación telefónica. Salimos al patio y nos sentamos en un
banco. Oí que me llamaban a lo lejos, una, dos hasta una tercera. En
esta me di la vuelta. Marco me llamaba desde la alambrada que
separaba el instituto, de la calle. Con sólo mirarle, los ojos se me
pusieron cristalinos, no pensaba ir. No quería escuchar una de sus
tantas excusas baratas.
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