domingo, 22 de diciembre de 2013

14

   -Eh, Ana, tranquila. Ven. -Aferrada a su pecho subimos al departamento. -¿Quieres un poco de agua? -Asentí entre sollozos. Me senté en el sillón de crema. Poco después, Leo regresó con un baso de agua. -¿Te apetece hablar de lo que te ha pasado?
   -Soy una estúpida. Volví a creer en él y me volvió a engañar. Sólo llevábamos un día Leo, un solo día y ya está con otra... ¿Por qué? ¿Por qué a mi? ¿Qué le he hecho? -Sus labios formaban una fina línea mientras me veía llorar y hablar de Marco sin parar. Suspiré. -Siento que tengas que escuchar esto...
   -No importa, sé como te sientes. -Me invitó a darle un abrazo y no se lo negué, lo necesitaba. Cuando sus brazos me rodearon, sentí como una sensación de protección inundaba todo mi ser, con Leo me sentía protegida. Poco a poco nos fuimos tumbando en el cómodo sofá, hasta que los dos quedamos acurrucados el uno contra el otro, abrazados y con la respiración y los latidos del corazón a la misma velocidad, lentos y pausados.
   -No quiero irme. -Susurré.
   -No lo hagas. -Respondió en el mismo tono. -No te estoy obligando a que te vallas, pero tampoco a que te quedes, aunque, quisiera que nunca te fueras de mi lado...
   -Tendría que llamar a mis padres. -Sentí como asentía.
   -Puedes utilizar mi teléfono fijo o mi móvil, como prefieras. -Sugirió.
   -El fijo me vale. -Con lentitud, fui incorporándome. -¿Dónde está? -Levantó el brazo indicando el lugar donde este se hallaba. Descolgué y marqué el número de mi casa.
   -¿Sí? -Reconocí la voz de mi madre.
   -Mamá, soy yo. Puede ser que hoy me quede a cenar en casa de una amiga, no te preocupes, ¿vale?
   -Esta bien cariño. Pero, ¿te encuentras bien?
   -Claro, estoy muy bien, tranquila. -Simulé alegría en mi voz.
   -Bueno, pero ¿para dormir vienes? -Rodé los ojos, siempre con su interrogatorio...
   -¿Cómo no voy a ir si mañana tengo clase? -Unos segundos de silencio. -Hasta luego mamá.
   -Hasta luego. -Colgué. Volví a acurrucarme en los brazos de Leo, era tan reconfortante.
   -¿Lo amas de verdad, no? -Preguntó en un cálido susurro.
   -Mucho... Fue él quien me quitó la virginidad, es muy difícil de olvidar algo así. Por lo menos para mi, pero parece que a él le da igual.
   -A veces los hombres somos tan capullos, engreídos y egoístas... Te pido disculpas por la parte que me toca.
   -Por suerte para las mujeres, no todos sois así y hay hombres dulces, cariñosos y simpáticos.
   -Gracias. -Noté como sonreía. No pude evitar que una mínima, casi irreconocible sonrisa se proclamara en mi rostro. Unos minutos después, un ladrido se escuchó. -Luck tiene hambre. ¿Quieres ayudarme a echarle de comer?
   -Vale. Los perros siempre me suben el ánimo. -Intenté sonreír. No hubo éxito...
   -No lo vuelvas a hacer. -¿Me estaba regañando?
   -¿El qué? -Pregunté con el ceño fruncido mientras nos levantábamos.
   -Sonreír sin ganas. Esa sonrisa es horrible en todos los aspectos, en cualquier tipo de persona, en el lugar o momento que sea. Si no lo sientes, no lo intentes, saldrá mal. -Asentí sin saber que decir. Mientras jugábamos con Luck, se me olvidó un poco lo de Marco, pero solo un poco. Miré la hora en el reloj de la cocina de Leo, eran las siete y media. La tarde nos la pasamos entre palomitas, pipas y películas malas.
   -¿Son así todas tus tardes?
   -No, suelo estar trabajando en la oficina hasta tarde después de sacar a pasear a Luck a las cinco.
   -¿Tienes mucho trabajo?
   -Siempre hay algo, pero por una tarde que no valla no creo que pase nada, ¿no crees? -Me encogí de hombros. No sabía como era trabajar en una empresa y mucho menos como dirigirla. -¿Qué te apetece cenar?
  -No tengo hambre, la verdad. Sólo tengo ganas de llorar y de pegarle una torta en toda la cara... -Los ojos se me pusieron cristalinos cuando empecé a pensar en él. Leo se acercó a mi y me abrazó.
   -Tienes que comer. No puedes dejar de comer por un estúpido gilipollas que no te sabe valorar, ¿vale? No me gusta que llores, aunque de esa forma aún estés guapa, odio verte llorar. -Él era mucho más alto que yo y parecía que era una niña pequeña que se ha hecho daño y su hermano mayor la consolaba. Poco después nos separemos. Leo cogió mi cabeza entre sus manos y me miró a los ojos, yo puse las mías sobre las suyas mirándolo también. Con indecisión, fue agachando la cabeza hasta besarme con dulzura. Yo terminé el beso agachando la cabeza. Sus manos cayeron a ambos lados de su cuerpo -Lo siento. -Se disculpó.
   -No pasa nada. -Esta vez no intenté sonreír, directamente no sonreí.
   -¿Quieres que le pegue? -Ahora sí sonreí de verdad, pero negué.
   -Esto lo tengo que solucionar yo sola. -Aunque me di cuenta de que no iba a poder hacerlo por tercera vez sin nadie a mi lado. -¿Te importaría estar conmigo? Cuando se lo diga, quiero decir. -Asintió. Pedimos una pizza para cenar. -Me tengo que ir ya. -Dije cuando terminamos de cenar y recoger lo desordenado.
   -Quiero acompañarte hasta tu casa, es tarde y no quiero que andes sola.
   -Esta bien. -Fue a ver como estaba Luck, para después salir los dos solos en dirección a mi casa.
   -Me gustaría volver a verte pronto. Más que nada para saber como estás.
   -Puedes ir a recogerme mañana cuando salga del instituto, si puedes.
   -Vale, no creo que tenga problema. -Llegando a mi casa, aflojé el paso, no quería quedarme sola. Pero llegamos. Justo enfrente de mi puerta. La miré y después a Leo. Quería irme con él y desaparecer. Sentía que él me protegía, que podía estar segura a su lado. No pude evitar darle un abrazo, un gran abrazo. -Por cualquier cosa me llamas con lo que puedas llamarme. Para ti siempre voy a estar disponible. -Me separé de nuestro abrazo y lo miré a los ojos. Tenía que darle las gracias como fuera. Le cogí la mano para arrastrarlo a algún lugar donde no podíamos ser visto desde mi casa. Colocándome de puntillas y agachando su cabeza con la ayuda de mi mano en su nuca, lo besé.
   -Quería darte las gracias por aguantarme. No tenías porque hacerlo. Lo siento. -Alzándome la barbilla, fue él esta vez quien me besó.
   -Te amo y haría lo que fuera para animarte un poco. -Volvimos a la puerta de mi casa para ya sí, despedirnos con dos besos en las mejillas. Leo se fue por el camino por donde venimos y yo entré en mi casa. Mi madre estaba sentada en el sofá.
   -Ya he llegado, me voy a dormir.
   -Vale, hasta mañana. No hagas ruido que tu padre mañana tiene que madrugar.
   -Vale. -Alargué la primera bocal. Subiendo las escaleras sin hacer el mínimo ruido, llegué a mi habitación. Cerré con cuidado. Suspiré con la frente pegada a esta. Lloré la gran parte de la noche, hasta que conseguí dormirme. A la mañana siguiente me dolía la cabeza y los ojos aún los tenía rojos... Sin ganas, hice la rutina de cada día. Las primeras horas transcurrieron con más lentitud que otros días... Megan me preguntaba que me pasaba, no quería decírselo, no merecía la pena volver a recordar las palabras que escuché en aquella conversación telefónica. Salimos al patio y nos sentamos en un banco. Oí que me llamaban a lo lejos, una, dos hasta una tercera. En esta me di la vuelta. Marco me llamaba desde la alambrada que separaba el instituto, de la calle. Con sólo mirarle, los ojos se me pusieron cristalinos, no pensaba ir. No quería escuchar una de sus tantas excusas baratas.

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