jueves, 26 de diciembre de 2013

15

          Le dije a Megan que iba al baño, en cuanto llegué, lágrimas empezaron a caer por mis mejillas. ¿Cómo se atrevía a venir? ¿Cómo podía mirarme a la cara después de lo que yo misma escuché? Estaba muy claro que no tenía vergüenza... Necesitaba desahogarme con alguien, ¿pero con quien? No tenía móvil para llamar a Leo y no quería decírselo a Megan... Estaba sola... totalmente sola. ¿Estaría predestinada a estar sola para siempre? Era lo más probable... La campana que indicaba el final del recreo tocó. A través de la puerta se podía escuchar como el gran pasillo se iba llenando. Se escuchaban risas, pasos y gente hablando de cualquier cosa sin importancia, lo más seguro. Me lavé la cara y salí dispuesta a terminar mi día de clases. Entré y me senté sin decir ni una sola palabra y así estuve durante las clases siguientes, en silencio, como si no estuviera. Estas tres horas se pasaron con más rapidez que las anteriores, por suerte. Recogí mis cosas y andando a poso rápido, llegué hasta las puerta de salida. Tras ellas pude ver a Marco y un poco más a la derecha, el Audi R8 de Leo. Tenía especial interés por subirme en ese coche. La gente pasaba a mi alrededor, ya casi no quedaba gente por salir, cuando yo tomé las fuerzas suficientes, para atravesarlas. Fue como si todas las miradas se posaran sobre mi cuando Marco me sonrió e intentó pararme y yo esquivé su brazo mientras una lágrima caía por mi rostro... Subí al gran coche sin dar ni un solo ademán de no querer hacerlo. Leo no habló al verme llorar, simplemente, arrancó dejando a Marco en la otra acera con los brazos alzados y cara de incredulidad. Condujo hasta un parque en el que aparcó.
   -¿Cómo estas? -Su voz me inundó en décimas de segundo. Sin poder evitarlo, empecé a llorar en mis manos. Sus brazos me rodearon como pudieron desde el asiento del conductor. -Tranquila. -Susurró con dulzura. -Vamos a sentarnos en un banco, estaremos más cómodos, ¿te parece? -Asentí. Me dio un pequeño beso en la cabeza, después abrió la puerta para a continuación abrir la mía. Deje la mochila en el coche. Andamos hasta un banco cercano. Cuando nos sentamos, me acurruqué contra él. Leo pasaba una mano por mi brazo intentando reconfortarme aunque no tuvo éxito. Tenía ganas de morirme, pero morirme de verdad. ¿Por qué me hacía esto? Las lágrimas volvieron a mis ojos con desesperación. Joder, ¿por qué? Quería parar de llorar y no podía, mi corazón no me lo permitía. Estaba destrozada por dentro. Leo se puso tenso y después apretó su brazo contra mi. No entendí por qué hasta que escuché pasos correr y acercarse a nosotros.
   -Ana... -Susurró cuando llegó y me vio derramar lágrimas por doquier.
   -¡¿QUÉ?! ¡¿Qué coño quieres?! -La rabia me invadió al ver sus ojos confusos posados en mi. Me levanté pero sin separarme del banco.
   -¿Qué te pasa? -Dijo mientras se acercaba a paso lento. -¿Por qué lloras? ¿Por qué estas con él? -Miró a Leo y luego volvió la mirada a mi.
  -¿Cómo que por qué? -Relajé mi tono de voz. -¡Te escuché! ¡La escuché! ¿Y ahora me preguntas que qué me pasa? ¿Enserio? -Suspiré.
   -¿De qué estas hablando? ¿Te refieres a Diana?
   -¿Cómo eres capaz de hablarme de ella sin que te importe mi reacción? Bueno, claro, ya lo has hecho dos veces, ¿por qué no una tercera verdad?
   -Ana, yo no -le interrumpí.
   -¡No quiero escuchar tus excusas! -Grité la primera palabra todo lo que puede, las demás, casi las susurré entre dientes por la rabia que tenía dentro.
   -Pero no es lo que piensas. Ella -interrumpió Leo esta vez.
   -Marco. Ya la has oído. Aléjate de Ana, déjala en paz para siempre, no te quiere ver.
   -¡Tú te callas imbécil de mierda! -Le gritó.
   -¡No le insultes! -Salí en su defensa.
   -Pero Ana yo no te he engañado. Diana se calló y estaba curándole la herida, de verdad. Te juro que no te he engañado.
   -Basta. -Le callé con los dientes apretados. -No me voy a creer nada de lo que tú me digas. Has perdido completamente la confianza que había vuelto a poner en ti. Te felicito por ello. Ahora, por favor, desaparece de mi vida.
   -No, me niego. No quiero irme de tu vida porque es la mía propia. Joder. Digo la verdad. ¿Por qué no me crees? ¿Es por él? -señaló a Leo- ¿Te ha comido la cabeza?
   -Claro que no. Leo me ha ayudado a no ir a tu casa y matarte de la rabia que sentí en aquellos momentos y que todavía siento hacia ti. ¿Y sabes algo? El día que desaparecí de la discoteca.
   -Se fue a su casa. -Me interrumpió Leo.
   -No. Quiero decir la verdad. Y que la escuche de mis labios. Yo no soy como él. Me fui con Leo. -Señalé detrás de mi. Sonreí egocéntrica. -Sí Marco, sí. No sabes como grité de placer. ¿Sabes cuantos tuve? Tres. -Levanté tres dedos. -Los mejores de mi vida junto con estos dos últimos de ayer. Cinco orgasmo en dos días. ¿Serías tú capaz de soportar algo así? ¿De darme tanto placer? Yo digo que no. -Sus manos estaban en forma de puños a ambos lados del cuerpo rígido como una piedra al igual que la mandíbula. -Ni se te ocurra pagarlo con él porque no tiene ninguna culpa. Ninguna culpa de ser mejor que tú. -Continué.
   -Ana, ya vale. -Dijo Leo levantándose del banco y colocándose a mi lado.
-  ¿Qué pasa? ¿Ahora te pones de su parte? Desde luego todos sois iguales. -Crucé los brazos y me dirigí hacia el coche para coger mis cosas.
   -Eeeh, Ana. -Era Leo que me había seguido y ahora me daba la vuelta cogiéndome del brazo. -No ha sido por eso. ¿Es que no le ves? -Miré por encima de su hombro y lo vi todavía en la misma postura de antes. ¿Se había quedado en shok? -Lo has destrozado. Una de las peores cosas que le puedes decir a un hombre es que no te satisface lo suficiente, que para ti es como si fuera impotente. Solo te ha faltado decir que fingías con él. ¿Finges? -Preguntó unos segundos después.
   -¡No! Con él solo me pasó una vez. Estaba demasiado incómoda... -Se llevó una mano a la cara.
   -Madre mía...
   -¿Qué? -No era tan grave, ¿no? Sólo fue una vez.
   -Anda vamos. -Dijo indicando el coche.
   -Pero no podemos dejarlo ahí. -Señalé a la estatua que parecía el chico con el que acababa de romper.
   -¿Le dices todo eso y ahora te da lástima? -Negó con la cabeza. -¿Qué piensas hacer?
   -No sé, hablar con él. -Hubo una sutil pregunta en mi tono de vez.
   -¿De qué? Déjalo, ya se repondrá. -Me encogí de hombros y le hice caso. Leo se montó en el coche, pero cuando fui a abrir la puerta yo, una mano me lo impedió. Giré la cara y unos labios poco después se chocaron con los mios. Reconocí el sabor de su boca al instante. Sus labios presionaban de una forma diferente, queriéndome demostrar lo que sentía por mi y “decirme” que no mentía.
   -Sé que mientes, sé que me amas, sé que disfrutas conmigo, lo sé. -Se separó pero dejó su frente sobre la mía. Luego abrió los ojos y despegó la frente para seguir hablando. Me cogió las manos. -No me creo que no disfrutaras. Es imposible. Siento como te contraes a mi alrededor. No te he engañado simplemente porque no podría. Te juré que nunca más te iba a engañar. Estoy cumpliendo mi promesa con creces. Diana es mi prima. Ana, por favor. Todo lo que te estoy diciendo es verdad, la pura verdad. -Sus ojos azules me miraban y tenía la impresión de que estaba a punto de derrumbarse, de llorar. -Me da igual si me has engañado, porque por él no sientes nada. Pero por mi sí. Lo estoy viendo en tus ojos ahora mismo. -Las lágrimas empezaban a pinchar detrás de los ojos avisándome de que en cualquier momento iban a salir a la luz. -Ana, dime algo. -Tragó saliva aguantando sus lágrimas. -Por favor. -No podía hablar, no podía moverme. Estaba paralizada. Ni siquiera podía parpadear. Casi ni respirar. ¿Qué se suponía que debía hacer? Necesitaba una señal de algún sitio, de algo, cualquier cosa. Estaba más que claro que amaba a Marco, pero... ¿me estaba diciendo la verdad? Si era así, ¿cómo lo iba ha saber? Nos mirábamos mutuamente el uno al otro. Yo confundida y él desesperado por mi respuesta.
   -Ana, ¿vienes? -Leo se había bajado del coche y estaba a mi espalda llamándome. Tenía dos posibilidades, ¿cuál elegía? ¿El sexo más placentero de mi vida, o el amor de mi vida?

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